Yo ya no quiero trabajar. No señora, no me interesa que diga que soy un vago, que me la paso yirando por el barrio haciendo absolutamente nada. Usted me ve deambular como un borracho madrugado cuando voy a comprar el pan de ayer y piensa: ¡por qué no va a laburar!, y yo le repito que no quiero laburar más. ¿Sabe lo que pasa señora?, cuando yo me levantaba a comprar el diario todavía era de noche, y cuando yo salía corriendo para ser el primero de la fila en las entrevistas (siempre sin éxito) usted todavía estaba tomando mate en pijama. Si usted supiera la vergüenza que lo invade a uno cuando se cruza una y otra vez con la misma gente en las entrevistas, pero uno va igual, vio, porque necesita ganarse el pan.
Usted estará pensando por qué no busco otra cosa, que si alguien quiere trabajar encuentra algo. Hace cuarenta años que soy carpintero, mi viejo era carpintero, mi abuelo era carpintero, mi hermano (que en paz descanse) era carpintero... ¿usted cree que es fácil cambiar de oficio? Yo tuve mi taller y lo perdí en los 90s, ¿sabe por qué?, porque empezó la importación señora. En Brasil fabrican muebles por dos mangos y los traen a las grandes cadenas de supermercados que, para colmo, los venden carísimos. Pero la gente compra igual porque se ahorra plata y paga en cuotas, ¿entiende?. Fabricar muebles no es sencillo. Usted no sabe lo que es estar siempre atrasado con las cosas porque si agarro menos trabajo no llego a fin de mes. Al final uno labura catorce horas por día y nunca tiene nada, y si un día voy a tomar algo con amigos usted ya dice: "encima que no tiene plata se gasta lo que cobra en bares con los amigos". En fin, le digo que ir a entrevistas es humillante, usted no tuvo que pasar por eso señora. A uno lo tratan como un pendejo y le quieren pagar dos mangos la hora, lo mismo que cobra un peón. Yo con eso no compro ni los remedios, sirve si te mantienen tus viejos nomas.
Crea lo que quiera, pero los patrones de madereras son negreros como nadie y yo no pienso renunciar a mi dignidad por esa limosna. Y mientras tanto me arreglo como puedo, una changa por acá, otra colocación por allá y sí, sigo yendo a esas entrevistas inútiles. No le cuento lo que es el verano. En la época de vacaciones ni siquiera salen avisos en los diarios. Hace un par de años que tengo que andar vendiendo algunas máquinas que me quedaron del viejo taller para pasar la malaria del verano. Ahora cada vez que sale algún mueble de cocina tengo que ir a un taller a que me corten las placas de madera, así que para colmo me sale más caro. Y usted me sigue mirando mal cuando paso y la saludo con la ropa de trabajo agujereada y llena de aserrín.
Si no fuera por el departamento que me dejó mi viejo estaría en la calle. A penas puedo pagar los servicios básicos, imagínese. Y no, no tengo televisión y señal de cable como usted piensa: "no labura y tiene televisor plasma y señal de cable, este la pasa bien". ¡Minga!, tengo un subsidio del Estado que lo uso para pagar deudas de la casa, ¿usted cree que alguien me va a dar a mi una tarjeta de crédito para comprar en cuotas? ¡por favor! Ni siquiera me puedo permitir eso, ni siquiera puedo arreglar la humedad de mi habitación. Hace un tiempo alguien me dijo que podía sacar un crédito para comprar una máquina sólo con mi documento. Saqué un crédito de dos mil pesos y tuve que devolver cuatro mil, ¡el doble tuve que devolver! Para la gente que se rompe el lomo como yo no hay ayuda, señora. Uno tiene que volverse completamente pobre y vivir en una villa para que lo ayuden, sino nadie te da nada. El año pasado fui a pedir de esas cajas de comida para ahorrar un poco en el supermercado, y me pidieron que me afilie a no sé qué partido político para que el trámite salga rápido. Cuando uno pide ayuda se da cuenta que las puertas están más cerradas de lo que piensa, o hay que venderle el alma al diablo. Déjeme de joder, yo no quiero trabajar más.-
sábado, 13 de julio de 2013
sábado, 6 de julio de 2013
El bueno, el malo y el feo
¿Qué pasa cuando dos criminales conocen la mitad de un secreto que los podría guiar hasta un magnífico tesoro? ¿Acaso no lucharían hasta que uno de los dos lograra dominar al otro para sacarle la información? Si algo nos dejó esta gran película además de una banda sonora excepcional, es el resultado inesperado de una relación de extrema tensión: dos criminales enemistados a muerte, un tesoro, y la esencial necesidad de cooperar para alcanzar un resultado en común.
