Mientras caminaba por la zona del desastre me encontré un cubo rubik. Me llamó la atención que estuviera armado, aunque le faltaban algunos colores. Eramos muchos los que caminábamos por el sector K buscando elementos que pudiésemos intercambiar por comida, y encontrar un tesoro como este me alegró el día. Recuerdo que me senté sobre el musgo y traté de armarlo, ignorando que era imposible terminar una cara de algún color. En esta época uno ya no mira quién pasa por al lado, y menos cuando se tiene un tesoro entre las manos, así que ese día tampoco vi a la joven del ojo gris. Pero ella me vio, y no pasó de largo como el resto de mis compatriotas. Ella me vio, y se sentó en una roca que, al parecer, era parte de las ruinas del antiguo arco romano que daba la bienvenida al cementerio del sector K. Cuando percibí su presencia hice lo posible por concentrarme, pero de repente estaba en todos lados: atrás, adelante, alrededor y arriba, todo al mismo tiempo. Es extraño cómo dejar de mirar a las personas genera un cambio tan severo en la percepción. De pronto uno está preparado para correr hacia cualquier lado, o blandir el acero de las manijas en cualquier dirección. Ese día no hice ni una cosa ni la otra, sino que seguí tratando de armar mi tesoro mientras ella, con un codo en la rodilla y un trozo de carbón en la mano izquierda, dibujaba sobre un pedazo de cartón viejo. Una relación de esta intensidad no puede durar mucho tiempo... todos sabemos lo que pasa, todos estuvimos ahí una y otra y otra vez. Los pozos terminan devorándose a todos, y si yo sobreviví hasta el día de hoy es porque evité a todas las jóvenes del ojo gris, y porque evité todas esas miradas que me esquivan y me huyen. La joven del ojo gris levantó la vista hacia mi y su presencia fue tan fuerte que sucumbí a su mirada, nuestros ojos se cruzaron y sentí horror, terror, sentí las tripas tratando de huir de mi cuerpo, la sangre hirviente quemando mis llagas infectadas. A veces pienso que fue el hedor del cementerio que hizo eso, pero las explicaciones ya no son muy valoradas estos días, y no quiero ir contra esa cultura de la ignorancia. La ignorancia nos da de comer, y nos viste, y nos canta canciones de cuna cuando no podemos dormir. Porque sí, dormir es mejor regalo que este cubo rubik, más preciado que los escasos dedos que nos quedan. La vi levantarse y caminar con paso suave y decidido hacia el cementerio, ambos brazos alrededor del dibujo que le inspiré, la cabeza hacia el cielo, la sonrisa estampada, la pierna de fierro rechinando como grilletes oxidados.-