De la serie cómo hacer política, luego del éxito arrasador de cómo destruir un partido político llega cómo convertirse en dictador. En este texto veremos algunos lineamientos básicos sobre el trabajo del dictador, desde que no es nadie hasta que se encuentra en la cabeza del Estado que desea dominar. Relájese y disfrute de su camino hacia el poder supremo a través de esta guía práctica y sencilla.
Lo primero que necesita un buen dictador, es una historia de vida inspiradora. Es conveniente que independientemente de su biografía, usted pueda construir una historia verosímil de lucha y perseverancia. Recuerde que cuanto más amplia sea su historia, más aceptación tendrá entre la masa que desea dominar. Lo más eficiente es comenzar con una historia de clase media alta (sin lujos pero con un muy buen pasar), luego recordar la dura carrera de sus padres que salieron del campo como peones y llegaron a construir una industria con sus propias manos. Finalmente cuente sus propias vivencias de la temprana edad cuando quedó huérfano y sumergido en una pobreza tal que tuvo que trabajar en los sectores más excluídos de la sociedad, comprendiendo en carne y hueso la explotación que sufren los obreros pero desde su mentalidad de clase media alta.
Si su historia de vida no inspira, hay pocas posibilidades de que logre dominar a las masas. La clave es encontrar la vena emocional para comenzar con los ejercicios de coerción a través de la manipulación de la identidad. Aquí viene el segundo ingrediente fundamental: usted debe encontrar una causa con la que la masa se identifique. Tenga en cuenta que la causa debe ser aceptada por una gran mayoría, de lo contrario el hechizo que está tratando de implantar se verá interrumpido por la parte disidente de la masa. Este factor es importante porque si falla en la construcción de la causa que le da cohesión a su masa dominada, la caída de su imagen será irremediable.
La causa común de la masa no es algo que se construya de la noche a la mañana, necesita del trabajo de muchas personas. El buen dictador debe rodearse de personas muy inteligentes y con trastornos emocionales severos, de manera que este grupo pueda difundir la causa utilizando como motor esos trastornos que lo vuelven tan particular. No puede faltar el hombre de la verborragia imparable, ese que no importa donde esté va a hablar sobre la causa con un poder de invención que envidiarían los más astutos escritores; la mujer de familia (en lo posible ama de casa de clase media) que dedica el noventa por ciento del tiempo a su causa, pero que también es una madre ejemplar. No olvide al esquizofrénico, ese que no tiene ningún recaudo en utilizar la violencia en el caso que sea necesario defender la causa. Estos son algunos cuadros recomendados, pero el trabajo del dictador es entender cuáles son los perfiles de trastorno emocional que mejor se adaptan a su causa.
El siguiente paso es encontrar un partido político que no le interese a nadie y adueñarse de él. En este punto es importante que entre su grupo de desequilibrados emocionales exista una persona que tenga gran poder de persuasión (si usted posee esta cualidad, será mucho más fácil). Un partido político marginal se puede tomar fácilmente con promesas de crecimiento y puestos jerárquicos de calidad en el futuro. Si el partido político ya tiene un perfil violento, aún mejor: usted es el moderador fuerte, el que va a encaminar esa violencia hacia su causa y a mostrar hacia el público de afuera que su poder es real, y que lo usa para hacer el bien.
Es esencial que como dictador se ajuste estrictamente a las reglas y las leyes. Tiene que ser un ejemplo de disciplina para su partido y para la masa. Cuando llegue el momento de tomar el poder, esto debe ser absolutamente legal para que sea más fácil eliminar a la oposición que trate de acusarlo de dictador. Encuentre las brechas legales del sistema: los gobiernos suelen tener mecanismos para dictaminar leyes de emergencia, o declarar situaciones especiales como el estado de sitio o el toque de queda a raíz de un latente peligro de ataque externo.
Cuando su causa se va fortaleciendo, tiene que volverse muy perspicaz para discernir dónde es posible general desorden social. El desorden social es fundamental para que la gente crea en usted: debe convertirse en el salvador, y para ello no hay mejor forma que detener los disturbios con mano dura pero justa. Toda clase de levantamiento obrero o campesino, huelgas generales o grupos paramilitares que atacan civiles, son efectivos debido a que se trata de pequeños grupos fácilmente manejables. Consiga armas y municiones, todas las que pueda. Los grupos paramilitares van a ser fundamentales cuando necesite ponerse al ejército de su lado. Algo deseado es que los grupos paramilitares estén conformados por alguna etnia odiada por la masa. Todas las sociedades son xenófobas en algún punto, y la xenofobia será su aliada al momento de inventar un peligro inminente.
Trate de que lo acusen de algún crimen político difícil de comprobar y pase unos meses en la cárcel para organizar la contraofensiva final. Aproveche el tiempo en la cárcel y escriba sus memorias y las bases de acción de su partido. Tenga cuidado de escribir las bases de acción política de la forma más general y proselitista posible, de manera que no sea posible analizarlas racionalmente. La gente tiene que ver en su plataforma el reflejo del líder. Esto tiene dos objetivos principales: en primer lugar, colocarlo a usted como el líder irrefutable del partido, y en segunda instancia le brindará el material necesario para la propaganda masiva. Al salir de la cárcel usted debe haber conseguido suficiente capital para financiar su campaña masiva, pero tenga mucho cuidado de que el capital provenga de lugares que estén relacionados con los valores de la masa. Desde la cárcel puede organizar colectas, utilizar los grupos paramilitares para asaltar comerciantes acaudalados, buscar pequeños comerciantes que le hagan donaciones. Durante su estadía en la prisión asegúrese que se filtran fotos de su estado deplorable (si es necesario, pase una noche en una celda de verdad), y también fotos de gente muy pobre aportando donaciones para su causa. La gente pobre en general es rechazada por la clase alta, pero les producen ternura cuando entregan lo poco que tienen.
Así llegamos a la campaña final. Usted saldrá de la cárcel con ayuda de la fianza pagada por su querido pueblo, y se presentará a elecciones. Si todo lo anterior lo hizo bien, es posible que gane mucho terreno político en las elecciones, y aquí es momento de fortalecer su causa. Fuerce a que los grupos paramilitares que construyó sean perseguidos en pos de la seguridad de su pueblo. Cuando lo acusen de coacción, encarcele a la oposición por traidores a la patria ya que están deseando que la guerrilla avance sobre la ciudad. En este punto tendrá una oposición completamente desactivada, y podrá comenzar con su plan integral de reformas. Para las reformas, trate de evitar nombres de otras reformas que fracasaron en la historia como "plan quinquenal". Al contrario, utilice eufemismos alineados con su causa.
La reforma es el último paso de la campaña dictatorial y su implementación le dará la noción de si podrá conservar el poder o no. Lo fundamental de la reforma es hacerse con el control de la economía por cualquier medio. Recuerde que debe dejar feliz a la masa pero también a los grandes capitales, así que evite medidas como la nacionalización masiva (otros dictadores ya lo probaron y fracasaron). Puede utilizar técnicas como exención de impuestos a sectores poderosos, y la participación forzosa de su partido en las compañías relacionadas con la soberanía nacional (hidrocarburos, minería, automotriz), y control de las exportaciones agrarias. El control del campo es algo que deberá estudiar muy bien, ya que es un elemento que se puede explotar con facilidad debido a la lejanía con la gran ciudad. Lo importante es que los medios no puedan acusarlo ni de "vende patria" ni de "comunista". Para ser un buen dictador y conseguir el poder absoluto, usted debe salvarlos a todos y deshacerse del resto.-
Confesiones del fin del mundo
Cuando la obsesión por el fin del mundo se vuelve costumbre
viernes, 2 de agosto de 2013
domingo, 28 de julio de 2013
La falacia de la responsabilidad y la administración
En la última mitad del siglo XIX la gran expansión del capitalismo se intensificó y generó cambios profundos que transformaron la forma de vida de la sociedad occidental. Las grandes ciudades avanzaron con el proceso de industrialización y con ello comenzaron las fuertes migraciones del campo a la ciudad. Aparecieron los suburbios donde se asentaban los trabajadores recién llegados con sus familias, y así lentamente fue constituyéndose la urbe más o menos como la conocemos ahora: una zona rica donde convive un sector acomodado de la sociedad, una zona intermedia (generalmente de paso) donde vive un sector educado pero que no comparte las características del sector acomodado, y finalmente una parte más pobre donde se desarrolla la vida de la clase obrera.
