Yo ya no quiero trabajar. No señora, no me interesa que diga que soy un vago, que me la paso yirando por el barrio haciendo absolutamente nada. Usted me ve deambular como un borracho madrugado cuando voy a comprar el pan de ayer y piensa: ¡por qué no va a laburar!, y yo le repito que no quiero laburar más. ¿Sabe lo que pasa señora?, cuando yo me levantaba a comprar el diario todavía era de noche, y cuando yo salía corriendo para ser el primero de la fila en las entrevistas (siempre sin éxito) usted todavía estaba tomando mate en pijama. Si usted supiera la vergüenza que lo invade a uno cuando se cruza una y otra vez con la misma gente en las entrevistas, pero uno va igual, vio, porque necesita ganarse el pan.
Usted estará pensando por qué no busco otra cosa, que si alguien quiere trabajar encuentra algo. Hace cuarenta años que soy carpintero, mi viejo era carpintero, mi abuelo era carpintero, mi hermano (que en paz descanse) era carpintero... ¿usted cree que es fácil cambiar de oficio? Yo tuve mi taller y lo perdí en los 90s, ¿sabe por qué?, porque empezó la importación señora. En Brasil fabrican muebles por dos mangos y los traen a las grandes cadenas de supermercados que, para colmo, los venden carísimos. Pero la gente compra igual porque se ahorra plata y paga en cuotas, ¿entiende?. Fabricar muebles no es sencillo. Usted no sabe lo que es estar siempre atrasado con las cosas porque si agarro menos trabajo no llego a fin de mes. Al final uno labura catorce horas por día y nunca tiene nada, y si un día voy a tomar algo con amigos usted ya dice: "encima que no tiene plata se gasta lo que cobra en bares con los amigos". En fin, le digo que ir a entrevistas es humillante, usted no tuvo que pasar por eso señora. A uno lo tratan como un pendejo y le quieren pagar dos mangos la hora, lo mismo que cobra un peón. Yo con eso no compro ni los remedios, sirve si te mantienen tus viejos nomas.
Crea lo que quiera, pero los patrones de madereras son negreros como nadie y yo no pienso renunciar a mi dignidad por esa limosna. Y mientras tanto me arreglo como puedo, una changa por acá, otra colocación por allá y sí, sigo yendo a esas entrevistas inútiles. No le cuento lo que es el verano. En la época de vacaciones ni siquiera salen avisos en los diarios. Hace un par de años que tengo que andar vendiendo algunas máquinas que me quedaron del viejo taller para pasar la malaria del verano. Ahora cada vez que sale algún mueble de cocina tengo que ir a un taller a que me corten las placas de madera, así que para colmo me sale más caro. Y usted me sigue mirando mal cuando paso y la saludo con la ropa de trabajo agujereada y llena de aserrín.
Si no fuera por el departamento que me dejó mi viejo estaría en la calle. A penas puedo pagar los servicios básicos, imagínese. Y no, no tengo televisión y señal de cable como usted piensa: "no labura y tiene televisor plasma y señal de cable, este la pasa bien". ¡Minga!, tengo un subsidio del Estado que lo uso para pagar deudas de la casa, ¿usted cree que alguien me va a dar a mi una tarjeta de crédito para comprar en cuotas? ¡por favor! Ni siquiera me puedo permitir eso, ni siquiera puedo arreglar la humedad de mi habitación. Hace un tiempo alguien me dijo que podía sacar un crédito para comprar una máquina sólo con mi documento. Saqué un crédito de dos mil pesos y tuve que devolver cuatro mil, ¡el doble tuve que devolver! Para la gente que se rompe el lomo como yo no hay ayuda, señora. Uno tiene que volverse completamente pobre y vivir en una villa para que lo ayuden, sino nadie te da nada. El año pasado fui a pedir de esas cajas de comida para ahorrar un poco en el supermercado, y me pidieron que me afilie a no sé qué partido político para que el trámite salga rápido. Cuando uno pide ayuda se da cuenta que las puertas están más cerradas de lo que piensa, o hay que venderle el alma al diablo. Déjeme de joder, yo no quiero trabajar más.-
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