Algo parecido ocurre con el capitalismo y el marxismo. Retrocedamos en el tiempo unos ciento cincuenta años: todos los teóricos, desde Marx y Weber hasta Lenin y Mill, estaban de acuerdo en un punto: el capitalismo y las masas eran irreconciliables. Algo ocurrió durante el siglo XX que logró consolidar el Estado democrático como modelo de cohesión entre las masas y el capitalismo. Claus Offe escribió una tesis brillante sobre las posibles razones de esta transformación y no es mi intención desarrollar ese tema. Lo que me gustaría rescatar de la metáfora del bueno, el malo y el feo es una reflexión sobre la eterna enemistad entre lo público y lo privado, el capital y los bienes comunes.
La realidad de todos los días es que las personas necesitamos realizar actividades que nos ayuden a subsistir (y no quiero decir trabajar, porque existen miles de actividades que no son socialmente consideradas trabajo), y lo que ocurre en la superestructura político-económica importa poco a la hora de conseguir lo necesario para comer, dormir y vestirse. Sin embargo, al desarrollar estas actividades cotidianas nos encontramos dentro del paradigma capitalista y somos afectados de distintas formas por la guerra implícita que mantiene el equilibrio del poder económico. Desde el Estado, el gobierno de turno va a tratar de convencernos mediante la demagogia (utilizando todos los recursos existentes relacionados con la democracia) que debemos apoyar su proyecto político, mientras que las corporaciones van a utilizar otras herramientas como la publicidad, la tecnología o el financiamiento para conseguir nuestro compromiso. De esta forma, el bueno y el feo, cada cual con su parte del secreto, consolidan un pacto tácito y necesario para conseguir el tesoro tan deseado: el compromiso de la sociedad.
Para el Estado y las corporaciones, lo común representa al malo. Para el bueno y el feo el carácter conflictivo de las relaciones humanas, un inconveniente con el que tenemos que lidiar todos los días, es un símbolo del caos. Este símbolo no es una mera especulación sino que, al contrario, es una realidad ineludible que deja en evidencia la complejidad de las relaciones humanas, y lo peligroso que puede resultar perder el control de este inevitable caos. Lo contrario de caos es orden, y el orden es algo que todas las grandes estructuras de poder trataron de instaurar a lo largo de la historia como la condición fundamental para que la organización de la sociedad funcione. Creo que esta es tal vez la falacia más grande de la historia de la humanidad, y está tan metida en nuestra conciencia que no podemos concebir una forma de vida diferente al orden del Estado, que hoy está protagonizado por el orden democrático.
Sólo para ejemplificar un modelo de relaciones sociales distinto al del paradigma capitalista, en la época de los señores feudales los campesinos tenían garantizada una porción de tierra que podían trabajar para mantener a su familia y pagar los tributos correspondientes al señor feudal. También tenían lo que se llamaba tierras comunales, una región compartida desde donde todos los campesinos extraían los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la aldea (por ejemplo, la madera), además de usarlas como tierra de pastoreo para el ganado. El capitalismo en sus fases más primitivas logró transformar esta organización de aldea hasta hacer desaparecer estas tierras comunales.
Más allá del orden establecido, no podemos negar que compartimos cosas, que tenemos intereses y objetivos comunes, que somos seres conflictivos y que más o menos aleatoriamente cambiamos de opinión cuando se nos da la gana. Esto implica que cualquier clase de organización social no burocrática (en el sentido que hoy entendemos burocracia) es un organismo vivo, que puede aparecer, cambiar o destruirse en cualquier momento, y nadie que ostente garantizar el orden puede manejar este nivel de incertidumbre, sobre todo cuando las herramientas de administración tienen un profundo enfoque lógico y racional como en el caso del Estado y las corporaciones.
Por otra parte, una empresa se dedica a actividades exclusivamente lucrativas. Hay dos acepciones que nos interesan:
Como se observa, una empresa es una corporación, pero sus significados no son intercambiables. Cuando me refiero a corporaciones lo hago en el sentido general, ya que todas buscan el tesoro al igual que el Estado. En el paradigma capitalista las corporaciones son mucho más que mero capital económico, se trata de valores y beneficios. En general se entiende valor como un instrumento financiero, y beneficio como el resultado positivo de ese valor. En una interpretación más amplia podría decirse que valor es todo elemento material o no que permita generar un beneficio, es decir, un balance positivo, dentro de un ámbito de competencia. Por ejemplo, en el caso de un sindicato, valor podría ser la cantidad de miembros, porque mayor cantidad de afiliados representa más poder político y económico. En las actividades agropecuarias valor es la tierra y la calidad de la tierra: cuanto más extensión y mejor calidad mayor cosecha.