Estos cambios culturales y demográficos tan intensos fomentaron un nuevo modelo de administración, influenciado por el fenómeno racionalista típico del liberalismo del siglo XIX. Tanto la administración pública como la administración de empresas adoptaron una estructura fuertemente jerárquica, rígida y burocrática. El principio de delegación de responsabilidad se instauró como una forma de medir, premiar y castigar a las personas tanto dentro de la estructura burocrática de la administración como en la sociedad. La educación pública se hizo obligatoria de modo que los niños adopten este concepto desde pequeños, las universidades representaban una segmentación cultural y el acceso a ciertos cargos, y rápidamente se extendió la idea de responsabilidad jerárquica a otros aspectos como la caridad, los clubes, los deportes y la familia. Por supuesto, hay vasta literatura que demuestra que la competencia de las personas no está vinculada a una jerarquía, pero aún hoy persiste el modelo clásico de delegación de responsabilidad. El problema que me gustaría plantear es cómo este modelo jerárquico subestima a las personas y le genera costos imposibles de medir a las empresas: exactamente lo que están tratando de evitar.
A corto plazo, un modelo jerárquico ofrece el control más o menos directo de una organización. Asumiendo que cada escalafón de la jerarquía está ocupado por una persona idónea, la organización alcanzará su mayor eficiencia y la cúpula podrá ocuparse de hacer crecer la corporación. Sin embargo, la realidad demuestra que el resultado es un aparato altamente burocrático, rígido e ineficiente (el ejemplo paradigmático son los Estados). Hay dos problemas culturales que acompañan esta realidad y que si se les brindara la importancia que merecen habría que admitir que la administración jerárquica de una organización es un modelo que no funciona.
En primer lugar nos enfrentamos a la famosa carrera abierta al talento y la idea de progreso. Se asume que cualquiera que desee progresar en la vida tiene que desarrollar sus talentos y llevarlos a su mayor expresión. Para llevar a cabo esta empresa todos tienen las mismas posibilidades, con mayor o menor dificultad, y el que no lo logre es porque no tiene la capacidad de responder por cierta responsabilidad. En la práctica esta idea romántica significó hasta nuestros días escalar en la jerarquía de una organización para tener más responsabilidad que, por supuesto, será premiada con dinero. Cada uno sube en la jerarquía hasta que se encuentra en el lugar idóneo, y entonces se que allí haciendo lo que más sabe. Esta falacia hace que las personas se lancen a una carrera por ganar dinero hasta que llegan a su máximo nivel de incompetencia, donde la relación dinero/idoneidad se vuelve inversamente proporcional: a mayor sueldo menor idoneidad. Pienso que este problema genera un enorme retroceso en la evolución de las relaciones humanas: las personas dejan de buscar sus intereses genuinos para emprender la marcha hacia esa carrera a cualquier costo, incluso el de las relaciones humanas. ¿Cuántas veces vimos a gente distanciarse de su familia y de todos los amigos para subir por esta jerarquía malvada?
En segundo lugar, la práctica demuestra que los escalafones de las jerarquías están prácticamente ocupados por personas afines a la cúpula, desde arriba hacia abajo. Esto implica que esa carrera virtual que se pretende fomentar suele verse coartada por esta situación, generando grandes resentimientos y una competencia feroz por ganarse la simpatía de la cúpula y llegar a los altos rangos de la jerarquía. Este problema se suma a la tendencia antisocial de emprender la carrera, y hace que las personas sean aún más incompetentes ya que su interés no estará en hacer bien su trabajo sino en poder escalar.
Lamentablemente, los modelos jerárquicos se modifican a sí mismos mediante métricas que indican su evolución, pero estos dos factores que expuse no son mensurables ya que son inherentes al comportamiento de las personas y, por lo tanto, no se pueden formular matemáticamente. Sin embargo, la mayoría de las organizaciones prefieren ignorar estos problemas y blindar la administración mediante controles cada vez más estrictos para optimizar la eficiencia a pequeña escala. En este marco encontramos las restricciones de horario, los procesos de producción, las penalizaciones por desempeño (que en general se presentan como premios por desempeño), entre otras cosas. Como pueden imaginarse, estas micro-optimizaciones no logran mejorar la eficiencia de la organización, entonces empieza la peor parte: la jerarquía tiembla y se elimina a los responsables de una rama de la jerarquía culpándolos de la ineficiencia de su área. Ahora tenemos un nuevo escalafón libre por el cual todos los que están abajo van a luchar con uñas y dientes volviendo aún más ineficiente a la organización. Por supuesto, para evitar esta lucha la cúpula suele reemplazar a los puestos jerárquicos por personas que no están involucradas en la situación, logrando aún más ineficiencia: todo el conocimiento que tenía la persona que estaba anteriormente en el cargo se pierde y hay que empezar nuevamente de cero. En este punto las organizaciones asumen que es un "problema inherente a la administración", y se acepta la ineficiencia como parte normal de las operaciones.
La alternativa a los modelos jerárquicos es la horizontalidad. Una estructura donde todos deben ser responsables de su propio trabajo, y donde el esfuerzo de la organización responde a que cada integrante ocupe el rol para el que esté más preparado. Sin embargo, estos modelos tienen mucho riesgo a corto plazo ya que no se puede proyectar la eficiencia y necesita de personas con mucha madurez en cuestiones humanas: resolución de problemas, trabajo en equipo, reflexión. Y estos aspectos no se pueden medir, no se pueden calcular, y las organizaciones tienen miedo. Y no es miedo de fracasar como organización, es un miedo que trasciende los negocios y que está instaurado de forma inconsciente. Las cúpulas de las organizaciones suelen estar encarnadas por un sector específico de la sociedad, y el temor responde a la posibilidad de fallarle a su clase social, de no poder cumplir con la responsabilidad que tienen en representación de su clase, de que su propia cultura sea absorbida por "algo" que no conocen.
La ineficiencia de las organizaciones, en el fondo, es un problema social y debería ser abordada desde esta perspectiva. Las empresas deberían contratar sociólogos, antropólogos, educadores, y permitir que su estructura vaya mutando en función de las necesidades y problemas de las personas que la constituyen. Sin embargo, esto es sumamente complejo de realizar aunque muchos lo vean y lo piensen, ya que la superestructura dentro de la cual se constituye una organización es la que establece las reglas del juego.-
Estos cambios culturales y demográficos tan intensos fomentaron un nuevo modelo de administración, influenciado por el fenómeno racionalista típico del liberalismo del siglo XIX. Tanto la administración pública como la administración de empresas adoptaron una estructura fuertemente jerárquica, rígida y burocrática. El principio de delegación de responsabilidad se instauró como una forma de medir, premiar y castigar a las personas tanto dentro de la estructura burocrática de la administración como en la sociedad. La educación pública se hizo obligatoria de modo que los niños adopten este concepto desde pequeños, las universidades representaban una segmentación cultural y el acceso a ciertos cargos, y rápidamente se extendió la idea de responsabilidad jerárquica a otros aspectos como la caridad, los clubes, los deportes y la familia. Por supuesto, hay vasta literatura que demuestra que la competencia de las personas no está vinculada a una jerarquía, pero aún hoy persiste el modelo clásico de delegación de responsabilidad. El problema que me gustaría plantear es cómo este modelo jerárquico subestima a las personas y le genera costos imposibles de medir a las empresas: exactamente lo que están tratando de evitar.
A corto plazo, un modelo jerárquico ofrece el control más o menos directo de una organización. Asumiendo que cada escalafón de la jerarquía está ocupado por una persona idónea, la organización alcanzará su mayor eficiencia y la cúpula podrá ocuparse de hacer crecer la corporación. Sin embargo, la realidad demuestra que el resultado es un aparato altamente burocrático, rígido e ineficiente (el ejemplo paradigmático son los Estados). Hay dos problemas culturales que acompañan esta realidad y que si se les brindara la importancia que merecen habría que admitir que la administración jerárquica de una organización es un modelo que no funciona.
En primer lugar nos enfrentamos a la famosa carrera abierta al talento y la idea de progreso. Se asume que cualquiera que desee progresar en la vida tiene que desarrollar sus talentos y llevarlos a su mayor expresión. Para llevar a cabo esta empresa todos tienen las mismas posibilidades, con mayor o menor dificultad, y el que no lo logre es porque no tiene la capacidad de responder por cierta responsabilidad. En la práctica esta idea romántica significó hasta nuestros días escalar en la jerarquía de una organización para tener más responsabilidad que, por supuesto, será premiada con dinero. Cada uno sube en la jerarquía hasta que se encuentra en el lugar idóneo, y entonces se que allí haciendo lo que más sabe. Esta falacia hace que las personas se lancen a una carrera por ganar dinero hasta que llegan a su máximo nivel de incompetencia, donde la relación dinero/idoneidad se vuelve inversamente proporcional: a mayor sueldo menor idoneidad. Pienso que este problema genera un enorme retroceso en la evolución de las relaciones humanas: las personas dejan de buscar sus intereses genuinos para emprender la marcha hacia esa carrera a cualquier costo, incluso el de las relaciones humanas. ¿Cuántas veces vimos a gente distanciarse de su familia y de todos los amigos para subir por esta jerarquía malvada?
