Todas las tardes son normales en el país de los ogros: niños que van y vienen colgados en las cintas transportadoras, luciendo una etiqueta en la frente que indica cuál es la maduración estimada. En el país de los ogros, un kilo de niño cuesta cinco favores. Diez favores equivale a un animal del bosque, ya sea un ciervo o un jabalí, y cien favores son una hija mujer, porque gritan más de lo que cazan. Con diez hijas mujeres se puede armar una cinta transportadora de niños, y cuando el capital de niños asciende a unos diez mil favores, el ogro puede arrendar su propio pantano.
En el país de los ogros, todo es frío y taciturno. Una serie de pantanos dispersos lo vuelven una trampa mortal para quien no conozca los caminos. Desplazarse entre juncos, matorrales y árboles de tronco retorcido no representa un problema para los ogros, que al contrario, tratan de cerrar el acceso a sus pantanos, por lo que si existe algo parecido a un camino se formó por mero accidente. Desde que llegaron las máquinas, los ogros comenzaron a competir por la producción de niños. Cuando el Capitán Hobbs llegó al pantano de Joro el ogro, logró persuadirlo de que no lo comiese prometiéndole un mercado constante de niños. Además de salvar la mitad de sus extremidades, Hobbs introdujo un negocio que rápidamente se extendió por todos los pantanos.
En el ecosistema contemporáneo de un ogro suelen convivir animales de la selva, en general utilizados para diversión más que para alimento (excepto en épocas de hambre), una o más máquinas de niños, la cantidad de hijas que el ogro pueda comprar para trabajar en las líneas transportadoras, y al menos un animal doméstico que es usado como alarma. Cuando la densidad de población aumenta, cada ogro se encarga de comerse el excedente de su pantano, aunque a veces se comen a uno que otro habitante por aburrimiento. Los niños llegan por un sistema de tuberías que se extiende desde los límites navegables del pantano hasta los graneros donde se procesan; como no hay garantías de que un ogro no se coma a un humano por más viejo y huraño que sea, los comerciantes concluyeron que es mejor no acercarse a entregar la mercadería. Una de las últimas mejoras que se introdujo en el sistema de entrega es la cortina de barro: un pequeño afluente de tierra y barro que se encarga de ensuciar a los niños dentro de las tuberías, ya que algunos ogros se quejaban de que los colores solían distraer a las hijas que trabajan en las líneas.
Cuentan que una vez, antes de implementar la cortina de barro, una de las hijas escondió a un niño que le pareció simpático. El niño, cuya etiqueta en la frente marcaba "7", tenía en el bolsillo un puñado de semillas. Al final de la jornada laboral, cuando se disponía a dormir recostada en el suelo, al lado de la línea transportadora, sacó al niño de la caja donde lo había escondido y lo examinó con delicada curiosidad. Molesta por la oscuridad y por el hedor general que no la dejaba oler bien al pequeño, quebrantó las reglas y salió afuera del granero en busca de un espacio más neutral. Unos minutos después, el ogro escuchó el llanto del niño y encontró a la hija oliéndolo, lamiéndolo, presionando su carnecita para ver qué respuesta tenía. Por supuesto, el ogro se comió a la hija y colocó nuevamente al niño en el granero, pero no se percató de que las semillas que estaban en el bolsillo del chiquillo cayeron en su jardín.
Al día siguiente, cuando el ogro se levantó a desayunar, olió algo repugnante que provenía del jardín. Después de un grito furioso se asomó a la ventana y vio lo más espantoso que podría imaginarse: flores de muchos colores y perfumes nacían tímidas de la tierra. Enfermo de ira fue hasta el jardín y las pisó, y las arrancó, y las cubrió del bilis. Sin embargo, no sería tan sencillo deshacerse de las flores. Pasaron varios meses y las flores se extendieron por los pantanos. Los ogros llenaron de fango sus jardines, regaron sus dominios con sangre de animales, cambiaron el curso de los sumideros para que pasaran sobre las flores. Nada lograba deshacerse de las flores por lo que la comunidad, primera vez en la historia unida por un problema común, terminó pidiendo ayuda a los comerciantes. Finalmente un comerciante de apellido Mule descubrió que existía una logia de marineros que se encargaba de colocar las semillas en los bolsillos de los niños, justo antes de meterlos en las tuberías de entrega. Un ogro se comió a Mule culpándolo de la situación, pero a partir del descubrimiento de la Logia de las Flores los niños llegaron limpios de semillas, y otro comerciante inventó la cortina de barro para evitar la distracción de las trabajadoras.-