Existen dos aspectos importantes que aparecen cuando desvinculamos la idea de corporación de la de empresa. En primer lugar, no toda organización que se dedique a actividades lucrativas busca conquistar el tesoro, y en este contexto el caso de las cooperativas es muy ilustrativo. El lucro no necesariamente deshumaniza a la sociedad, e incluso podría fomentar lo contrario. En segundo lugar, no todo lo que brilla es oro: instituciones que a menudo se jactan de generar un beneficio para la sociedad en la práctica son ávidas buscadoras del tesoro. Un caso que ya mencioné en reiteradas ocasiones es el de los partidos políticos.
La única forma de cambiar el final de esta historia es la reflexión sobre nuestra propia ideología, forjar una identidad libre, independiente y autónoma que logre criticar con la misma rigurosidad un discurso político y el accionar de una institución, las medidas del gobierno y las consecuencias de las operaciones de una empresa. Es un trabajo constante y laborioso que requiere la reconstrucción de valores humanos (cualesquiera que sean) y una revisión de la lógica con la que abordamos los problemas de la vida cotidiana.-
Algo parecido ocurre con el capitalismo y el marxismo. Retrocedamos en el tiempo unos ciento cincuenta años: todos los teóricos, desde Marx y Weber hasta Lenin y Mill, estaban de acuerdo en un punto: el capitalismo y las masas eran irreconciliables. Algo ocurrió durante el siglo XX que logró consolidar el Estado democrático como modelo de cohesión entre las masas y el capitalismo. Claus Offe escribió una tesis brillante sobre las posibles razones de esta transformación y no es mi intención desarrollar ese tema. Lo que me gustaría rescatar de la metáfora del bueno, el malo y el feo es una reflexión sobre la eterna enemistad entre lo público y lo privado, el capital y los bienes comunes.
El pacto
Hace varias décadas que se instauró la pelea entre lo público y lo privado. Según la ideología que se aplique se estigmatiza lo uno o lo otro. Es importante recordar que tanto lo público como lo privado forman parte de un paradigma de distribución del poder donde la sociedad es un simple instrumento. La política partidaria y las corporaciones son dos escenarios donde se disputan los mismos intereses. Sin embargo, hay una tendencia generalizada a identificar la sociedad con lo público. Pienso que en este punto el Estado es considerablemente más hipócrita que las corporaciones capitalistas, que tienen un objetivo y ciertas reglas bien claras. La diferencia importante entre el Estado y las corporaciones es que el primero tiene las herramientas para modificar, en mayor o menor medida, las relaciones sociales en su totalidad, mientras que los segundos se dedican a sostener una economía de capitales a gran escala utilizando a la sociedad como medio.La realidad de todos los días es que las personas necesitamos realizar actividades que nos ayuden a subsistir (y no quiero decir trabajar, porque existen miles de actividades que no son socialmente consideradas trabajo), y lo que ocurre en la superestructura político-económica importa poco a la hora de conseguir lo necesario para comer, dormir y vestirse. Sin embargo, al desarrollar estas actividades cotidianas nos encontramos dentro del paradigma capitalista y somos afectados de distintas formas por la guerra implícita que mantiene el equilibrio del poder económico. Desde el Estado, el gobierno de turno va a tratar de convencernos mediante la demagogia (utilizando todos los recursos existentes relacionados con la democracia) que debemos apoyar su proyecto político, mientras que las corporaciones van a utilizar otras herramientas como la publicidad, la tecnología o el financiamiento para conseguir nuestro compromiso. De esta forma, el bueno y el feo, cada cual con su parte del secreto, consolidan un pacto tácito y necesario para conseguir el tesoro tan deseado: el compromiso de la sociedad.
El malo
Por otro lado está lo común. Lo común se refiere a toda actividad, herramienta o medio que surge como resultado de las relaciones humanas y son funcionales a un objetivo compartido. Puede ser un teatro para una compañía de actores, una biblioteca para los estudiantes, maquinaria para los obreros, un blog para periodistas. Hay infinitos ejemplos de lo común, todos relacionados con la cultura entendida como el resultado total de las relaciones sociales.Para el Estado y las corporaciones, lo común representa al malo. Para el bueno y el feo el carácter conflictivo de las relaciones humanas, un inconveniente con el que tenemos que lidiar todos los días, es un símbolo del caos. Este símbolo no es una mera especulación sino que, al contrario, es una realidad ineludible que deja en evidencia la complejidad de las relaciones humanas, y lo peligroso que puede resultar perder el control de este inevitable caos. Lo contrario de caos es orden, y el orden es algo que todas las grandes estructuras de poder trataron de instaurar a lo largo de la historia como la condición fundamental para que la organización de la sociedad funcione. Creo que esta es tal vez la falacia más grande de la historia de la humanidad, y está tan metida en nuestra conciencia que no podemos concebir una forma de vida diferente al orden del Estado, que hoy está protagonizado por el orden democrático.