En segundo lugar, la práctica demuestra que los escalafones de las jerarquías están prácticamente ocupados por personas afines a la cúpula, desde arriba hacia abajo. Esto implica que esa carrera virtual que se pretende fomentar suele verse coartada por esta situación, generando grandes resentimientos y una competencia feroz por ganarse la simpatía de la cúpula y llegar a los altos rangos de la jerarquía. Este problema se suma a la tendencia antisocial de emprender la carrera, y hace que las personas sean aún más incompetentes ya que su interés no estará en hacer bien su trabajo sino en poder escalar.
Lamentablemente, los modelos jerárquicos se modifican a sí mismos mediante métricas que indican su evolución, pero estos dos factores que expuse no son mensurables ya que son inherentes al comportamiento de las personas y, por lo tanto, no se pueden formular matemáticamente. Sin embargo, la mayoría de las organizaciones prefieren ignorar estos problemas y blindar la administración mediante controles cada vez más estrictos para optimizar la eficiencia a pequeña escala. En este marco encontramos las restricciones de horario, los procesos de producción, las penalizaciones por desempeño (que en general se presentan como premios por desempeño), entre otras cosas. Como pueden imaginarse, estas micro-optimizaciones no logran mejorar la eficiencia de la organización, entonces empieza la peor parte: la jerarquía tiembla y se elimina a los responsables de una rama de la jerarquía culpándolos de la ineficiencia de su área. Ahora tenemos un nuevo escalafón libre por el cual todos los que están abajo van a luchar con uñas y dientes volviendo aún más ineficiente a la organización. Por supuesto, para evitar esta lucha la cúpula suele reemplazar a los puestos jerárquicos por personas que no están involucradas en la situación, logrando aún más ineficiencia: todo el conocimiento que tenía la persona que estaba anteriormente en el cargo se pierde y hay que empezar nuevamente de cero. En este punto las organizaciones asumen que es un "problema inherente a la administración", y se acepta la ineficiencia como parte normal de las operaciones.
La alternativa a los modelos jerárquicos es la horizontalidad. Una estructura donde todos deben ser responsables de su propio trabajo, y donde el esfuerzo de la organización responde a que cada integrante ocupe el rol para el que esté más preparado. Sin embargo, estos modelos tienen mucho riesgo a corto plazo ya que no se puede proyectar la eficiencia y necesita de personas con mucha madurez en cuestiones humanas: resolución de problemas, trabajo en equipo, reflexión. Y estos aspectos no se pueden medir, no se pueden calcular, y las organizaciones tienen miedo. Y no es miedo de fracasar como organización, es un miedo que trasciende los negocios y que está instaurado de forma inconsciente. Las cúpulas de las organizaciones suelen estar encarnadas por un sector específico de la sociedad, y el temor responde a la posibilidad de fallarle a su clase social, de no poder cumplir con la responsabilidad que tienen en representación de su clase, de que su propia cultura sea absorbida por "algo" que no conocen.
La ineficiencia de las organizaciones, en el fondo, es un problema social y debería ser abordada desde esta perspectiva. Las empresas deberían contratar sociólogos, antropólogos, educadores, y permitir que su estructura vaya mutando en función de las necesidades y problemas de las personas que la constituyen. Sin embargo, esto es sumamente complejo de realizar aunque muchos lo vean y lo piensen, ya que la superestructura dentro de la cual se constituye una organización es la que establece las reglas del juego.-
sábado, 13 de julio de 2013
Yo no quiero trabajar
Yo ya no quiero trabajar. No señora, no me interesa que diga que soy un vago, que me la paso yirando por el barrio haciendo absolutamente nada. Usted me ve deambular como un borracho madrugado cuando voy a comprar el pan de ayer y piensa: ¡por qué no va a laburar!, y yo le repito que no quiero laburar más. ¿Sabe lo que pasa señora?, cuando yo me levantaba a comprar el diario todavía era de noche, y cuando yo salía corriendo para ser el primero de la fila en las entrevistas (siempre sin éxito) usted todavía estaba tomando mate en pijama. Si usted supiera la vergüenza que lo invade a uno cuando se cruza una y otra vez con la misma gente en las entrevistas, pero uno va igual, vio, porque necesita ganarse el pan.
Usted estará pensando por qué no busco otra cosa, que si alguien quiere trabajar encuentra algo. Hace cuarenta años que soy carpintero, mi viejo era carpintero, mi abuelo era carpintero, mi hermano (que en paz descanse) era carpintero... ¿usted cree que es fácil cambiar de oficio? Yo tuve mi taller y lo perdí en los 90s, ¿sabe por qué?, porque empezó la importación señora. En Brasil fabrican muebles por dos mangos y los traen a las grandes cadenas de supermercados que, para colmo, los venden carísimos. Pero la gente compra igual porque se ahorra plata y paga en cuotas, ¿entiende?. Fabricar muebles no es sencillo. Usted no sabe lo que es estar siempre atrasado con las cosas porque si agarro menos trabajo no llego a fin de mes. Al final uno labura catorce horas por día y nunca tiene nada, y si un día voy a tomar algo con amigos usted ya dice: "encima que no tiene plata se gasta lo que cobra en bares con los amigos". En fin, le digo que ir a entrevistas es humillante, usted no tuvo que pasar por eso señora. A uno lo tratan como un pendejo y le quieren pagar dos mangos la hora, lo mismo que cobra un peón. Yo con eso no compro ni los remedios, sirve si te mantienen tus viejos nomas.
Crea lo que quiera, pero los patrones de madereras son negreros como nadie y yo no pienso renunciar a mi dignidad por esa limosna. Y mientras tanto me arreglo como puedo, una changa por acá, otra colocación por allá y sí, sigo yendo a esas entrevistas inútiles. No le cuento lo que es el verano. En la época de vacaciones ni siquiera salen avisos en los diarios. Hace un par de años que tengo que andar vendiendo algunas máquinas que me quedaron del viejo taller para pasar la malaria del verano. Ahora cada vez que sale algún mueble de cocina tengo que ir a un taller a que me corten las placas de madera, así que para colmo me sale más caro. Y usted me sigue mirando mal cuando paso y la saludo con la ropa de trabajo agujereada y llena de aserrín.
Si no fuera por el departamento que me dejó mi viejo estaría en la calle. A penas puedo pagar los servicios básicos, imagínese. Y no, no tengo televisión y señal de cable como usted piensa: "no labura y tiene televisor plasma y señal de cable, este la pasa bien". ¡Minga!, tengo un subsidio del Estado que lo uso para pagar deudas de la casa, ¿usted cree que alguien me va a dar a mi una tarjeta de crédito para comprar en cuotas? ¡por favor! Ni siquiera me puedo permitir eso, ni siquiera puedo arreglar la humedad de mi habitación. Hace un tiempo alguien me dijo que podía sacar un crédito para comprar una máquina sólo con mi documento. Saqué un crédito de dos mil pesos y tuve que devolver cuatro mil, ¡el doble tuve que devolver! Para la gente que se rompe el lomo como yo no hay ayuda, señora. Uno tiene que volverse completamente pobre y vivir en una villa para que lo ayuden, sino nadie te da nada. El año pasado fui a pedir de esas cajas de comida para ahorrar un poco en el supermercado, y me pidieron que me afilie a no sé qué partido político para que el trámite salga rápido. Cuando uno pide ayuda se da cuenta que las puertas están más cerradas de lo que piensa, o hay que venderle el alma al diablo. Déjeme de joder, yo no quiero trabajar más.-
Usted estará pensando por qué no busco otra cosa, que si alguien quiere trabajar encuentra algo. Hace cuarenta años que soy carpintero, mi viejo era carpintero, mi abuelo era carpintero, mi hermano (que en paz descanse) era carpintero... ¿usted cree que es fácil cambiar de oficio? Yo tuve mi taller y lo perdí en los 90s, ¿sabe por qué?, porque empezó la importación señora. En Brasil fabrican muebles por dos mangos y los traen a las grandes cadenas de supermercados que, para colmo, los venden carísimos. Pero la gente compra igual porque se ahorra plata y paga en cuotas, ¿entiende?. Fabricar muebles no es sencillo. Usted no sabe lo que es estar siempre atrasado con las cosas porque si agarro menos trabajo no llego a fin de mes. Al final uno labura catorce horas por día y nunca tiene nada, y si un día voy a tomar algo con amigos usted ya dice: "encima que no tiene plata se gasta lo que cobra en bares con los amigos". En fin, le digo que ir a entrevistas es humillante, usted no tuvo que pasar por eso señora. A uno lo tratan como un pendejo y le quieren pagar dos mangos la hora, lo mismo que cobra un peón. Yo con eso no compro ni los remedios, sirve si te mantienen tus viejos nomas.
