sábado, 6 de julio de 2013

El bueno, el malo y el feo

¿Qué pasa cuando dos criminales conocen la mitad de un secreto que los podría guiar hasta un magnífico tesoro? ¿Acaso no lucharían hasta que uno de los dos lograra dominar al otro para sacarle la información? Si algo nos dejó esta gran película además de una banda sonora excepcional, es el resultado inesperado de una relación de extrema tensión: dos criminales enemistados a muerte, un tesoro, y la esencial necesidad de cooperar para alcanzar un resultado en común.

Algo parecido ocurre con el capitalismo y el marxismo. Retrocedamos en el tiempo unos ciento cincuenta años: todos los teóricos, desde Marx y Weber hasta Lenin y Mill, estaban de acuerdo en un punto: el capitalismo y las masas eran irreconciliables. Algo ocurrió durante el siglo XX que logró consolidar el Estado democrático como modelo de cohesión entre las masas y el capitalismo. Claus Offe escribió una tesis brillante sobre las posibles razones de esta transformación y no es mi intención desarrollar ese tema. Lo que me gustaría rescatar de la metáfora del bueno, el malo y el feo es una reflexión sobre la eterna enemistad entre lo público y lo privado, el capital y los bienes comunes.

El pacto

Hace varias décadas que se instauró la pelea entre lo público y lo privado. Según la ideología que se aplique se estigmatiza lo uno o lo otro. Es importante recordar que tanto lo público como lo privado forman parte de un paradigma de distribución del poder donde la sociedad es un simple instrumento. La política partidaria y las corporaciones son dos escenarios donde se disputan los mismos intereses. Sin embargo, hay una tendencia generalizada a identificar la sociedad con lo público. Pienso que en este punto el Estado es considerablemente más hipócrita que las corporaciones capitalistas, que tienen un objetivo y ciertas reglas bien claras. La diferencia importante entre el Estado y las corporaciones es que el primero tiene las herramientas para modificar, en mayor o menor medida, las relaciones sociales en su totalidad, mientras que los segundos se dedican a sostener una economía de capitales a gran escala utilizando a la sociedad como medio.

La realidad de todos los días es que las personas necesitamos realizar actividades que nos ayuden a subsistir (y no quiero decir trabajar, porque existen miles de actividades que no son socialmente consideradas trabajo), y lo que ocurre en la superestructura político-económica importa poco a la hora de conseguir lo necesario para comer, dormir y vestirse. Sin embargo, al desarrollar estas actividades cotidianas nos encontramos dentro del paradigma capitalista y somos afectados de distintas formas por la guerra implícita que mantiene el equilibrio del poder económico. Desde el Estado, el gobierno de turno va a tratar de convencernos mediante la demagogia (utilizando todos los recursos existentes relacionados con la democracia) que debemos apoyar su proyecto político, mientras que las corporaciones van a utilizar otras herramientas como la publicidad, la tecnología o el financiamiento para conseguir nuestro compromiso. De esta forma, el bueno y el feo, cada cual con su parte del secreto, consolidan un pacto tácito y necesario para conseguir el tesoro tan deseado: el compromiso de la sociedad.

El malo

Por otro lado está lo común. Lo común se refiere a toda actividad, herramienta o medio que surge como resultado de las relaciones humanas y son funcionales a un objetivo compartido. Puede ser un teatro para una compañía de actores, una biblioteca para los estudiantes, maquinaria para los obreros, un blog para periodistas. Hay infinitos ejemplos de lo común, todos relacionados con la cultura entendida como el resultado total de las relaciones sociales.

Para el Estado y las corporaciones, lo común representa al malo. Para el bueno y el feo el carácter conflictivo de las relaciones humanas, un inconveniente con el que tenemos que lidiar todos los días, es un símbolo del caos. Este símbolo no es una mera especulación sino que, al contrario, es una realidad ineludible que deja en evidencia la complejidad de las relaciones humanas, y lo peligroso que puede resultar perder el control de este inevitable caos. Lo contrario de caos es orden, y el orden es algo que todas las grandes estructuras de poder trataron de instaurar a lo largo de la historia como la condición fundamental para que la organización de la sociedad funcione. Creo que esta es tal vez la falacia más grande de la historia de la humanidad, y está tan metida en nuestra conciencia que no podemos concebir una forma de vida diferente al orden del Estado, que hoy está protagonizado por el orden democrático.