Sólo para ejemplificar un modelo de relaciones sociales distinto al del paradigma capitalista, en la época de los señores feudales los campesinos tenían garantizada una porción de tierra que podían trabajar para mantener a su familia y pagar los tributos correspondientes al señor feudal. También tenían lo que se llamaba tierras comunales, una región compartida desde donde todos los campesinos extraían los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la aldea (por ejemplo, la madera), además de usarlas como tierra de pastoreo para el ganado. El capitalismo en sus fases más primitivas logró transformar esta organización de aldea hasta hacer desaparecer estas tierras comunales.
Más allá del orden establecido, no podemos negar que compartimos cosas, que tenemos intereses y objetivos comunes, que somos seres conflictivos y que más o menos aleatoriamente cambiamos de opinión cuando se nos da la gana. Esto implica que cualquier clase de organización social no burocrática (en el sentido que hoy entendemos burocracia) es un organismo vivo, que puede aparecer, cambiar o destruirse en cualquier momento, y nadie que ostente garantizar el orden puede manejar este nivel de incertidumbre, sobre todo cuando las herramientas de administración tienen un profundo enfoque lógico y racional como en el caso del Estado y las corporaciones.
El tesoro
El tesoro es el compromiso de la sociedad. Quien gane el favor de la mayoría de las personas tendrá el predominio en un campo determinado. En este punto me gustaría hacer una distinción importante entre corporación y empresa. Otro error recurrente es el de utilizar corporación como sinónimo de empresa o institución comercial. La RAE considera dos acepciones de la palabra corporación:1) f. Asociación u organismo oficial, generalmente público pero independiente de la administración estatal, con fines de utilidad pública: las cámaras de comercio o los ayuntamientos son corporaciones.
2) Asociación que agrupa personas que desempeñan la misma actividad o profesión: solo pertenecía a la corporación del colegio de médicos.
Por otra parte, una empresa se dedica a actividades exclusivamente lucrativas. Hay dos acepciones que nos interesan:
1) f. Entidad integrada por el capital y el trabajo, como factores de la producción, y dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos: una empresa vitivinícola.
2) Conjunto de estas entidades: la empresa del libro.
Como se observa, una empresa es una corporación, pero sus significados no son intercambiables. Cuando me refiero a corporaciones lo hago en el sentido general, ya que todas buscan el tesoro al igual que el Estado. En el paradigma capitalista las corporaciones son mucho más que mero capital económico, se trata de valores y beneficios. En general se entiende valor como un instrumento financiero, y beneficio como el resultado positivo de ese valor. En una interpretación más amplia podría decirse que valor es todo elemento material o no que permita generar un beneficio, es decir, un balance positivo, dentro de un ámbito de competencia. Por ejemplo, en el caso de un sindicato, valor podría ser la cantidad de miembros, porque mayor cantidad de afiliados representa más poder político y económico. En las actividades agropecuarias valor es la tierra y la calidad de la tierra: cuanto más extensión y mejor calidad mayor cosecha.
Existen dos aspectos importantes que aparecen cuando desvinculamos la idea de corporación de la de empresa. En primer lugar, no toda organización que se dedique a actividades lucrativas busca conquistar el tesoro, y en este contexto el caso de las cooperativas es muy ilustrativo. El lucro no necesariamente deshumaniza a la sociedad, e incluso podría fomentar lo contrario. En segundo lugar, no todo lo que brilla es oro: instituciones que a menudo se jactan de generar un beneficio para la sociedad en la práctica son ávidas buscadoras del tesoro. Un caso que ya mencioné en reiteradas ocasiones es el de los partidos políticos.
Un final esperado
A esta altura ya se podrán imaginar cómo termina la película. El bueno y el feo se dieron cuenta que necesitaban colaborar para encontrar el tesoro, y si bien se introducen en un juego de poder con engaños y traiciones de por medio, ambos llegan al tesoro y con la mayor tensión se reparten el botín. Al malo lo asesinan. Esta escena dibuja nuestra realidad. Mientras el Estado en el rol del bueno y las corporaciones en el rol del feo se reparten el favor de la sociedad, las relaciones humanas que forjamos con esfuerzo día a día son ofuscadas y se deterioran como consecuencia de las diferencias impuestas por estos actores malvados.La única forma de cambiar el final de esta historia es la reflexión sobre nuestra propia ideología, forjar una identidad libre, independiente y autónoma que logre criticar con la misma rigurosidad un discurso político y el accionar de una institución, las medidas del gobierno y las consecuencias de las operaciones de una empresa. Es un trabajo constante y laborioso que requiere la reconstrucción de valores humanos (cualesquiera que sean) y una revisión de la lógica con la que abordamos los problemas de la vida cotidiana.-
martes, 2 de julio de 2013
Lorraine
Te vi caminar sin rumbo por los bosques, te oí cantar mil lenguas contemplando las ruinas de un antiguo templo; sentí tu perfume impregnando el cemento desgarrado, y me estremecí cuando tu mirada se clavó en mis ojos. Azufre y flores, fuego y música, el equilibrio entre la vida y la muerte. Hoy sufres la tortura de la inmortalidad porque preferiste la maldición del cielo y el repudio del infierno a entregar tu alma. Algo mudo late dentro de ti, algo onírico envuelve tus pasos, y la hermosura de quien transitó cientos de años en las sombras es la perdición de quien te busca. Es imposible olvidarte luego de saber de ti, e imposible no abandonar la mortalidad por encontrarte. No hubo libro prohibido que hablara sobre ti, tu nombre acecha en el aire esperando atrapar a quien despierte del sueño nocturno y te recuerde. Te oí susurrar sentada sobre escombros cenicientos:
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame ir.