Crea lo que quiera, pero los patrones de madereras son negreros como nadie y yo no pienso renunciar a mi dignidad por esa limosna. Y mientras tanto me arreglo como puedo, una changa por acá, otra colocación por allá y sí, sigo yendo a esas entrevistas inútiles. No le cuento lo que es el verano. En la época de vacaciones ni siquiera salen avisos en los diarios. Hace un par de años que tengo que andar vendiendo algunas máquinas que me quedaron del viejo taller para pasar la malaria del verano. Ahora cada vez que sale algún mueble de cocina tengo que ir a un taller a que me corten las placas de madera, así que para colmo me sale más caro. Y usted me sigue mirando mal cuando paso y la saludo con la ropa de trabajo agujereada y llena de aserrín.
Si no fuera por el departamento que me dejó mi viejo estaría en la calle. A penas puedo pagar los servicios básicos, imagínese. Y no, no tengo televisión y señal de cable como usted piensa: "no labura y tiene televisor plasma y señal de cable, este la pasa bien". ¡Minga!, tengo un subsidio del Estado que lo uso para pagar deudas de la casa, ¿usted cree que alguien me va a dar a mi una tarjeta de crédito para comprar en cuotas? ¡por favor! Ni siquiera me puedo permitir eso, ni siquiera puedo arreglar la humedad de mi habitación. Hace un tiempo alguien me dijo que podía sacar un crédito para comprar una máquina sólo con mi documento. Saqué un crédito de dos mil pesos y tuve que devolver cuatro mil, ¡el doble tuve que devolver! Para la gente que se rompe el lomo como yo no hay ayuda, señora. Uno tiene que volverse completamente pobre y vivir en una villa para que lo ayuden, sino nadie te da nada. El año pasado fui a pedir de esas cajas de comida para ahorrar un poco en el supermercado, y me pidieron que me afilie a no sé qué partido político para que el trámite salga rápido. Cuando uno pide ayuda se da cuenta que las puertas están más cerradas de lo que piensa, o hay que venderle el alma al diablo. Déjeme de joder, yo no quiero trabajar más.-
sábado, 6 de julio de 2013
El bueno, el malo y el feo
¿Qué pasa cuando dos criminales conocen la mitad de un secreto que los podría guiar hasta un magnífico tesoro? ¿Acaso no lucharían hasta que uno de los dos lograra dominar al otro para sacarle la información? Si algo nos dejó esta gran película además de una banda sonora excepcional, es el resultado inesperado de una relación de extrema tensión: dos criminales enemistados a muerte, un tesoro, y la esencial necesidad de cooperar para alcanzar un resultado en común.
Algo parecido ocurre con el capitalismo y el marxismo. Retrocedamos en el tiempo unos ciento cincuenta años: todos los teóricos, desde Marx y Weber hasta Lenin y Mill, estaban de acuerdo en un punto: el capitalismo y las masas eran irreconciliables. Algo ocurrió durante el siglo XX que logró consolidar el Estado democrático como modelo de cohesión entre las masas y el capitalismo. Claus Offe escribió una tesis brillante sobre las posibles razones de esta transformación y no es mi intención desarrollar ese tema. Lo que me gustaría rescatar de la metáfora del bueno, el malo y el feo es una reflexión sobre la eterna enemistad entre lo público y lo privado, el capital y los bienes comunes.
La realidad de todos los días es que las personas necesitamos realizar actividades que nos ayuden a subsistir (y no quiero decir trabajar, porque existen miles de actividades que no son socialmente consideradas trabajo), y lo que ocurre en la superestructura político-económica importa poco a la hora de conseguir lo necesario para comer, dormir y vestirse. Sin embargo, al desarrollar estas actividades cotidianas nos encontramos dentro del paradigma capitalista y somos afectados de distintas formas por la guerra implícita que mantiene el equilibrio del poder económico. Desde el Estado, el gobierno de turno va a tratar de convencernos mediante la demagogia (utilizando todos los recursos existentes relacionados con la democracia) que debemos apoyar su proyecto político, mientras que las corporaciones van a utilizar otras herramientas como la publicidad, la tecnología o el financiamiento para conseguir nuestro compromiso. De esta forma, el bueno y el feo, cada cual con su parte del secreto, consolidan un pacto tácito y necesario para conseguir el tesoro tan deseado: el compromiso de la sociedad.
Para el Estado y las corporaciones, lo común representa al malo. Para el bueno y el feo el carácter conflictivo de las relaciones humanas, un inconveniente con el que tenemos que lidiar todos los días, es un símbolo del caos. Este símbolo no es una mera especulación sino que, al contrario, es una realidad ineludible que deja en evidencia la complejidad de las relaciones humanas, y lo peligroso que puede resultar perder el control de este inevitable caos. Lo contrario de caos es orden, y el orden es algo que todas las grandes estructuras de poder trataron de instaurar a lo largo de la historia como la condición fundamental para que la organización de la sociedad funcione. Creo que esta es tal vez la falacia más grande de la historia de la humanidad, y está tan metida en nuestra conciencia que no podemos concebir una forma de vida diferente al orden del Estado, que hoy está protagonizado por el orden democrático.
Sólo para ejemplificar un modelo de relaciones sociales distinto al del paradigma capitalista, en la época de los señores feudales los campesinos tenían garantizada una porción de tierra que podían trabajar para mantener a su familia y pagar los tributos correspondientes al señor feudal. También tenían lo que se llamaba tierras comunales, una región compartida desde donde todos los campesinos extraían los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la aldea (por ejemplo, la madera), además de usarlas como tierra de pastoreo para el ganado. El capitalismo en sus fases más primitivas logró transformar esta organización de aldea hasta hacer desaparecer estas tierras comunales.
Más allá del orden establecido, no podemos negar que compartimos cosas, que tenemos intereses y objetivos comunes, que somos seres conflictivos y que más o menos aleatoriamente cambiamos de opinión cuando se nos da la gana. Esto implica que cualquier clase de organización social no burocrática (en el sentido que hoy entendemos burocracia) es un organismo vivo, que puede aparecer, cambiar o destruirse en cualquier momento, y nadie que ostente garantizar el orden puede manejar este nivel de incertidumbre, sobre todo cuando las herramientas de administración tienen un profundo enfoque lógico y racional como en el caso del Estado y las corporaciones.
Por otra parte, una empresa se dedica a actividades exclusivamente lucrativas. Hay dos acepciones que nos interesan:
Como se observa, una empresa es una corporación, pero sus significados no son intercambiables. Cuando me refiero a corporaciones lo hago en el sentido general, ya que todas buscan el tesoro al igual que el Estado. En el paradigma capitalista las corporaciones son mucho más que mero capital económico, se trata de valores y beneficios. En general se entiende valor como un instrumento financiero, y beneficio como el resultado positivo de ese valor. En una interpretación más amplia podría decirse que valor es todo elemento material o no que permita generar un beneficio, es decir, un balance positivo, dentro de un ámbito de competencia. Por ejemplo, en el caso de un sindicato, valor podría ser la cantidad de miembros, porque mayor cantidad de afiliados representa más poder político y económico. En las actividades agropecuarias valor es la tierra y la calidad de la tierra: cuanto más extensión y mejor calidad mayor cosecha.
Existen dos aspectos importantes que aparecen cuando desvinculamos la idea de corporación de la de empresa. En primer lugar, no toda organización que se dedique a actividades lucrativas busca conquistar el tesoro, y en este contexto el caso de las cooperativas es muy ilustrativo. El lucro no necesariamente deshumaniza a la sociedad, e incluso podría fomentar lo contrario. En segundo lugar, no todo lo que brilla es oro: instituciones que a menudo se jactan de generar un beneficio para la sociedad en la práctica son ávidas buscadoras del tesoro. Un caso que ya mencioné en reiteradas ocasiones es el de los partidos políticos.
La única forma de cambiar el final de esta historia es la reflexión sobre nuestra propia ideología, forjar una identidad libre, independiente y autónoma que logre criticar con la misma rigurosidad un discurso político y el accionar de una institución, las medidas del gobierno y las consecuencias de las operaciones de una empresa. Es un trabajo constante y laborioso que requiere la reconstrucción de valores humanos (cualesquiera que sean) y una revisión de la lógica con la que abordamos los problemas de la vida cotidiana.-
Algo parecido ocurre con el capitalismo y el marxismo. Retrocedamos en el tiempo unos ciento cincuenta años: todos los teóricos, desde Marx y Weber hasta Lenin y Mill, estaban de acuerdo en un punto: el capitalismo y las masas eran irreconciliables. Algo ocurrió durante el siglo XX que logró consolidar el Estado democrático como modelo de cohesión entre las masas y el capitalismo. Claus Offe escribió una tesis brillante sobre las posibles razones de esta transformación y no es mi intención desarrollar ese tema. Lo que me gustaría rescatar de la metáfora del bueno, el malo y el feo es una reflexión sobre la eterna enemistad entre lo público y lo privado, el capital y los bienes comunes.
