Revolución y reaccionarismo, liberalismo y absolutismo, progreso y conservadurismo, son corrientes de pensamiento diametralmente opuestas que básicamente enfrentan un poder nuevo contra un poder ya establecido (esto es un blog, así que voy a hacer reduccionismos burdos y no voy a usar definiciones formales, metasofistas abstenerse). En la historia, desde la Revolución Francesa, estas corrientes suelen verse representadas por dos grupos de poder: uno establecido y otro en pleno surgimiento. Ambos grupos luchan por ganarse al pueblo, o sea los pobres diablos como nosotros que necesitamos trabajar para sobrevivir, y dependemos de las promesas de mejora para perfilar nuestra existencia. Las revoluciones sin apoyo del pueblo suelen fracasar porque no tienen fuerza de choque, o capital político si se prefiere un eufemismo ridículo.
Lo que me gustaría destacar sobre esto es la cuestión de la metamoral del pueblo. Por un montón de razones que no pretendo desarrollar (acá es donde subordino el "por qué" al buen sentido), observo que el pueblo, o sea nosotros, tendemos a variar nuestros valores en función de cuestiones más o menos arbitrarias. Estas variaciones pueden fluctuar dependiendo de las condiciones del entorno, pero tienen una característica común: están acotadas a un pensamiento colectivo, carecen de reflexión activa y son tan volátiles como las circunstancias que las generan. Sin embargo, estos lapsus de inconsciencia moral producen cambios invisibles y permanentes que terminan transformando la moral y las relaciones de las personas que los padecen.
Ejemplo clásico: político Z aumenta los impuestos. Esto en principio no nos importaría si no nos afectara. En el mejor de los casos nos indignaríamos un par de días y todo volvería a la normalidad: no habría un cambio de actitud frente a este nuevo escenario impositivo. Por otro lado, si esta medida nos afectara directamente la situación se vuelve más compleja. Podrían suceder varias cosas: si estamos sólo un poco comprometidos, podríamos hacer un juicio de valor superficial y tildar al funcionario Z de incompetente; dispersaríamos la opinión cada vez que tengamos oportunidad. En principio esto no tiene impacto permanente más allá de algún que otro conocido que deje de hablarnos; el impacto es desde afuera hacia nosotros. En cambio, si estamos altamente comprometidos, es decir, si vamos a tener que realizar acciones porque este impuesto afecta directamente nuestra forma de vida, el juicio de valor deja de ser superficial y se decora con las emociones que empiezan a volverse más intensas. Esta intensidad emocional que surge naturalmente ante una situación de injusticia es la llave a nuestra estructura moral: dejamos entrar profundamente nuevos juicios, de ser necesario transformamos valores para que los juicios se adapten a la estructura moral. Este proceso es irreversible por varias razones. En principio, porque los impuestos no van a volver a bajar (carácter transitivo de una situación irreversible), pero también porque restaurar la estructura moral significa un trabajo duro de reflexión que, si no identificamos como necesario, nunca realizaremos.
No sólo el pueblo sufre el problema de la metamoral, existe en todos los escalafones de poder, a cualquier nivel, pero es el pueblo quien no tiene opciones para mitigar o incluso contrarrestar, cual vacuna, el surgimiento de la metamoral. Cuanto más intensas las emociones, cuanto menos herramientas para rechazar la sensación de injusticia, más profundo penetra la metamoral. La consecuencia directa de este virus, entre otras cosas, es la falta de coherencia en la forma de actuar y relacionarse con las otras personas; la dificultad de establecer patrones en lugar de juicios; el rechazo que surge ante ciertos grupos que parecieran involucrados en la injusticia y, en casos más extremos, el fundamentalismo que subordina a la reflexión.
Pienso que esta metamoral aparece ya en las relaciones individuales, pero el caso de la metamoral del pueblo me resulta paradigmático, porque nos define como sociedad y construye lentamente la idiosincrasia.-