¿Qué es lo nacional? El nacionalismo tiene muchas vertientes políticas e ideológicas, y cuando aparece trata de representar el cemento de la cohesión social, es decir, se autoproclama el factor fundamental de la identidad social, y excluye a todos aquellos que no compartan sus características.
El nacionalismo es uno de los recursos demagógicos más difundidos ya que, con muy poco esfuerzo, se pueden convertir los símbolos y costumbres tradicionales de una sociedad en capital político, en el combustible de un movimiento. Ya aprendimos: la primera y segunda guerra mundial tuvieron su cimiento en la extensión de las ideas nacionalistas en Europa. La última gran expansión imperialista a fines del siglo XIX, al contrario del imperialismo capitalista de principios de siglo, fue en pos de crear la nación grande.
Una característica importante del nacionalismo es que cuando aparece se introduce rápidamente en todos los aspectos de la sociedad, como un pulpo gigante que atrapa a su presa mientras está distraída. La producción industrial e intelectual a menudo se alinean con ese proyecto nacional (tenemos los casos de Max Weber y Treitschke en la alemania del keiser, Robert Seeley y Rosebery en Gran Bretaña, entre otros). Cuando esto ocurre difícilmente se puede distinguir la política de la vida cotidiana, el discurso demagógico de las tradiciones, la ideología del sentido común. La sociedad queda atrapada en una red de naturalización que anula cualquier debate fuera de esa identidad ficticia, y a la vez sienta las bases para legitimar cualquier tipo de acción que efectúe el Estado.
Por otra parte, los grupos que quedan excluídos de este movimiento nacionalista tienen pocas opciones: o retirarse a la clandestinidad, o representar una fuerza de choque que necesariamente tiene que apelar a la violencia para penetrar en la superestructura nacionalista. Estos grupos excluídos son los traidores, es todo grupo o persona individual que no adhiera a esa identidad. En algunos casos la exclusión será sólo social, pero como ha ocurrido en reiteradas ocasiones durante el siglo XX también podría llegar a niveles políticos y económicos. En cualquier caso, el movimiento nacionalista se encargará de blindar y demarcar claramente cuáles son los límites entre compatriotas y traidores.
¿Es posible mantenerse al margen y no formar parte ni del proyecto nacionalista ni de los traidores? En la primera mitad del siglo XX la respuesta hubiera sido no, no es posible. La libertad de expresión no era algo de lo que se hablara (esta idea surgió en la posguerra con la declaración de los derechos humanos), y la persecución política era una práctica socialmente aceptada. Luego de la segunda guerra mundial, algo aprendimos. Hoy por hoy la persecución política sigue existiendo (aunque se movió a otras esferas, por ejemplo, los medios masivos de comunicación), sin embargo, la tecnología nos brinda un espacio de opinión y expresión como nunca antes existió. Es cierto que la persecución hace tiempo que también se movió a internet, pero a la vez las comunidades de la red se encargan de difundir y proteger esa libertad de expresión, como fueron los casos emblemáticos de Wikileaks y The Pirate Bay.
Las herramientas existen, ahora la pregunta se vuelve más compleja: ¿puede un grupo social elegir los márgenes del nacionalismo, sin convertirse en traidor?. Una persona cualquiera como yo no tiene muchos inconvenientes, porque el desacuerdo queda dentro de mi esfera privada. En cambio, un grupo organizado, con sus propias ideas y símbolos, representa una amenaza a esa identidad nacionalista. Y acá es donde pienso que no hay que olvidarse que muchos de esos símbolos y tradiciones con los que se constituye el nacionalismo, es parte de una cultura común: son parte de la vida cotidiana de un montón de gente que está atravesada por la misma historia.
Sin embargo, que haya una historia en común no significa que las tradiciones se compartan. Por poner un ejemplo, la provincia de Buenos Aires en Argentina y el resto del país, tienen orígenes, intereses y formas de vida bastante distintas, al menos para considerarlas tradiciones comunes. ¿Cómo generar cohesión sin caer en el proyecto nacionalista?. A mi entender, la respuesta es compartir cultura. Compartir cultura significa que entendemos que somos diferentes, que pensamos diferente, que sentimos diferente, no obstante queremos acercarnos para intercambiar nuestras experiencias, nuestras ideas, participar de proyectos en común.
Rescatar la tradición real, esa que se refiere a la vida cotidiana de nuestros padres, abuelos y de nuestra niñez, sea cual fuere el lugar de origen, nos abre la puerta a poder compartir nuestra cultura, a ser más auténticos y coherentes, a partir de una percepción que está en contacto con nuestros aspectos más profundos y que, si bien hay una tendencia generalizada a negar que estamos condicionados por el pasado, existen. Si logramos esto no necesitamos apelar a la violencia, al contrario, es una forma de incluir a todos aquellos que quieran participar, incluso si se trata de los mismos nacionalistas. Es una actitud que incluso apela a la conciencia de los nacionalistas, una forma de decir: vengan, no nos importa quienes son, estamos acá para conocernos.-
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