martes, 21 de mayo de 2013

La oscuridad de la información

“Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?”
La República, VII
Platón

En el mito de la caverna, Platón explica la dificultad que implica alcanzar el conocimiento verdadero acerca del mundo que nos rodea. Se necesita a alguien que oficie de guía hacia ese conocimiento a través de un camino que paulatinamente ilumine nuestro entendimiento, y finalmente nos permita descubrir la verdad. Esta idea, desarrollada en el marco de La República, representa la concepción platónica de una educación integral que fomente el buen vivir dentro del Estado. Hoy, muchos siglos después, nos encontramos en la era de la información: una época donde el acceso a la información se ha masificado, donde la oscuridad absoluta de la caverna se transformó en un  permanente destello enceguecedor. No obstante, el paso de la oscuridad de la caverna a la luz de la información masiva tiene características particulares que ameritan una interpretación nueva, actual, de una alegoría que aún hoy sigue vigente.

Para realizar un acercamiento a los inconvenientes que presenta el mundo de la información, es necesario comprender cuáles son los mecanismos que utilizamos para asimilar nuevo conocimiento. Según Platón, todo lo que conocemos se reduce a lo que recordamos, y todo nuevo conocimiento adquirido en el mundo sensible es dirigido por un recuerdo evocado desde el alma inmortal, que conserva el conocimiento entre vidas. Las corrientes del conocimiento que surgieron a lo largo del siglo XX tienen una consonancia sorprendente con esta teoría platónica de la reminiscencia. Tomemos como ejemplo el aprendizaje significativo de Ausubel: podemos asimilar nuevo conocimiento en la medida que este se logre articular con nuestra base cognitiva, es decir, cuando los signos, símbolos, conceptos o proposiciones que contiene el nuevo conocimiento se pueden contrastar contra nuestra propia experiencia cognitiva. Dentro de este marco, la oscuridad de la caverna demuestra la falta de registro consciente de esa base cognitiva, lo que resulta en un aprendizaje más o menos arbitrario, no dirigido, insustancial, lo que Platón llamaría conocimiento sofista. Este escenario dramático saca a la luz un dilema importante: ¿deben aquellos que tienen sus ojos acostumbrados a la luz tratar de desatar a aquellos que continúan su vida prisioneros en la profundidad de la caverna?. Platón va a sostener que los hombres de la caverna no querrán, bajo ninguna circunstancia, seguir los pasos de quien vio la luz. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en el contexto de La República platónica, este ser que vio la luz representa al ideal de gobernante. En un contexto más amplio como es una sociedad, el dilema se vuelve más complejo ya que, en menor o mayor medida, las relaciones dentro de la comunidad dependen de cada individuo particular.

La era de la información masiva transformó el dilema de los hombres de la caverna. Para ilustrarlo podemos partir de dos momentos históricos: por un lado, la última década del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuando las potencias se disputaban la hegemonía tecnológica, impulsada por la guerra y la búsqueda de la dominación de los mercados. En esta etapa la tecnología era un atributo casi exclusivo del Estado, la industria y las universidades. Por otro lado, en la segunda mitad del siglo XX, la tecnología llegó a los hogares. Esta segunda etapa fue la que inició un éxodo desde la oscuridad de la caverna hacia el caos de la información masiva. Desde entonces, el acceso a la información se expandió a una velocidad tal, que cincuenta años después no concebimos el mundo sin acceso a la información mediante la televisión, la radio, internet, o cualquiera de los medios masivos. Hoy confiamos en que la información estará disponible en el momento que necesitemos consultarla.

Este nuevo paradigma plantea un giro en el dilema del conocimiento: ¿deben aquellos cuyos ojos están acostumbrados a la luz pedirle a estos nuevos prisioneros encandilados que observen el lago, que traten de contemplar el reflejo níveo de la luna y las estrellas en la noche?. En un principio podríamos aventurarnos a una respuesta positiva, ya que aparentemente es un campo más fértil que el de los prisioneros de la oscuridad que sólo vislumbraban la sombra del conocimiento. Sin embargo, en este caso el conocimiento está desordenado, es frágil como una hoja seca, no consta de un cimiento fuerte que surja de una convicción, de una creencia firme sobre la realidad. El desafío es aún mayor: mientras que con los hombres de la oscuridad el reto era lograr adaptar su experiencia previa al conocimiento verdadero, en los prisioneros de la luz el desafío es construir y ordenar esa experiencia, para que sean capaces de asimilar el conocimiento. ¿Y quién es la persona indicada para ordenar esa experiencia?. Platón postularía al filósofo, una figura que entiende cuál es el camino hacia el bien en sí, cuya existencia está destinada a alcanzar ese conocimiento verdadero a través del logos. La cosmología griega del período platónico expresaba un orden absoluto, representaba una jerarquía que abarcaba toda la naturaleza, y el hombre como parte de ella. El filósofo perseguía lo más elevado de esta cosmología: un hombre dedicado a cultivar todo lo bueno, todo lo bello, el prisionero de la caverna que llega a ver el sol y a alcanzar la verdad. ¿Cómo es el filósofo o el sabio de la era de la información?

La idea del bien como el objeto más adecuado para el alma y causa de la realidad, perfección y verdad de las cosas, debe ser interpretada dentro del nuevo paradigma de la información. Los valores antiguos, heredados principalmente por la ética cristiana, fueron transmutados durante el proceso de secularización que comenzó hace poco más de dos siglos con la caída del feudalismo. Sin entrar en un análisis de la ética, podemos mencionar que los valores vigentes son distintos a los griegos o a los cristianos, aunque fuertemente influenciados por ellos. En consecuencia, la idea del bien ya no es absoluta, ya no podemos hablar de una idea del bien, sino de una idea del bien relativa a factores más amplios, y resulta difícil caracterizar al filósofo en relación a una verdad absoluta. Tal vez es pertinente rescatar la idea socrática del daimon interior, una entidad independiente del individuo pero que lo afecta desde dentro, lo que permite poner en contacto lo individual con la divinidad. Esta apreciación nos brinda un nuevo universo de la idea del bien, ya que es el daimon el que nos guía hacia el bien en sí. Por lo tanto, el filósofo de la luz debe reconocer y desarrollar su daimon, lo que podríamos identificar como esa base cognitiva, esa experiencia caótica que debe ser ordenada. Cuanto más cerca esté el filósofo de su daimon, tanto más verdadero será el conocimiento que asimile.-