lunes, 17 de junio de 2013

Cómo destruir un partido político

La historia es eso que pasa mientras no somos
conscientes de los acontecimientos que vivimos.

ADVERTENCIA: las siguientes líneas pueden dañar la sensibilidad de algunas personas. Como en casi todo lo que escribo, no pongo las respectivas citas de autoridad. Siga leyendo bajo su propia responsabilidad de considerarme un hereje.

Desde la aparición de los partidos políticos modernos a mediados del siglo XIX, podemos identificar un cierto paradigma dentro del cual fueron desarrollándose hasta nuestros días: una ideología estricta, casi dogmática; una estructura jerárquica y representativa donde algunas personas dentro del partido tienen la concentración del poder; la conformación de una identidad inflexible a partir de la ideología y de los representantes; la exclusión de los que no comparten esa identidad (noción de clase), entre otros aspectos. Este paradigma de partido político es, tal vez, la forma más acabada de organización política dentro del capitalismo. Incluso la organización de movimientos sociales, como los sindicatos o asociaciones civiles (matices de por medio), adoptaron la forma delimitada por este paradigma. Por supuesto, hay que comprender que la pluralidad a fines del siglo XIX, con la Primera Guerra Mundial tocando la puerta de Europa, y con la tecnología de aquel momento, no tenía mucho lugar: había que adaptarse a las formas, y eso es lo que se hizo. El paradigma de partido político actual sigue representando a la antigua burguesía de la segunda mitad del siglo XIX, independientemente de las bases y el discurso. En consecuencia, todo partido político que surja sin hacer una reflexión sobre sí mismo, entrará en este paradigma obsoleto. No obstante, el observador sagaz no tardará en darse cuenta que eso mismo que un partido político ostenta como fortaleza, es la clave para destruirlo: es necesario romper el paradigma, y para ello hay que destruir cada aspecto de este modelo.

TL;DR
El problema con el paradigma actual es que, como todo paradigma vigente, está naturalizado: hay preconceptos que conforman los cimientos de la sociedad, que se enseñan en las escuelas y universidades, que se convirtieron en dichos y refranes populares. Un ejemplo claro es la famosa frase de las Ciencias Sociales: todo está atravesado por la ideología. Hay mucho desarrollo sobre pensamientos como el que menciono, destruirlos no es nada sencillo y, como la mismísima naturaleza de la destrucción, no hay una forma ni un momento apropiados para que ocurra. Sin embargo, por algún lado hay que empezar, y creo que destruyendo la ideología es un buen comienzo.

Desmitifiquemos la ideología: la ideología nunca le dio de comer a nadie (tal vez a uno que otro escritor), nunca resolvió ningún problema habitacional, y nunca fomentó la cultura y las buenas relaciones humanas. La ideología es un concepto moderno. Uno de los primeros en adoptar este término fue un tal Destutt como parte de otro de los proyectos políticos liberalistas de la Revolución francesa. Cuando decimos que todas las acciones humanas están atravesadas por la ideología, estamos hablando de un modelo, caemos dentro del paradigma. Los partidos políticos tomaron la noción de ideología para acuñar una identidad, apoyada por un conjunto de ideas sobre el mundo. Desde entonces pasó algún tiempo, y lo que nos demuestra la historia que conocemos (que por cierto, es la que nos contaron los ideólogos), es que reiteradamente la ideología se utilizó para identificar quién es quién en la puja de poderes de una época. En la vida cotidiana no existe la ideología, existen las relaciones humanas atravesadas por la cultura. La cultura, como la suma de creencias, costumbres, y la misma cotidianidad, nos vuelve más o menos permeables a ciertas cosas. Por ejemplo, a mi no me gusta el fútbol, así que cualquier cuestión relacionada con un barrabrava me va a resultar intrascendente. Ahora bien, dependiendo de cómo interpreto el fútbol y con quién asocio un barrabrava, voy a posicionarme de tal o cual forma frente a las personas que integran este grupo. Lamentablemente la noción de ideología tiene mucho que ver, si no es parte de su definición, con lo que acabo de comentar. El dilema radica en la diferencia entre el lenguaje de los libros y la realidad: la realidad nos indica que la palabra ideología se utiliza con objetivos poco relacionados con la cultura.

La estructura jerárquica, por otra parte, es una herencia directa de la nobleza y de la burguesía liberal de la segunda mitad del siglo XIX. En el antiguo régimen existían diferentes formas de organización social bajo la bandera del feudalismo. Por ejemplo, en Francia podíamos encontrar tres estamentos bien definidos, y cada cual tenía una serie de derechos jurídicos que lo definía. En esta organización por estamentos, la jerarquía social dentro de cada estamento no existía, al menos en términos jurídicos. No importaba cuanta cantidad de tierra podía llegar a poseer un campesino, o cuántas propiedades un comerciante, tenían los mismos derechos y obligaciones que el jornalero. A partir de 1789, con el avance del liberalismo, la jerarquía pasó a formar parte de la sociedad como un factor de demarcación de clase. El feudalismo cayó, y los que poseían el poder económico (grandes terratenientes, algunos artesanos, comerciantes) necesitaron destacarse para afianzar su poder político: destacarse principalmente de los más pobres, para ejercer el poder sobre ellos, y de la aristocracia, para legitimar su nueva posición como grupo dominante. Dos mecanismos que surgieron para poner en evidencia esta diferenciación fueron la jerarquización de la sociedad, y la noción de clase. En un mundo huérfano donde el poder divino del rey y los privilegios nobiliarios desaparecieron era fundamental definir sin lugar a dudas quién es quién. Actualmente los partidos políticos siguen insistiendo en este quién es quién. Pero hoy, en un mundo globalizado, donde las fronteras son más estrechas y la comunicación está dejando de ser un problema, cada vez importa menos quién es quién. Algo que nos regaló el capitalismo es la necesidad imperiosa de conseguir resultados. Esta tendencia generalizada es la que hoy les juega en contra: un representante investido con la identidad de un partido político no puede conseguir resultados sin caer en la incoherencia. Y las incoherencias se pagan caras: los resultados deben satisfacer esa identidad, y siendo esta tan rígida, tan inflexible, cae por su propio peso.