El pacto
Hace varias décadas que se instauró la pelea entre lo público y lo privado. Según la ideología que se aplique se estigmatiza lo uno o lo otro. Es importante recordar que tanto lo público como lo privado forman parte de un paradigma de distribución del poder donde la sociedad es un simple instrumento. La política partidaria y las corporaciones son dos escenarios donde se disputan los mismos intereses. Sin embargo, hay una tendencia generalizada a identificar la sociedad con lo público. Pienso que en este punto el Estado es considerablemente más hipócrita que las corporaciones capitalistas, que tienen un objetivo y ciertas reglas bien claras. La diferencia importante entre el Estado y las corporaciones es que el primero tiene las herramientas para modificar, en mayor o menor medida, las relaciones sociales en su totalidad, mientras que los segundos se dedican a sostener una economía de capitales a gran escala utilizando a la sociedad como medio.La realidad de todos los días es que las personas necesitamos realizar actividades que nos ayuden a subsistir (y no quiero decir trabajar, porque existen miles de actividades que no son socialmente consideradas trabajo), y lo que ocurre en la superestructura político-económica importa poco a la hora de conseguir lo necesario para comer, dormir y vestirse. Sin embargo, al desarrollar estas actividades cotidianas nos encontramos dentro del paradigma capitalista y somos afectados de distintas formas por la guerra implícita que mantiene el equilibrio del poder económico. Desde el Estado, el gobierno de turno va a tratar de convencernos mediante la demagogia (utilizando todos los recursos existentes relacionados con la democracia) que debemos apoyar su proyecto político, mientras que las corporaciones van a utilizar otras herramientas como la publicidad, la tecnología o el financiamiento para conseguir nuestro compromiso. De esta forma, el bueno y el feo, cada cual con su parte del secreto, consolidan un pacto tácito y necesario para conseguir el tesoro tan deseado: el compromiso de la sociedad.
El malo
Por otro lado está lo común. Lo común se refiere a toda actividad, herramienta o medio que surge como resultado de las relaciones humanas y son funcionales a un objetivo compartido. Puede ser un teatro para una compañía de actores, una biblioteca para los estudiantes, maquinaria para los obreros, un blog para periodistas. Hay infinitos ejemplos de lo común, todos relacionados con la cultura entendida como el resultado total de las relaciones sociales.Para el Estado y las corporaciones, lo común representa al malo. Para el bueno y el feo el carácter conflictivo de las relaciones humanas, un inconveniente con el que tenemos que lidiar todos los días, es un símbolo del caos. Este símbolo no es una mera especulación sino que, al contrario, es una realidad ineludible que deja en evidencia la complejidad de las relaciones humanas, y lo peligroso que puede resultar perder el control de este inevitable caos. Lo contrario de caos es orden, y el orden es algo que todas las grandes estructuras de poder trataron de instaurar a lo largo de la historia como la condición fundamental para que la organización de la sociedad funcione. Creo que esta es tal vez la falacia más grande de la historia de la humanidad, y está tan metida en nuestra conciencia que no podemos concebir una forma de vida diferente al orden del Estado, que hoy está protagonizado por el orden democrático.
Sólo para ejemplificar un modelo de relaciones sociales distinto al del paradigma capitalista, en la época de los señores feudales los campesinos tenían garantizada una porción de tierra que podían trabajar para mantener a su familia y pagar los tributos correspondientes al señor feudal. También tenían lo que se llamaba tierras comunales, una región compartida desde donde todos los campesinos extraían los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la aldea (por ejemplo, la madera), además de usarlas como tierra de pastoreo para el ganado. El capitalismo en sus fases más primitivas logró transformar esta organización de aldea hasta hacer desaparecer estas tierras comunales.
Más allá del orden establecido, no podemos negar que compartimos cosas, que tenemos intereses y objetivos comunes, que somos seres conflictivos y que más o menos aleatoriamente cambiamos de opinión cuando se nos da la gana. Esto implica que cualquier clase de organización social no burocrática (en el sentido que hoy entendemos burocracia) es un organismo vivo, que puede aparecer, cambiar o destruirse en cualquier momento, y nadie que ostente garantizar el orden puede manejar este nivel de incertidumbre, sobre todo cuando las herramientas de administración tienen un profundo enfoque lógico y racional como en el caso del Estado y las corporaciones.
El tesoro
El tesoro es el compromiso de la sociedad. Quien gane el favor de la mayoría de las personas tendrá el predominio en un campo determinado. En este punto me gustaría hacer una distinción importante entre corporación y empresa. Otro error recurrente es el de utilizar corporación como sinónimo de empresa o institución comercial. La RAE considera dos acepciones de la palabra corporación:1) f. Asociación u organismo oficial, generalmente público pero independiente de la administración estatal, con fines de utilidad pública: las cámaras de comercio o los ayuntamientos son corporaciones.
2) Asociación que agrupa personas que desempeñan la misma actividad o profesión: solo pertenecía a la corporación del colegio de médicos.
Por otra parte, una empresa se dedica a actividades exclusivamente lucrativas. Hay dos acepciones que nos interesan:
1) f. Entidad integrada por el capital y el trabajo, como factores de la producción, y dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos: una empresa vitivinícola.
2) Conjunto de estas entidades: la empresa del libro.
Como se observa, una empresa es una corporación, pero sus significados no son intercambiables. Cuando me refiero a corporaciones lo hago en el sentido general, ya que todas buscan el tesoro al igual que el Estado. En el paradigma capitalista las corporaciones son mucho más que mero capital económico, se trata de valores y beneficios. En general se entiende valor como un instrumento financiero, y beneficio como el resultado positivo de ese valor. En una interpretación más amplia podría decirse que valor es todo elemento material o no que permita generar un beneficio, es decir, un balance positivo, dentro de un ámbito de competencia. Por ejemplo, en el caso de un sindicato, valor podría ser la cantidad de miembros, porque mayor cantidad de afiliados representa más poder político y económico. En las actividades agropecuarias valor es la tierra y la calidad de la tierra: cuanto más extensión y mejor calidad mayor cosecha.
Existen dos aspectos importantes que aparecen cuando desvinculamos la idea de corporación de la de empresa. En primer lugar, no toda organización que se dedique a actividades lucrativas busca conquistar el tesoro, y en este contexto el caso de las cooperativas es muy ilustrativo. El lucro no necesariamente deshumaniza a la sociedad, e incluso podría fomentar lo contrario. En segundo lugar, no todo lo que brilla es oro: instituciones que a menudo se jactan de generar un beneficio para la sociedad en la práctica son ávidas buscadoras del tesoro. Un caso que ya mencioné en reiteradas ocasiones es el de los partidos políticos.
Un final esperado
A esta altura ya se podrán imaginar cómo termina la película. El bueno y el feo se dieron cuenta que necesitaban colaborar para encontrar el tesoro, y si bien se introducen en un juego de poder con engaños y traiciones de por medio, ambos llegan al tesoro y con la mayor tensión se reparten el botín. Al malo lo asesinan. Esta escena dibuja nuestra realidad. Mientras el Estado en el rol del bueno y las corporaciones en el rol del feo se reparten el favor de la sociedad, las relaciones humanas que forjamos con esfuerzo día a día son ofuscadas y se deterioran como consecuencia de las diferencias impuestas por estos actores malvados.La única forma de cambiar el final de esta historia es la reflexión sobre nuestra propia ideología, forjar una identidad libre, independiente y autónoma que logre criticar con la misma rigurosidad un discurso político y el accionar de una institución, las medidas del gobierno y las consecuencias de las operaciones de una empresa. Es un trabajo constante y laborioso que requiere la reconstrucción de valores humanos (cualesquiera que sean) y una revisión de la lógica con la que abordamos los problemas de la vida cotidiana.-
martes, 2 de julio de 2013
Lorraine
Te vi caminar sin rumbo por los bosques, te oí cantar mil lenguas contemplando las ruinas de un antiguo templo; sentí tu perfume impregnando el cemento desgarrado, y me estremecí cuando tu mirada se clavó en mis ojos. Azufre y flores, fuego y música, el equilibrio entre la vida y la muerte. Hoy sufres la tortura de la inmortalidad porque preferiste la maldición del cielo y el repudio del infierno a entregar tu alma. Algo mudo late dentro de ti, algo onírico envuelve tus pasos, y la hermosura de quien transitó cientos de años en las sombras es la perdición de quien te busca. Es imposible olvidarte luego de saber de ti, e imposible no abandonar la mortalidad por encontrarte. No hubo libro prohibido que hablara sobre ti, tu nombre acecha en el aire esperando atrapar a quien despierte del sueño nocturno y te recuerde. Te oí susurrar sentada sobre escombros cenicientos:
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame ir.
