Te vi caminar sin rumbo por los bosques, te oí cantar mil lenguas contemplando las ruinas de un antiguo templo; sentí tu perfume impregnando el cemento desgarrado, y me estremecí cuando tu mirada se clavó en mis ojos. Azufre y flores, fuego y música, el equilibrio entre la vida y la muerte. Hoy sufres la tortura de la inmortalidad porque preferiste la maldición del cielo y el repudio del infierno a entregar tu alma. Algo mudo late dentro de ti, algo onírico envuelve tus pasos, y la hermosura de quien transitó cientos de años en las sombras es la perdición de quien te busca. Es imposible olvidarte luego de saber de ti, e imposible no abandonar la mortalidad por encontrarte. No hubo libro prohibido que hablara sobre ti, tu nombre acecha en el aire esperando atrapar a quien despierte del sueño nocturno y te recuerde. Te oí susurrar sentada sobre escombros cenicientos:
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame ir.
Recuerdo la furia en tu mirada, fue una de esas noches que me desperté jadeando con tu figura atravesada en mi memoria. A menudo me pregunto si acaso duermes de día, o si a veces callas y descansas tus pensamientos. Escribo este diario porque siento que me encuentro peligrosamente cerca, porque cada noche tu actividad se vuelve más febril, como una tormenta de verano que pasa cual susto. Anoche tus palabras me paralizaron:
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame volver a los bosques y a mis canciones, libérame de la historia que has contado. Yo no deseaba huir de las llamas del templo aquella noche, no pretendía escapar del humo, ni del pánico de los niños, ni del llanto de las mujeres. Fue el cielo maldito quien abrió aquella grieta en el altar, fue el infierno mismo que guío mis pasos entre el fuego hacia la oscuridad de la noche. Y cuando me creía muerta, los destellos de las bombas, el ruido ensordecedor de las balas y el clamor de los hombres humillados frente al cementerio se habían ido para siempre.
No sé cuánto tiempo habrá meditado sobre aquellas cosas, pero al cabo de un instante su susurro tímido adoptó un tono sombrío:
- Oradour-sur-Glane, detuviste el tiempo y te transformaste en una ciudad eterna, sitiada por la artillería del olvido. Cuando llego a tus bordes vuelvo a salir de aquella grieta maldita, una y otra y otra vez. No puedo escapar de tu prisión ni de los sueños de miles de personas que me ven vagar por las calles desiertas y desoladas, donde hogares vacíos y vehículos deformados por el óxido constituyen el escenario idílico de este abismo. Quisiera que esos inocentes soñadores entiendan lo que estoy destinada a sufrir, que me escuchen y no despierten con la sensación de simplemente haberme soñado. ¡Oradour-sur-Glane, déjame descansar al menos un instante!
Ella sabe que no tendrá descanso mientras sigamos soñandola. Ella sabe que logra quemar el alma de los dormidos con su mirada abrasadora. No sé cuánto tiempo más resistiré, dudo que en poco tiempo logre regresar aquí. Mi gente empieza a ignorarme, toda mi vida comienza a apestar a pólvora vieja y herrumbre. Creo que ella lo presiente. Creo que no logra vernos, pero reconoce nuestra presencia y sabe que estamos ahí afuera, observando cada uno de sus movimientos. Lorraine...