Cada vez que voy de compras a un supermercado chino del barrio, intento ser amable con los dueños. No es una amabilidad totalmente inocente, debo admitir que hay cierta curiosidad que me impulsa a tratar de entender cuáles son los patrones chinos de conversación. Me gustaría compartir algunas observaciones.
En un principio, me acerqué a la caja y traté de ser condescendiente como lo sería con cualquier cajero de supermercado local. Luego de varios intentos el resultado fue contundente: chino no lesponde condescendencia. Sin embargo, hay distintas formas de responder o no responder, y el chino amenaza cualquier intento de observación al respecto ya que actúa caprichosamente, como ignorando que existo.
Mi primera conclusión fue lo evidente: diferencias lingüísticas y culturales respecto a la forma de saludar. No obstante, justo después de esa reflexión apresurada, entraron al supermercado dos hombres de mediana edad, dominicanos, que saludaron al chino con un español casi incomprensible para mí, y el chino los trató como si fuesen amigos de toda la vida, claramente ignorando lo que habían dicho, e ignorándome a mí que estaba esperando para pagar. Me sentí frustrado, ignorado, y maltratado como cliente. Esa sensación emergente de rencor que asomaba tímida contra el chino me hizo decirle, con una voz claramente irritada: - ¡Mirá la hora que es y todavía abierto, vos! Esa explosividad no tuvo sentido, fue una mera expresión de resignación y no esperaba que respondiese, sin embargo el chino se dio vuelta con una sonrisa ridículamente pronunciada y me gritó: ¡Muchio tlabajo!
Segunda conclusión: hay que llamarle la atención para que responda. Tal vez pronunciar claro, elevar levemente el tono de voz, hablarle sobre algo que le incumba. Sería más fácil verificar esta conclusión si hubiese entendido lo que dijeron los dominicanos, pero como eso no ocurrió tendré que aventurarme a hilar algunos fundamentos que elaboré empíricamente en posteriores intentos de comunicación con el chino. Una vez le hablé sobre las heladeras:
- ¡Hay un par de lácteos vencidos, te aviso por las dudas!, exclamé con la mejor cara que pude ofrecer.
- ¡Qué vencido, todo flesco!, ¡mostrame qué vencido!, me respondió bastante colérico.
Lo llevé hasta las heladeras y le mostré los lácteos vencidos. Esa fue la primera actividad que hice con el chino. En otra ocasión le pregunté si tenía arroz con leche: obtuve otra respuesta positiva al impulso, aunque no conseguí el arroz con leche que quería. La segunda conclusión comenzaba a cuadrar, cuando noté algo más que curioso. Su interés por responder a las preguntas que le hacía estaba supeditado a otras actividades de mayor prioridad. Por ejemplo, noté que es inútil preguntarle algo cuando está reparando la caja registradora, porque no sólo que no responderá, sino que me va a ignorar categóricamente, destacando con su actitud que la caja registradora es claramente más importante que yo. Este descubrimiento hizo que tambaleara la segunda conclusión, primero porque no puedo estar seguro que me ignorara por una cuestión de prioridades, y en segundo lugar porque si así fuera yo no paso el suficiente tiempo en el lugar como para comprobar la relación de prioridades.
Nuevamente estaba donde empecé. A veces me saludaba, a veces no. A veces me respondía, a veces no. A veces estaba particularmente conversador, a veces no. Entonces por casualidad, al pedirle que me diera dos sobres de queso rallado que sólo puede alcanzar él, me percaté de que miraba con cuidadosa atención los monitores de las cámaras de seguridad. Así, como una epifanía, surgió la tercera conclusión: las respuestas del chino dependen de lo alerta que esté por la seguridad de su negocio. Esta hipótesis comenzó a cobrar sentido cuando sumé el contexto que se cocina fuera del supermercado: una escuela secundaria con cientos de adolescentes en plena pubertad, turistas que pasan por el lugar una vez en su vida, obreros de toda clase que salen del trabajo y buscan refrescarse con cerveza y vino en cartón. Todos estos factores, más o menos aleatorios, convierten al chino en un objetivo sencillo de engañar.
Hoy por hoy sigo sosteniendo esta tercera hipótesis. El problema que tiene es similar al de la segunda: no paso el tiempo suficiente adentro del supermercado para observar cómo aumenta o baja la tensión del chino durante el transcurso del día. Tendré que esperar un día feriado que tenga muchas ganas de conseguir, digamos, almendras, para ir a comprar un paquete cada hora y media.-
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