Sólo para ejemplificar un modelo de relaciones sociales distinto al del paradigma capitalista, en la época de los señores feudales los campesinos tenían garantizada una porción de tierra que podían trabajar para mantener a su familia y pagar los tributos correspondientes al señor feudal. También tenían lo que se llamaba tierras comunales, una región compartida desde donde todos los campesinos extraían los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la aldea (por ejemplo, la madera), además de usarlas como tierra de pastoreo para el ganado. El capitalismo en sus fases más primitivas logró transformar esta organización de aldea hasta hacer desaparecer estas tierras comunales.

Más allá del orden establecido, no podemos negar que compartimos cosas, que tenemos intereses y objetivos comunes, que somos seres conflictivos y que más o menos aleatoriamente cambiamos de opinión cuando se nos da la gana. Esto implica que cualquier clase de organización social no burocrática (en el sentido que hoy entendemos burocracia) es un organismo vivo, que puede aparecer, cambiar o destruirse en cualquier momento, y nadie que ostente garantizar el orden puede manejar este nivel de incertidumbre, sobre todo cuando las herramientas de administración tienen un profundo enfoque lógico y racional como en el caso del Estado y las corporaciones.

El tesoro

El tesoro es el compromiso de la sociedad. Quien gane el favor de la mayoría de las personas tendrá el predominio en un campo determinado. En este punto me gustaría hacer una distinción importante entre corporación y empresa. Otro error recurrente es el de utilizar corporación como sinónimo de empresa o institución comercial. La RAE considera dos acepciones de la palabra corporación:

1) f. Asociación u organismo oficial, generalmente público pero independiente de la administración estatal, con fines de utilidad pública: las cámaras de comercio o los ayuntamientos son corporaciones
2) Asociación que agrupa personas que desempeñan la misma actividad o profesión: solo pertenecía a la corporación del colegio de médicos.

Por otra parte, una empresa se dedica a actividades exclusivamente lucrativas. Hay dos acepciones que nos interesan:

1) f. Entidad integrada por el capital y el trabajo, como factores de la producción, y dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos: una empresa vitivinícola
2) Conjunto de estas entidades: la empresa del libro.

Como se observa, una empresa es una corporación, pero sus significados no son intercambiables. Cuando me refiero a corporaciones lo hago en el sentido general, ya que todas buscan el tesoro al igual que el Estado. En el paradigma capitalista las corporaciones son mucho más que mero capital económico, se trata de valores y beneficios. En general se entiende valor como un instrumento financiero, y beneficio como el resultado positivo de ese valor. En una interpretación más amplia podría decirse que valor es todo elemento material o no que permita generar un beneficio, es decir, un balance positivo, dentro de un ámbito de competencia. Por ejemplo, en el caso de un sindicato, valor podría ser la cantidad de miembros, porque mayor cantidad de afiliados representa más poder político y económico. En las actividades agropecuarias valor es la tierra y la calidad de la tierra: cuanto más extensión y mejor calidad mayor cosecha.

Existen dos aspectos importantes que aparecen cuando desvinculamos la idea de corporación de la de empresa. En primer lugar, no toda organización que se dedique a actividades lucrativas busca conquistar el tesoro, y en este contexto el caso de las cooperativas es muy ilustrativo. El lucro no necesariamente deshumaniza a la sociedad, e incluso podría fomentar lo contrario. En segundo lugar, no todo lo que brilla es oro: instituciones que a menudo se jactan de generar un beneficio para la sociedad en la práctica son ávidas buscadoras del tesoro. Un caso que ya mencioné en reiteradas ocasiones es el de los partidos políticos.

Un final esperado

A esta altura ya se podrán imaginar cómo termina la película. El bueno y el feo se dieron cuenta que necesitaban colaborar para encontrar el tesoro, y si bien se introducen en un juego de poder con engaños y traiciones de por medio, ambos llegan al tesoro y con la mayor tensión se reparten el botín. Al malo lo asesinan. Esta escena dibuja nuestra realidad. Mientras el Estado en el rol del bueno y las corporaciones en el rol del feo se reparten el favor de la sociedad, las relaciones humanas que forjamos con esfuerzo día a día son ofuscadas y se deterioran como consecuencia de las diferencias impuestas por estos actores malvados.

La única forma de cambiar el final de esta historia es la reflexión sobre nuestra propia ideología, forjar una identidad libre, independiente y autónoma que logre criticar con la misma rigurosidad un discurso político y el accionar de una institución, las medidas del gobierno y las consecuencias de las operaciones de una empresa. Es un trabajo constante y laborioso que requiere la reconstrucción de valores humanos (cualesquiera que sean) y una revisión de la lógica con la que abordamos los problemas de la vida cotidiana.-