Recuerdo la furia en tu mirada, fue una de esas noches que me desperté jadeando con tu figura atravesada en mi memoria. A menudo me pregunto si acaso duermes de día, o si a veces callas y descansas tus pensamientos. Escribo este diario porque siento que me encuentro peligrosamente cerca, porque cada noche tu actividad se vuelve más febril, como una tormenta de verano que pasa cual susto. Anoche tus palabras me paralizaron:
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame volver a los bosques y a mis canciones, libérame de la historia que has contado. Yo no deseaba huir de las llamas del templo aquella noche, no pretendía escapar del humo, ni del pánico de los niños, ni del llanto de las mujeres. Fue el cielo maldito quien abrió aquella grieta en el altar, fue el infierno mismo que guío mis pasos entre el fuego hacia la oscuridad de la noche. Y cuando me creía muerta, los destellos de las bombas, el ruido ensordecedor de las balas y el clamor de los hombres humillados frente al cementerio se habían ido para siempre.
No sé cuánto tiempo habrá meditado sobre aquellas cosas, pero al cabo de un instante su susurro tímido adoptó un tono sombrío:
- Oradour-sur-Glane, detuviste el tiempo y te transformaste en una ciudad eterna, sitiada por la artillería del olvido. Cuando llego a tus bordes vuelvo a salir de aquella grieta maldita, una y otra y otra vez. No puedo escapar de tu prisión ni de los sueños de miles de personas que me ven vagar por las calles desiertas y desoladas, donde hogares vacíos y vehículos deformados por el óxido constituyen el escenario idílico de este abismo. Quisiera que esos inocentes soñadores entiendan lo que estoy destinada a sufrir, que me escuchen y no despierten con la sensación de simplemente haberme soñado. ¡Oradour-sur-Glane, déjame descansar al menos un instante!
Ella sabe que no tendrá descanso mientras sigamos soñandola. Ella sabe que logra quemar el alma de los dormidos con su mirada abrasadora. No sé cuánto tiempo más resistiré, dudo que en poco tiempo logre regresar aquí. Mi gente empieza a ignorarme, toda mi vida comienza a apestar a pólvora vieja y herrumbre. Creo que ella lo presiente. Creo que no logra vernos, pero reconoce nuestra presencia y sabe que estamos ahí afuera, observando cada uno de sus movimientos. Lorraine...
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame ir.
Recuerdo la furia en tu mirada, fue una de esas noches que me desperté jadeando con tu figura atravesada en mi memoria. A menudo me pregunto si acaso duermes de día, o si a veces callas y descansas tus pensamientos. Escribo este diario porque siento que me encuentro peligrosamente cerca, porque cada noche tu actividad se vuelve más febril, como una tormenta de verano que pasa cual susto. Anoche tus palabras me paralizaron:
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame volver a los bosques y a mis canciones, libérame de la historia que has contado. Yo no deseaba huir de las llamas del templo aquella noche, no pretendía escapar del humo, ni del pánico de los niños, ni del llanto de las mujeres. Fue el cielo maldito quien abrió aquella grieta en el altar, fue el infierno mismo que guío mis pasos entre el fuego hacia la oscuridad de la noche. Y cuando me creía muerta, los destellos de las bombas, el ruido ensordecedor de las balas y el clamor de los hombres humillados frente al cementerio se habían ido para siempre.
No sé cuánto tiempo habrá meditado sobre aquellas cosas, pero al cabo de un instante su susurro tímido adoptó un tono sombrío:
- Oradour-sur-Glane, detuviste el tiempo y te transformaste en una ciudad eterna, sitiada por la artillería del olvido. Cuando llego a tus bordes vuelvo a salir de aquella grieta maldita, una y otra y otra vez. No puedo escapar de tu prisión ni de los sueños de miles de personas que me ven vagar por las calles desiertas y desoladas, donde hogares vacíos y vehículos deformados por el óxido constituyen el escenario idílico de este abismo. Quisiera que esos inocentes soñadores entiendan lo que estoy destinada a sufrir, que me escuchen y no despierten con la sensación de simplemente haberme soñado. ¡Oradour-sur-Glane, déjame descansar al menos un instante!
Ella sabe que no tendrá descanso mientras sigamos soñandola. Ella sabe que logra quemar el alma de los dormidos con su mirada abrasadora. No sé cuánto tiempo más resistiré, dudo que en poco tiempo logre regresar aquí. Mi gente empieza a ignorarme, toda mi vida comienza a apestar a pólvora vieja y herrumbre. Creo que ella lo presiente. Creo que no logra vernos, pero reconoce nuestra presencia y sabe que estamos ahí afuera, observando cada uno de sus movimientos. Lorraine...
lunes, 17 de junio de 2013
Cómo destruir un partido político
La historia es eso que pasa mientras no somos
conscientes de los acontecimientos que vivimos.
ADVERTENCIA: las siguientes líneas pueden dañar la sensibilidad de algunas personas. Como en casi todo lo que escribo, no pongo las respectivas citas de autoridad. Siga leyendo bajo su propia responsabilidad de considerarme un hereje.
Desde la aparición de los partidos políticos modernos a mediados del siglo XIX, podemos identificar un cierto paradigma dentro del cual fueron desarrollándose hasta nuestros días: una ideología estricta, casi dogmática; una estructura jerárquica y representativa donde algunas personas dentro del partido tienen la concentración del poder; la conformación de una identidad inflexible a partir de la ideología y de los representantes; la exclusión de los que no comparten esa identidad (noción de clase), entre otros aspectos. Este paradigma de partido político es, tal vez, la forma más acabada de organización política dentro del capitalismo. Incluso la organización de movimientos sociales, como los sindicatos o asociaciones civiles (matices de por medio), adoptaron la forma delimitada por este paradigma. Por supuesto, hay que comprender que la pluralidad a fines del siglo XIX, con la Primera Guerra Mundial tocando la puerta de Europa, y con la tecnología de aquel momento, no tenía mucho lugar: había que adaptarse a las formas, y eso es lo que se hizo. El paradigma de partido político actual sigue representando a la antigua burguesía de la segunda mitad del siglo XIX, independientemente de las bases y el discurso. En consecuencia, todo partido político que surja sin hacer una reflexión sobre sí mismo, entrará en este paradigma obsoleto. No obstante, el observador sagaz no tardará en darse cuenta que eso mismo que un partido político ostenta como fortaleza, es la clave para destruirlo: es necesario romper el paradigma, y para ello hay que destruir cada aspecto de este modelo.
TL;DR
El problema con el paradigma actual es que, como todo paradigma vigente, está naturalizado: hay preconceptos que conforman los cimientos de la sociedad, que se enseñan en las escuelas y universidades, que se convirtieron en dichos y refranes populares. Un ejemplo claro es la famosa frase de las Ciencias Sociales: todo está atravesado por la ideología. Hay mucho desarrollo sobre pensamientos como el que menciono, destruirlos no es nada sencillo y, como la mismísima naturaleza de la destrucción, no hay una forma ni un momento apropiados para que ocurra. Sin embargo, por algún lado hay que empezar, y creo que destruyendo la ideología es un buen comienzo.
Desmitifiquemos la ideología: la ideología nunca le dio de comer a nadie (tal vez a uno que otro escritor), nunca resolvió ningún problema habitacional, y nunca fomentó la cultura y las buenas relaciones humanas. La ideología es un concepto moderno. Uno de los primeros en adoptar este término fue un tal Destutt como parte de otro de los proyectos políticos liberalistas de la Revolución francesa. Cuando decimos que todas las acciones humanas están atravesadas por la ideología, estamos hablando de un modelo, caemos dentro del paradigma. Los partidos políticos tomaron la noción de ideología para acuñar una identidad, apoyada por un conjunto de ideas sobre el mundo. Desde entonces pasó algún tiempo, y lo que nos demuestra la historia que conocemos (que por cierto, es la que nos contaron los ideólogos), es que reiteradamente la ideología se utilizó para identificar quién es quién en la puja de poderes de una época. En la vida cotidiana no existe la ideología, existen las relaciones humanas atravesadas por la cultura. La cultura, como la suma de creencias, costumbres, y la misma cotidianidad, nos vuelve más o menos permeables a ciertas cosas. Por ejemplo, a mi no me gusta el fútbol, así que cualquier cuestión relacionada con un barrabrava me va a resultar intrascendente. Ahora bien, dependiendo de cómo interpreto el fútbol y con quién asocio un barrabrava, voy a posicionarme de tal o cual forma frente a las personas que integran este grupo. Lamentablemente la noción de ideología tiene mucho que ver, si no es parte de su definición, con lo que acabo de comentar. El dilema radica en la diferencia entre el lenguaje de los libros y la realidad: la realidad nos indica que la palabra ideología se utiliza con objetivos poco relacionados con la cultura.