La cuestión de identidad de un partido político tiene bastante que ver con lo que comentaba el otro día sobre la tradición y el nacionalismo. ¿Cómo hacer para blindar una identidad?, sencillo: llénela de símbolos y tradiciones fuertes. A esta altura de la historia que conocemos, explicar los problemas de la idea de identidad política me da la sensación de confensarle a un niño que los reyes magos no existen. Cualquier identidad política es un caballo de batalla (algunas son un unicornio vomitando arco iris o un pony, pero ese es otro tema). Es una fórmula de diferenciación irreconciliable con el resto del mundo. En el momento que se antepone la identidad política a un debate, el debate queda automáticamente anulado. Por supuesto, si prescindimos de la identidad rápidamente surge la inquietud sobre cómo generar cohesión en un partido político, y en el mismo momento que nos asusta esta pregunta nos tapamos el rostro con ambas manos, lloramos como niño caprichoso y volvemos a pensar en identidad. No obstante, es posible generar cohesión partiendo de aspectos más humanos, como pueden ser proyectos, intereses o causas en común. La ventaja de transformar la noción de identidad política en algo más ligero e inestable es que aumenta considerablemente la coherencia y la cintura política. En general, un grupo de personas que comparten ciertos aspectos de la vida cotidiana poseen principios en común, o hay principios que pueden desprenderse de esas relaciones. Esto acarrea consecuencias que el paradigma partidario actual no puede siquiera absorber. Por un lado, el movimiento de personas entre partidos políticos sería mucho más normal, y hasta representaría un efecto natural y deseable de este tipo de identidad flexible. Esto significa que la base de afiliados de un partido, y como resultado su capital político, sería casi imposible de dominar. En segundo lugar, los principios del partido serían un reflejo de las relaciones dentro del partido, por lo que forzaría un disenso y consenso permanente que hoy por hoy se podría manejar, por ejemplo, en una organización horizontal, pero no en el paradigma de la jerarquía representativa.

Por último, un aspecto constitutivo de un partido político es la noción de clase. E. P. Thompson, historiador británico a mi entender muy parado sobre la tierra, dio una definición de clase bien realista, muy contraria a las corrientes estructuralistas como el marxismo que construye a la clase como una categoría. Para Thompson la clase es fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados; es un proceso fluido que elude el análisis si se intenta detener en seco en un determinado momento y analizar su estructura. La experiencia de un grupo de personas durante un tiempo determinado es la que termina generando cierta consciencia de sus particularidades respecto a otros grupos. Esto elimina completamente la definición categórica de clase, que es a la que apelan todos los partidos políticos para "ganar" afiliados y generar cohesión social. Cuando un partido político se posiciona como representante de una clase (en sentido estricto) determinada, esa clase tiene dos opciones: unirse o ignorarlo, pero bajo ninguna circunstancia podría rechazar el partido en cuanto este adopta símbolos y tradiciones de esa clase.

¿Cómo destruir el clasismo político?, como depende de los procesos históricos, para responder esta pregunta primero debemos ubicarnos en un lugar y un momento determinados. Personalmente voy a referirme a la Argentina del siglo XXI, e invito a realizar este ejercicio a cada persona en su lugar de origen. En este contexto, una opción que se me ocurre para suprimir el clasismo político es incentivar una adhesión libre y voluntaria. Sin embargo, no podemos negar que hoy, como resultado de un proceso histórico largo y complejo, las clases están bien delimitadas, la desigualdad social existe, y la brecha cultural es un hecho. No obstante, creo que hay una salvedad con la que no contábamos antes de mitad del siglo XX, y que se puede observar más claramente en la primera década del siglo XXI: el surgimiento de una clase flexible. Por diversas razones que tendremos que analizar más tarde (o no, pero seguro que no en este artículo), la desigualdad social en Argentina del siglo XXI tuvo grandes avances y retrocesos, y como resultado contundente de este tironeo surgió un pequeño grupo social que convive con varias subculturas: es a lo que denominé más arriba como la clase flexible. Estas personas tienen la particularidad de entender y estar en contacto con formas de vida que de por sí se excluirían mutuamente. Creo que este grupo goza del potencial para reconciliar mediante una cultura mixta grupos muy heterogéneos, entre ellos un partido político.

Destruir un partido político es hacerle frente con una propuesta que no entiende, que contradice y desdibuja toda su organización, que lo deja parado en el pasado y sin posibilidades de sostener la realidad política ni responder a las necesidades de la gente. Hay que hacerlo sangrar: las personas tenemos otros intereses que simplemente ya no cuadran en el paradigma antiguo, queremos algo nuevo, algo que puede ser un rotundo fracaso pero que al menos represente un intento por humanizar la política, por primera vez en la historia llevarla realmente hasta las personas. Para eso tenemos que destruirlos, y construir sobre los restos podridos de un sistema que lleva muerto varios años una nueva cultura, una cultura que aspire a que los problemas, los enfrentamientos, las diferencias, los acuerdos, las alianzas, y todos los aspectos de la vida política se realicen con coherencia (aunque la coherencia implique lo ilógico), y que en el proceso la sociedad y la política se beneficien mutuamente con la madurez de una cultura.-