“Y
si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y
trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía
percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que
se le muestran?”
La República, VII
Platón
En
el mito de la caverna, Platón explica la dificultad que implica
alcanzar el conocimiento verdadero acerca del mundo que nos rodea. Se
necesita a alguien que oficie de guía hacia ese
conocimiento a través de un camino que paulatinamente ilumine nuestro
entendimiento, y finalmente nos permita descubrir la verdad. Esta idea,
desarrollada en el marco de La República, representa la concepción
platónica de una educación integral que fomente el buen vivir dentro del
Estado. Hoy, muchos siglos después, nos encontramos en la era de la
información: una época donde el acceso a la información se ha
masificado, donde la oscuridad absoluta de la caverna se transformó en
un permanente destello enceguecedor. No obstante, el paso de la
oscuridad de la caverna a la luz de la información masiva tiene
características particulares que ameritan una interpretación nueva,
actual, de una alegoría que aún hoy sigue vigente.
Para realizar un acercamiento a los inconvenientes que presenta el
mundo de la información, es necesario comprender cuáles son los
mecanismos que utilizamos para asimilar nuevo conocimiento. Según
Platón, todo lo que conocemos se reduce a lo que recordamos, y todo
nuevo conocimiento adquirido en el mundo sensible es dirigido por un
recuerdo evocado desde el alma inmortal, que conserva el conocimiento entre vidas. Las corrientes del conocimiento
que surgieron a lo largo del siglo XX tienen una consonancia
sorprendente con esta teoría platónica de la reminiscencia. Tomemos como
ejemplo el aprendizaje significativo de Ausubel: podemos asimilar nuevo
conocimiento en la medida que este se logre articular con nuestra base
cognitiva, es decir, cuando los signos, símbolos, conceptos o
proposiciones que contiene el nuevo conocimiento se pueden contrastar
contra nuestra propia experiencia cognitiva. Dentro de este marco, la
oscuridad de la caverna demuestra la falta de registro consciente de esa
base cognitiva, lo que resulta en un aprendizaje más o menos
arbitrario, no dirigido, insustancial, lo que Platón llamaría
conocimiento sofista. Este escenario dramático saca a la luz un dilema
importante: ¿deben aquellos que tienen sus ojos acostumbrados a la luz
tratar de desatar a aquellos que continúan su vida prisioneros en la
profundidad de la caverna?. Platón va a sostener que los hombres de la
caverna no querrán, bajo ninguna circunstancia, seguir los pasos de
quien vio la luz. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en el
contexto de La República platónica, este ser que vio la luz representa
al ideal de gobernante. En un contexto más amplio como es una sociedad,
el dilema se vuelve más complejo ya que, en menor o mayor medida, las
relaciones dentro de la comunidad dependen de cada individuo particular.
La
era de la información masiva transformó el dilema de los hombres de la
caverna. Para ilustrarlo podemos partir de dos momentos históricos: por
un lado, la última década del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX,
cuando las potencias se disputaban la hegemonía tecnológica, impulsada
por la guerra y la búsqueda de la dominación de los mercados. En esta
etapa la tecnología era un atributo casi exclusivo del Estado, la
industria y las universidades. Por otro lado, en la segunda mitad del
siglo XX, la tecnología llegó a los hogares. Esta segunda etapa fue la
que inició un éxodo desde la oscuridad de la caverna hacia el caos de la
información masiva. Desde entonces, el acceso a la información se
expandió a una velocidad tal, que cincuenta años después no concebimos
el mundo sin acceso a la información mediante la televisión, la radio,
internet, o cualquiera de los medios masivos. Hoy confiamos en que la
información estará disponible en el momento que necesitemos consultarla.
Este
nuevo paradigma plantea un giro en el dilema del conocimiento: ¿deben
aquellos cuyos ojos están acostumbrados a la luz pedirle a estos nuevos
prisioneros encandilados que observen el lago, que traten de contemplar
el reflejo níveo de la luna y las estrellas en la noche?. En un
principio podríamos aventurarnos a una respuesta positiva, ya que
aparentemente es un campo más fértil que el de los prisioneros de la
oscuridad que sólo vislumbraban la sombra del conocimiento. Sin embargo,
en este caso el conocimiento está desordenado, es frágil como una hoja
seca, no consta de un cimiento fuerte que surja de una convicción, de
una creencia firme sobre la realidad. El desafío es aún mayor: mientras
que con los hombres de la oscuridad el reto era lograr adaptar su
experiencia previa al conocimiento verdadero, en los prisioneros de la
luz el desafío es construir y ordenar esa experiencia, para que sean
capaces de asimilar el conocimiento. ¿Y quién es la persona indicada
para ordenar esa experiencia?. Platón postularía al filósofo, una figura
que entiende cuál es el camino hacia el bien en sí, cuya existencia
está destinada a alcanzar ese conocimiento verdadero a través del logos. La
cosmología griega del período platónico expresaba un orden absoluto,
representaba una jerarquía que abarcaba toda la naturaleza, y el hombre como parte de ella. El filósofo perseguía lo más elevado de esta
cosmología: un hombre dedicado a cultivar todo lo bueno, todo lo bello,
el prisionero de la caverna que llega a ver el sol y a alcanzar la
verdad. ¿Cómo es el filósofo o el sabio de la era de la información?
La
idea del bien como el objeto más adecuado para el alma y causa de la
realidad, perfección y verdad de las cosas, debe ser interpretada dentro
del nuevo paradigma de la información. Los valores antiguos, heredados
principalmente por la ética cristiana, fueron transmutados durante el
proceso de secularización que comenzó hace poco más de dos siglos con la
caída del feudalismo. Sin entrar en un análisis de la ética, podemos
mencionar que los valores vigentes son distintos a los griegos o a
los cristianos, aunque fuertemente influenciados por ellos. En
consecuencia, la idea del bien ya no es absoluta, ya no podemos hablar
de una idea del bien, sino de una idea del bien relativa a factores más
amplios, y resulta difícil caracterizar al filósofo en relación a una
verdad absoluta. Tal vez es pertinente rescatar la idea socrática del daimon interior,
una entidad independiente del individuo pero que lo afecta desde
dentro, lo que permite poner en contacto lo individual con la divinidad.
Esta apreciación nos brinda un nuevo universo de la idea del bien, ya
que es el daimon el que nos guía hacia el bien en sí. Por lo tanto,
el filósofo de la luz debe reconocer y desarrollar su daimon, lo que
podríamos identificar como esa base cognitiva, esa experiencia caótica
que debe ser ordenada. Cuanto más cerca esté el filósofo de su daimon,
tanto más verdadero será el conocimiento que asimile.-
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