La estructura jerárquica, por otra parte, es una herencia directa de la nobleza y de la burguesía liberal de la segunda mitad del siglo XIX. En el antiguo régimen existían diferentes formas de organización social bajo la bandera del feudalismo. Por ejemplo, en Francia podíamos encontrar tres estamentos bien definidos, y cada cual tenía una serie de derechos jurídicos que lo definía. En esta organización por estamentos, la jerarquía social dentro de cada estamento no existía, al menos en términos jurídicos. No importaba cuanta cantidad de tierra podía llegar a poseer un campesino, o cuántas propiedades un comerciante, tenían los mismos derechos y obligaciones que el jornalero. A partir de 1789, con el avance del liberalismo, la jerarquía pasó a formar parte de la sociedad como un factor de demarcación de clase. El feudalismo cayó, y los que poseían el poder económico (grandes terratenientes, algunos artesanos, comerciantes) necesitaron destacarse para afianzar su poder político: destacarse principalmente de los más pobres, para ejercer el poder sobre ellos, y de la aristocracia, para legitimar su nueva posición como grupo dominante. Dos mecanismos que surgieron para poner en evidencia esta diferenciación fueron la jerarquización de la sociedad, y la noción de clase. En un mundo huérfano donde el poder divino del rey y los privilegios nobiliarios desaparecieron era fundamental definir sin lugar a dudas quién es quién. Actualmente los partidos políticos siguen insistiendo en este quién es quién. Pero hoy, en un mundo globalizado, donde las fronteras son más estrechas y la comunicación está dejando de ser un problema, cada vez importa menos quién es quién. Algo que nos regaló el capitalismo es la necesidad imperiosa de conseguir resultados. Esta tendencia generalizada es la que hoy les juega en contra: un representante investido con la identidad de un partido político no puede conseguir resultados sin caer en la incoherencia. Y las incoherencias se pagan caras: los resultados deben satisfacer esa identidad, y siendo esta tan rígida, tan inflexible, cae por su propio peso.
La cuestión de identidad de un partido político tiene bastante que ver con lo que comentaba el otro día sobre la tradición y el nacionalismo. ¿Cómo hacer para blindar una identidad?, sencillo: llénela de símbolos y tradiciones fuertes. A esta altura de la historia que conocemos, explicar los problemas de la idea de identidad política me da la sensación de confensarle a un niño que los reyes magos no existen. Cualquier identidad política es un caballo de batalla (algunas son un unicornio vomitando arco iris o un pony, pero ese es otro tema). Es una fórmula de diferenciación irreconciliable con el resto del mundo. En el momento que se antepone la identidad política a un debate, el debate queda automáticamente anulado. Por supuesto, si prescindimos de la identidad rápidamente surge la inquietud sobre cómo generar cohesión en un partido político, y en el mismo momento que nos asusta esta pregunta nos tapamos el rostro con ambas manos, lloramos como niño caprichoso y volvemos a pensar en identidad. No obstante, es posible generar cohesión partiendo de aspectos más humanos, como pueden ser proyectos, intereses o causas en común. La ventaja de transformar la noción de identidad política en algo más ligero e inestable es que aumenta considerablemente la coherencia y la cintura política. En general, un grupo de personas que comparten ciertos aspectos de la vida cotidiana poseen principios en común, o hay principios que pueden desprenderse de esas relaciones. Esto acarrea consecuencias que el paradigma partidario actual no puede siquiera absorber. Por un lado, el movimiento de personas entre partidos políticos sería mucho más normal, y hasta representaría un efecto natural y deseable de este tipo de identidad flexible. Esto significa que la base de afiliados de un partido, y como resultado su capital político, sería casi imposible de dominar. En segundo lugar, los principios del partido serían un reflejo de las relaciones dentro del partido, por lo que forzaría un disenso y consenso permanente que hoy por hoy se podría manejar, por ejemplo, en una organización horizontal, pero no en el paradigma de la jerarquía representativa.
Por último, un aspecto constitutivo de un partido político es la noción de clase. E. P. Thompson, historiador británico a mi entender muy parado sobre la tierra, dio una definición de clase bien realista, muy contraria a las corrientes estructuralistas como el marxismo que construye a la clase como una categoría. Para Thompson la clase es fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados; es un proceso fluido que elude el análisis si se intenta detener en seco en un determinado momento y analizar su estructura. La experiencia de un grupo de personas durante un tiempo determinado es la que termina generando cierta consciencia de sus particularidades respecto a otros grupos. Esto elimina completamente la definición categórica de clase, que es a la que apelan todos los partidos políticos para "ganar" afiliados y generar cohesión social. Cuando un partido político se posiciona como representante de una clase (en sentido estricto) determinada, esa clase tiene dos opciones: unirse o ignorarlo, pero bajo ninguna circunstancia podría rechazar el partido en cuanto este adopta símbolos y tradiciones de esa clase.
¿Cómo destruir el clasismo político?, como depende de los procesos históricos, para responder esta pregunta primero debemos ubicarnos en un lugar y un momento determinados. Personalmente voy a referirme a la Argentina del siglo XXI, e invito a realizar este ejercicio a cada persona en su lugar de origen. En este contexto, una opción que se me ocurre para suprimir el clasismo político es incentivar una adhesión libre y voluntaria. Sin embargo, no podemos negar que hoy, como resultado de un proceso histórico largo y complejo, las clases están bien delimitadas, la desigualdad social existe, y la brecha cultural es un hecho. No obstante, creo que hay una salvedad con la que no contábamos antes de mitad del siglo XX, y que se puede observar más claramente en la primera década del siglo XXI: el surgimiento de una clase flexible. Por diversas razones que tendremos que analizar más tarde (o no, pero seguro que no en este artículo), la desigualdad social en Argentina del siglo XXI tuvo grandes avances y retrocesos, y como resultado contundente de este tironeo surgió un pequeño grupo social que convive con varias subculturas: es a lo que denominé más arriba como la clase flexible. Estas personas tienen la particularidad de entender y estar en contacto con formas de vida que de por sí se excluirían mutuamente. Creo que este grupo goza del potencial para reconciliar mediante una cultura mixta grupos muy heterogéneos, entre ellos un partido político.
Destruir un partido político es hacerle frente con una propuesta que no entiende, que contradice y desdibuja toda su organización, que lo deja parado en el pasado y sin posibilidades de sostener la realidad política ni responder a las necesidades de la gente. Hay que hacerlo sangrar: las personas tenemos otros intereses que simplemente ya no cuadran en el paradigma antiguo, queremos algo nuevo, algo que puede ser un rotundo fracaso pero que al menos represente un intento por humanizar la política, por primera vez en la historia llevarla realmente hasta las personas. Para eso tenemos que destruirlos, y construir sobre los restos podridos de un sistema que lleva muerto varios años una nueva cultura, una cultura que aspire a que los problemas, los enfrentamientos, las diferencias, los acuerdos, las alianzas, y todos los aspectos de la vida política se realicen con coherencia (aunque la coherencia implique lo ilógico), y que en el proceso la sociedad y la política se beneficien mutuamente con la madurez de una cultura.-
domingo, 9 de junio de 2013
La tradición contra el nacionalismo
¿Qué es lo nacional? El nacionalismo tiene muchas vertientes políticas e ideológicas, y cuando aparece trata de representar el cemento de la cohesión social, es decir, se autoproclama el factor fundamental de la identidad social, y excluye a todos aquellos que no compartan sus características.
El nacionalismo es uno de los recursos demagógicos más difundidos ya que, con muy poco esfuerzo, se pueden convertir los símbolos y costumbres tradicionales de una sociedad en capital político, en el combustible de un movimiento. Ya aprendimos: la primera y segunda guerra mundial tuvieron su cimiento en la extensión de las ideas nacionalistas en Europa. La última gran expansión imperialista a fines del siglo XIX, al contrario del imperialismo capitalista de principios de siglo, fue en pos de crear la nación grande.