Recuerdo la furia en tu mirada, fue una de esas noches que me desperté jadeando con tu figura atravesada en mi memoria. A menudo me pregunto si acaso duermes de día, o si a veces callas y descansas tus pensamientos. Escribo este diario porque siento que me encuentro peligrosamente cerca, porque cada noche tu actividad se vuelve más febril, como una tormenta de verano que pasa cual susto. Anoche tus palabras me paralizaron:
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame volver a los bosques y a mis canciones, libérame de la historia que has contado. Yo no deseaba huir de las llamas del templo aquella noche, no pretendía escapar del humo, ni del pánico de los niños, ni del llanto de las mujeres. Fue el cielo maldito quien abrió aquella grieta en el altar, fue el infierno mismo que guío mis pasos entre el fuego hacia la oscuridad de la noche. Y cuando me creía muerta, los destellos de las bombas, el ruido ensordecedor de las balas y el clamor de los hombres humillados frente al cementerio se habían ido para siempre.
No sé cuánto tiempo habrá meditado sobre aquellas cosas, pero al cabo de un instante su susurro tímido adoptó un tono sombrío:
- Oradour-sur-Glane, detuviste el tiempo y te transformaste en una ciudad eterna, sitiada por la artillería del olvido. Cuando llego a tus bordes vuelvo a salir de aquella grieta maldita, una y otra y otra vez. No puedo escapar de tu prisión ni de los sueños de miles de personas que me ven vagar por las calles desiertas y desoladas, donde hogares vacíos y vehículos deformados por el óxido constituyen el escenario idílico de este abismo. Quisiera que esos inocentes soñadores entiendan lo que estoy destinada a sufrir, que me escuchen y no despierten con la sensación de simplemente haberme soñado. ¡Oradour-sur-Glane, déjame descansar al menos un instante!
Ella sabe que no tendrá descanso mientras sigamos soñandola. Ella sabe que logra quemar el alma de los dormidos con su mirada abrasadora. No sé cuánto tiempo más resistiré, dudo que en poco tiempo logre regresar aquí. Mi gente empieza a ignorarme, toda mi vida comienza a apestar a pólvora vieja y herrumbre. Creo que ella lo presiente. Creo que no logra vernos, pero reconoce nuestra presencia y sabe que estamos ahí afuera, observando cada uno de sus movimientos. Lorraine...
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame ir.
Recuerdo la furia en tu mirada, fue una de esas noches que me desperté jadeando con tu figura atravesada en mi memoria. A menudo me pregunto si acaso duermes de día, o si a veces callas y descansas tus pensamientos. Escribo este diario porque siento que me encuentro peligrosamente cerca, porque cada noche tu actividad se vuelve más febril, como una tormenta de verano que pasa cual susto. Anoche tus palabras me paralizaron:
- Oradour-sur-Glane, tierra de nadie que me has llamado la noche más furiosa, déjame volver a los bosques y a mis canciones, libérame de la historia que has contado. Yo no deseaba huir de las llamas del templo aquella noche, no pretendía escapar del humo, ni del pánico de los niños, ni del llanto de las mujeres. Fue el cielo maldito quien abrió aquella grieta en el altar, fue el infierno mismo que guío mis pasos entre el fuego hacia la oscuridad de la noche. Y cuando me creía muerta, los destellos de las bombas, el ruido ensordecedor de las balas y el clamor de los hombres humillados frente al cementerio se habían ido para siempre.
No sé cuánto tiempo habrá meditado sobre aquellas cosas, pero al cabo de un instante su susurro tímido adoptó un tono sombrío:
- Oradour-sur-Glane, detuviste el tiempo y te transformaste en una ciudad eterna, sitiada por la artillería del olvido. Cuando llego a tus bordes vuelvo a salir de aquella grieta maldita, una y otra y otra vez. No puedo escapar de tu prisión ni de los sueños de miles de personas que me ven vagar por las calles desiertas y desoladas, donde hogares vacíos y vehículos deformados por el óxido constituyen el escenario idílico de este abismo. Quisiera que esos inocentes soñadores entiendan lo que estoy destinada a sufrir, que me escuchen y no despierten con la sensación de simplemente haberme soñado. ¡Oradour-sur-Glane, déjame descansar al menos un instante!
