sábado, 11 de mayo de 2013

Las modas de la razón

"Tenés razón", "suena razonable", "se comportó irracionalmente", "me da razones para pensar así". Todas son frases cotidianas que apelan a la razón como un valor que parece ser natural en la gente. Y parece mal, porque aunque resulte sorprendente, la razón es un valor social relativamente nuevo, sobre todo como lo entendemos nosotros. Comenzó a nacer a la luz de la Iluminación, en el siglo XVII, y se consolidó en el siglo XIX con la aparición de una clase media con valores muy parecidos a los que conocemos hoy. En nuestra vida cotidiana usamos la razón como unidad de medida de muchas cosas: la inteligencia, la ciencia, las relaciones humanas, e incluso las emociones, entre otras. El Principito notó este problema hablando con el hombre de negocios:

- Buen día – dijo el principito. – Su cigarrillo está apagado.
- Tres y dos son cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. Buenos días. Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de volver a encenderlo. Veintiséis y cinco treinta y uno. Uf! Eso da entonces quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
- Quinientos millones de qué ?
[...]
- Millones de esas pequeñas cosas que se ven a veces en el cielo.
- Moscas ?
[...]
- Pero no. De esas pequeñas cosas doradas que hacen soñar a los holgazanes. Pero yo soy una persona seria ! No tengo tiempo para ensoñaciones.
- Ah! estrellas ?
- Sí, eso. Estrellas.
- Y qué haces con quinientos millones de estrellas ?
[...]
- Nada. Las poseo.
- Posees las estrellas ?
- Sí.
[...]
- Y para qué te sirve poseer las estrellas ?
- Me sirve para ser rico.
- Y para qué te sirve ser rico ?
- Para comprar más estrellas, si alguien encuentra.
Éste, se dijo el principito, razona un poco como mi borracho.

La razón a veces se aleja TANTO del sentido común, que parece un niño en pleno proceso de aprendizaje: tan inocente, tan confundida que produce ternura. Ideas como el control racional de las emociones o la racionalización de la fe resultan tan frescas que dan cosquillas. Demosle a la razón su lugar. Aceptemos que no es un valor universal. Asumamos que no todo se puede explicar, que hay eventos fortuitos y aleatorios, que la vida cotidiana es un proceso de evolución hacia el futuro incierto. Colocar a la razón en el lugar correcto nos vuelve personas más reflexivas y auténticas. Auténticas porque somos más que razón: nos afectan deseos, emociones, pasiones, el clima, las ideas, lo que hacen otras personas.

¿Qué pasaría si consideraramos a la razón como un valor estético, como una moda?. Hace doscientos años era irracional contradecir el orden divino que designaba a un rey; hace ciento cincuenta años era irracional pensar en una clase obrera que accediera a la educación; hace cien años era irracional que las mujeres usaran polleras por arriba de los tobillos; hace cincuenta años era irracional pensar que el hombre vería suelo de marte. Hoy es irracional pensar que exista algo como la pureza de la raza. Es que razón y sentido común se confunden tan a menudo, que se excluye de la sociedad y se recluye a los irracionales del momento. Si vemos a la razón como una moda, el cambio y la multiplicidad son mucho más naturales. Podrían existir muchas razones, múltiples paradigmas de pensamiento y estructuras cognitivas. Así le abriríamos la puerta a nuestro olvidado amigo, el absurdo.

¿Por qué tenemos tan poco interiorizado el absurdo? Las personas hacemos cosas porque sí. Si bien podríamos intentar un análisis psicológico de cualquier acción, en definitiva son sólo especulaciones: la psicología real sólo afecta al sujeto. Así que entendamos el absurdo como esas cosas que hacemos y no podemos explicar. La clave del absurdo es que no se quiere explicar. El absurdo no es reflexivo, y aunque a veces tenga ciertos momentos de consciencia, estos lapsos son tan vagos como una picazón que nos rascamos involuntariamente. Y la razón está presente, pero sólo adopta el lugar del titiritero que mueve los hilos mientras el muñeco no tiene registro de su existencia.

Usemos la razón como herramienta, dejemos de medirnos por este valor. Transformemonos en seres completos, íntegros, dandole lugar a la multiplicidad de sensaciones e ideas que pululan por la vida.-

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