Una característica importante del nacionalismo es que cuando aparece se introduce rápidamente en todos los aspectos de la sociedad, como un pulpo gigante que atrapa a su presa mientras está distraída. La producción industrial e intelectual a menudo se alinean con ese proyecto nacional (tenemos los casos de Max Weber y Treitschke en la alemania del keiser, Robert Seeley y Rosebery en Gran Bretaña, entre otros). Cuando esto ocurre difícilmente se puede distinguir la política de la vida cotidiana, el discurso demagógico de las tradiciones, la ideología del sentido común. La sociedad queda atrapada en una red de naturalización que anula cualquier debate fuera de esa identidad ficticia, y a la vez sienta las bases para legitimar cualquier tipo de acción que efectúe el Estado.
Por otra parte, los grupos que quedan excluídos de este movimiento nacionalista tienen pocas opciones: o retirarse a la clandestinidad, o representar una fuerza de choque que necesariamente tiene que apelar a la violencia para penetrar en la superestructura nacionalista. Estos grupos excluídos son los traidores, es todo grupo o persona individual que no adhiera a esa identidad. En algunos casos la exclusión será sólo social, pero como ha ocurrido en reiteradas ocasiones durante el siglo XX también podría llegar a niveles políticos y económicos. En cualquier caso, el movimiento nacionalista se encargará de blindar y demarcar claramente cuáles son los límites entre compatriotas y traidores.
¿Es posible mantenerse al margen y no formar parte ni del proyecto nacionalista ni de los traidores? En la primera mitad del siglo XX la respuesta hubiera sido no, no es posible. La libertad de expresión no era algo de lo que se hablara (esta idea surgió en la posguerra con la declaración de los derechos humanos), y la persecución política era una práctica socialmente aceptada. Luego de la segunda guerra mundial, algo aprendimos. Hoy por hoy la persecución política sigue existiendo (aunque se movió a otras esferas, por ejemplo, los medios masivos de comunicación), sin embargo, la tecnología nos brinda un espacio de opinión y expresión como nunca antes existió. Es cierto que la persecución hace tiempo que también se movió a internet, pero a la vez las comunidades de la red se encargan de difundir y proteger esa libertad de expresión, como fueron los casos emblemáticos de Wikileaks y The Pirate Bay.
Las herramientas existen, ahora la pregunta se vuelve más compleja: ¿puede un grupo social elegir los márgenes del nacionalismo, sin convertirse en traidor?. Una persona cualquiera como yo no tiene muchos inconvenientes, porque el desacuerdo queda dentro de mi esfera privada. En cambio, un grupo organizado, con sus propias ideas y símbolos, representa una amenaza a esa identidad nacionalista. Y acá es donde pienso que no hay que olvidarse que muchos de esos símbolos y tradiciones con los que se constituye el nacionalismo, es parte de una cultura común: son parte de la vida cotidiana de un montón de gente que está atravesada por la misma historia.
Sin embargo, que haya una historia en común no significa que las tradiciones se compartan. Por poner un ejemplo, la provincia de Buenos Aires en Argentina y el resto del país, tienen orígenes, intereses y formas de vida bastante distintas, al menos para considerarlas tradiciones comunes. ¿Cómo generar cohesión sin caer en el proyecto nacionalista?. A mi entender, la respuesta es compartir cultura. Compartir cultura significa que entendemos que somos diferentes, que pensamos diferente, que sentimos diferente, no obstante queremos acercarnos para intercambiar nuestras experiencias, nuestras ideas, participar de proyectos en común.
Rescatar la tradición real, esa que se refiere a la vida cotidiana de nuestros padres, abuelos y de nuestra niñez, sea cual fuere el lugar de origen, nos abre la puerta a poder compartir nuestra cultura, a ser más auténticos y coherentes, a partir de una percepción que está en contacto con nuestros aspectos más profundos y que, si bien hay una tendencia generalizada a negar que estamos condicionados por el pasado, existen. Si logramos esto no necesitamos apelar a la violencia, al contrario, es una forma de incluir a todos aquellos que quieran participar, incluso si se trata de los mismos nacionalistas. Es una actitud que incluso apela a la conciencia de los nacionalistas, una forma de decir: vengan, no nos importa quienes son, estamos acá para conocernos.-
El nacionalismo es uno de los recursos demagógicos más difundidos ya que, con muy poco esfuerzo, se pueden convertir los símbolos y costumbres tradicionales de una sociedad en capital político, en el combustible de un movimiento. Ya aprendimos: la primera y segunda guerra mundial tuvieron su cimiento en la extensión de las ideas nacionalistas en Europa. La última gran expansión imperialista a fines del siglo XIX, al contrario del imperialismo capitalista de principios de siglo, fue en pos de crear la nación grande.
Una característica importante del nacionalismo es que cuando aparece se introduce rápidamente en todos los aspectos de la sociedad, como un pulpo gigante que atrapa a su presa mientras está distraída. La producción industrial e intelectual a menudo se alinean con ese proyecto nacional (tenemos los casos de Max Weber y Treitschke en la alemania del keiser, Robert Seeley y Rosebery en Gran Bretaña, entre otros). Cuando esto ocurre difícilmente se puede distinguir la política de la vida cotidiana, el discurso demagógico de las tradiciones, la ideología del sentido común. La sociedad queda atrapada en una red de naturalización que anula cualquier debate fuera de esa identidad ficticia, y a la vez sienta las bases para legitimar cualquier tipo de acción que efectúe el Estado.
Por otra parte, los grupos que quedan excluídos de este movimiento nacionalista tienen pocas opciones: o retirarse a la clandestinidad, o representar una fuerza de choque que necesariamente tiene que apelar a la violencia para penetrar en la superestructura nacionalista. Estos grupos excluídos son los traidores, es todo grupo o persona individual que no adhiera a esa identidad. En algunos casos la exclusión será sólo social, pero como ha ocurrido en reiteradas ocasiones durante el siglo XX también podría llegar a niveles políticos y económicos. En cualquier caso, el movimiento nacionalista se encargará de blindar y demarcar claramente cuáles son los límites entre compatriotas y traidores.
¿Es posible mantenerse al margen y no formar parte ni del proyecto nacionalista ni de los traidores? En la primera mitad del siglo XX la respuesta hubiera sido no, no es posible. La libertad de expresión no era algo de lo que se hablara (esta idea surgió en la posguerra con la declaración de los derechos humanos), y la persecución política era una práctica socialmente aceptada. Luego de la segunda guerra mundial, algo aprendimos. Hoy por hoy la persecución política sigue existiendo (aunque se movió a otras esferas, por ejemplo, los medios masivos de comunicación), sin embargo, la tecnología nos brinda un espacio de opinión y expresión como nunca antes existió. Es cierto que la persecución hace tiempo que también se movió a internet, pero a la vez las comunidades de la red se encargan de difundir y proteger esa libertad de expresión, como fueron los casos emblemáticos de Wikileaks y The Pirate Bay.
Las herramientas existen, ahora la pregunta se vuelve más compleja: ¿puede un grupo social elegir los márgenes del nacionalismo, sin convertirse en traidor?. Una persona cualquiera como yo no tiene muchos inconvenientes, porque el desacuerdo queda dentro de mi esfera privada. En cambio, un grupo organizado, con sus propias ideas y símbolos, representa una amenaza a esa identidad nacionalista. Y acá es donde pienso que no hay que olvidarse que muchos de esos símbolos y tradiciones con los que se constituye el nacionalismo, es parte de una cultura común: son parte de la vida cotidiana de un montón de gente que está atravesada por la misma historia.
Sin embargo, que haya una historia en común no significa que las tradiciones se compartan. Por poner un ejemplo, la provincia de Buenos Aires en Argentina y el resto del país, tienen orígenes, intereses y formas de vida bastante distintas, al menos para considerarlas tradiciones comunes. ¿Cómo generar cohesión sin caer en el proyecto nacionalista?. A mi entender, la respuesta es compartir cultura. Compartir cultura significa que entendemos que somos diferentes, que pensamos diferente, que sentimos diferente, no obstante queremos acercarnos para intercambiar nuestras experiencias, nuestras ideas, participar de proyectos en común.
Rescatar la tradición real, esa que se refiere a la vida cotidiana de nuestros padres, abuelos y de nuestra niñez, sea cual fuere el lugar de origen, nos abre la puerta a poder compartir nuestra cultura, a ser más auténticos y coherentes, a partir de una percepción que está en contacto con nuestros aspectos más profundos y que, si bien hay una tendencia generalizada a negar que estamos condicionados por el pasado, existen. Si logramos esto no necesitamos apelar a la violencia, al contrario, es una forma de incluir a todos aquellos que quieran participar, incluso si se trata de los mismos nacionalistas. Es una actitud que incluso apela a la conciencia de los nacionalistas, una forma de decir: vengan, no nos importa quienes son, estamos acá para conocernos.-
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