Ella sabe que no tendrá descanso mientras sigamos soñandola. Ella sabe que logra quemar el alma de los dormidos con su mirada abrasadora. No sé cuánto tiempo más resistiré, dudo que en poco tiempo logre regresar aquí. Mi gente empieza a ignorarme, toda mi vida comienza a apestar a pólvora vieja y herrumbre. Creo que ella lo presiente. Creo que no logra vernos, pero reconoce nuestra presencia y sabe que estamos ahí afuera, observando cada uno de sus movimientos. Lorraine...
lunes, 17 de junio de 2013
Cómo destruir un partido político
La historia es eso que pasa mientras no somos
conscientes de los acontecimientos que vivimos.
ADVERTENCIA: las siguientes líneas pueden dañar la sensibilidad de algunas personas. Como en casi todo lo que escribo, no pongo las respectivas citas de autoridad. Siga leyendo bajo su propia responsabilidad de considerarme un hereje.
Desde la aparición de los partidos políticos modernos a mediados del siglo XIX, podemos identificar un cierto paradigma dentro del cual fueron desarrollándose hasta nuestros días: una ideología estricta, casi dogmática; una estructura jerárquica y representativa donde algunas personas dentro del partido tienen la concentración del poder; la conformación de una identidad inflexible a partir de la ideología y de los representantes; la exclusión de los que no comparten esa identidad (noción de clase), entre otros aspectos. Este paradigma de partido político es, tal vez, la forma más acabada de organización política dentro del capitalismo. Incluso la organización de movimientos sociales, como los sindicatos o asociaciones civiles (matices de por medio), adoptaron la forma delimitada por este paradigma. Por supuesto, hay que comprender que la pluralidad a fines del siglo XIX, con la Primera Guerra Mundial tocando la puerta de Europa, y con la tecnología de aquel momento, no tenía mucho lugar: había que adaptarse a las formas, y eso es lo que se hizo. El paradigma de partido político actual sigue representando a la antigua burguesía de la segunda mitad del siglo XIX, independientemente de las bases y el discurso. En consecuencia, todo partido político que surja sin hacer una reflexión sobre sí mismo, entrará en este paradigma obsoleto. No obstante, el observador sagaz no tardará en darse cuenta que eso mismo que un partido político ostenta como fortaleza, es la clave para destruirlo: es necesario romper el paradigma, y para ello hay que destruir cada aspecto de este modelo.
TL;DR
El problema con el paradigma actual es que, como todo paradigma vigente, está naturalizado: hay preconceptos que conforman los cimientos de la sociedad, que se enseñan en las escuelas y universidades, que se convirtieron en dichos y refranes populares. Un ejemplo claro es la famosa frase de las Ciencias Sociales: todo está atravesado por la ideología. Hay mucho desarrollo sobre pensamientos como el que menciono, destruirlos no es nada sencillo y, como la mismísima naturaleza de la destrucción, no hay una forma ni un momento apropiados para que ocurra. Sin embargo, por algún lado hay que empezar, y creo que destruyendo la ideología es un buen comienzo.
Desmitifiquemos la ideología: la ideología nunca le dio de comer a nadie (tal vez a uno que otro escritor), nunca resolvió ningún problema habitacional, y nunca fomentó la cultura y las buenas relaciones humanas. La ideología es un concepto moderno. Uno de los primeros en adoptar este término fue un tal Destutt como parte de otro de los proyectos políticos liberalistas de la Revolución francesa. Cuando decimos que todas las acciones humanas están atravesadas por la ideología, estamos hablando de un modelo, caemos dentro del paradigma. Los partidos políticos tomaron la noción de ideología para acuñar una identidad, apoyada por un conjunto de ideas sobre el mundo. Desde entonces pasó algún tiempo, y lo que nos demuestra la historia que conocemos (que por cierto, es la que nos contaron los ideólogos), es que reiteradamente la ideología se utilizó para identificar quién es quién en la puja de poderes de una época. En la vida cotidiana no existe la ideología, existen las relaciones humanas atravesadas por la cultura. La cultura, como la suma de creencias, costumbres, y la misma cotidianidad, nos vuelve más o menos permeables a ciertas cosas. Por ejemplo, a mi no me gusta el fútbol, así que cualquier cuestión relacionada con un barrabrava me va a resultar intrascendente. Ahora bien, dependiendo de cómo interpreto el fútbol y con quién asocio un barrabrava, voy a posicionarme de tal o cual forma frente a las personas que integran este grupo. Lamentablemente la noción de ideología tiene mucho que ver, si no es parte de su definición, con lo que acabo de comentar. El dilema radica en la diferencia entre el lenguaje de los libros y la realidad: la realidad nos indica que la palabra ideología se utiliza con objetivos poco relacionados con la cultura.
La estructura jerárquica, por otra parte, es una herencia directa de la nobleza y de la burguesía liberal de la segunda mitad del siglo XIX. En el antiguo régimen existían diferentes formas de organización social bajo la bandera del feudalismo. Por ejemplo, en Francia podíamos encontrar tres estamentos bien definidos, y cada cual tenía una serie de derechos jurídicos que lo definía. En esta organización por estamentos, la jerarquía social dentro de cada estamento no existía, al menos en términos jurídicos. No importaba cuanta cantidad de tierra podía llegar a poseer un campesino, o cuántas propiedades un comerciante, tenían los mismos derechos y obligaciones que el jornalero. A partir de 1789, con el avance del liberalismo, la jerarquía pasó a formar parte de la sociedad como un factor de demarcación de clase. El feudalismo cayó, y los que poseían el poder económico (grandes terratenientes, algunos artesanos, comerciantes) necesitaron destacarse para afianzar su poder político: destacarse principalmente de los más pobres, para ejercer el poder sobre ellos, y de la aristocracia, para legitimar su nueva posición como grupo dominante. Dos mecanismos que surgieron para poner en evidencia esta diferenciación fueron la jerarquización de la sociedad, y la noción de clase. En un mundo huérfano donde el poder divino del rey y los privilegios nobiliarios desaparecieron era fundamental definir sin lugar a dudas quién es quién. Actualmente los partidos políticos siguen insistiendo en este quién es quién. Pero hoy, en un mundo globalizado, donde las fronteras son más estrechas y la comunicación está dejando de ser un problema, cada vez importa menos quién es quién. Algo que nos regaló el capitalismo es la necesidad imperiosa de conseguir resultados. Esta tendencia generalizada es la que hoy les juega en contra: un representante investido con la identidad de un partido político no puede conseguir resultados sin caer en la incoherencia. Y las incoherencias se pagan caras: los resultados deben satisfacer esa identidad, y siendo esta tan rígida, tan inflexible, cae por su propio peso.
La cuestión de identidad de un partido político tiene bastante que ver con lo que comentaba el otro día sobre la tradición y el nacionalismo. ¿Cómo hacer para blindar una identidad?, sencillo: llénela de símbolos y tradiciones fuertes. A esta altura de la historia que conocemos, explicar los problemas de la idea de identidad política me da la sensación de confensarle a un niño que los reyes magos no existen. Cualquier identidad política es un caballo de batalla (algunas son un unicornio vomitando arco iris o un pony, pero ese es otro tema). Es una fórmula de diferenciación irreconciliable con el resto del mundo. En el momento que se antepone la identidad política a un debate, el debate queda automáticamente anulado. Por supuesto, si prescindimos de la identidad rápidamente surge la inquietud sobre cómo generar cohesión en un partido político, y en el mismo momento que nos asusta esta pregunta nos tapamos el rostro con ambas manos, lloramos como niño caprichoso y volvemos a pensar en identidad. No obstante, es posible generar cohesión partiendo de aspectos más humanos, como pueden ser proyectos, intereses o causas en común. La ventaja de transformar la noción de identidad política en algo más ligero e inestable es que aumenta considerablemente la coherencia y la cintura política. En general, un grupo de personas que comparten ciertos aspectos de la vida cotidiana poseen principios en común, o hay principios que pueden desprenderse de esas relaciones. Esto acarrea consecuencias que el paradigma partidario actual no puede siquiera absorber. Por un lado, el movimiento de personas entre partidos políticos sería mucho más normal, y hasta representaría un efecto natural y deseable de este tipo de identidad flexible. Esto significa que la base de afiliados de un partido, y como resultado su capital político, sería casi imposible de dominar. En segundo lugar, los principios del partido serían un reflejo de las relaciones dentro del partido, por lo que forzaría un disenso y consenso permanente que hoy por hoy se podría manejar, por ejemplo, en una organización horizontal, pero no en el paradigma de la jerarquía representativa.
Por último, un aspecto constitutivo de un partido político es la noción de clase. E. P. Thompson, historiador británico a mi entender muy parado sobre la tierra, dio una definición de clase bien realista, muy contraria a las corrientes estructuralistas como el marxismo que construye a la clase como una categoría. Para Thompson la clase es fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados; es un proceso fluido que elude el análisis si se intenta detener en seco en un determinado momento y analizar su estructura. La experiencia de un grupo de personas durante un tiempo determinado es la que termina generando cierta consciencia de sus particularidades respecto a otros grupos. Esto elimina completamente la definición categórica de clase, que es a la que apelan todos los partidos políticos para "ganar" afiliados y generar cohesión social. Cuando un partido político se posiciona como representante de una clase (en sentido estricto) determinada, esa clase tiene dos opciones: unirse o ignorarlo, pero bajo ninguna circunstancia podría rechazar el partido en cuanto este adopta símbolos y tradiciones de esa clase.
¿Cómo destruir el clasismo político?, como depende de los procesos históricos, para responder esta pregunta primero debemos ubicarnos en un lugar y un momento determinados. Personalmente voy a referirme a la Argentina del siglo XXI, e invito a realizar este ejercicio a cada persona en su lugar de origen. En este contexto, una opción que se me ocurre para suprimir el clasismo político es incentivar una adhesión libre y voluntaria. Sin embargo, no podemos negar que hoy, como resultado de un proceso histórico largo y complejo, las clases están bien delimitadas, la desigualdad social existe, y la brecha cultural es un hecho. No obstante, creo que hay una salvedad con la que no contábamos antes de mitad del siglo XX, y que se puede observar más claramente en la primera década del siglo XXI: el surgimiento de una clase flexible. Por diversas razones que tendremos que analizar más tarde (o no, pero seguro que no en este artículo), la desigualdad social en Argentina del siglo XXI tuvo grandes avances y retrocesos, y como resultado contundente de este tironeo surgió un pequeño grupo social que convive con varias subculturas: es a lo que denominé más arriba como la clase flexible. Estas personas tienen la particularidad de entender y estar en contacto con formas de vida que de por sí se excluirían mutuamente. Creo que este grupo goza del potencial para reconciliar mediante una cultura mixta grupos muy heterogéneos, entre ellos un partido político.
Destruir un partido político es hacerle frente con una propuesta que no entiende, que contradice y desdibuja toda su organización, que lo deja parado en el pasado y sin posibilidades de sostener la realidad política ni responder a las necesidades de la gente. Hay que hacerlo sangrar: las personas tenemos otros intereses que simplemente ya no cuadran en el paradigma antiguo, queremos algo nuevo, algo que puede ser un rotundo fracaso pero que al menos represente un intento por humanizar la política, por primera vez en la historia llevarla realmente hasta las personas. Para eso tenemos que destruirlos, y construir sobre los restos podridos de un sistema que lleva muerto varios años una nueva cultura, una cultura que aspire a que los problemas, los enfrentamientos, las diferencias, los acuerdos, las alianzas, y todos los aspectos de la vida política se realicen con coherencia (aunque la coherencia implique lo ilógico), y que en el proceso la sociedad y la política se beneficien mutuamente con la madurez de una cultura.-
domingo, 9 de junio de 2013
La tradición contra el nacionalismo
¿Qué es lo nacional? El nacionalismo tiene muchas vertientes políticas e ideológicas, y cuando aparece trata de representar el cemento de la cohesión social, es decir, se autoproclama el factor fundamental de la identidad social, y excluye a todos aquellos que no compartan sus características.
El nacionalismo es uno de los recursos demagógicos más difundidos ya que, con muy poco esfuerzo, se pueden convertir los símbolos y costumbres tradicionales de una sociedad en capital político, en el combustible de un movimiento. Ya aprendimos: la primera y segunda guerra mundial tuvieron su cimiento en la extensión de las ideas nacionalistas en Europa. La última gran expansión imperialista a fines del siglo XIX, al contrario del imperialismo capitalista de principios de siglo, fue en pos de crear la nación grande.
Una característica importante del nacionalismo es que cuando aparece se introduce rápidamente en todos los aspectos de la sociedad, como un pulpo gigante que atrapa a su presa mientras está distraída. La producción industrial e intelectual a menudo se alinean con ese proyecto nacional (tenemos los casos de Max Weber y Treitschke en la alemania del keiser, Robert Seeley y Rosebery en Gran Bretaña, entre otros). Cuando esto ocurre difícilmente se puede distinguir la política de la vida cotidiana, el discurso demagógico de las tradiciones, la ideología del sentido común. La sociedad queda atrapada en una red de naturalización que anula cualquier debate fuera de esa identidad ficticia, y a la vez sienta las bases para legitimar cualquier tipo de acción que efectúe el Estado.
Por otra parte, los grupos que quedan excluídos de este movimiento nacionalista tienen pocas opciones: o retirarse a la clandestinidad, o representar una fuerza de choque que necesariamente tiene que apelar a la violencia para penetrar en la superestructura nacionalista. Estos grupos excluídos son los traidores, es todo grupo o persona individual que no adhiera a esa identidad. En algunos casos la exclusión será sólo social, pero como ha ocurrido en reiteradas ocasiones durante el siglo XX también podría llegar a niveles políticos y económicos. En cualquier caso, el movimiento nacionalista se encargará de blindar y demarcar claramente cuáles son los límites entre compatriotas y traidores.
¿Es posible mantenerse al margen y no formar parte ni del proyecto nacionalista ni de los traidores? En la primera mitad del siglo XX la respuesta hubiera sido no, no es posible. La libertad de expresión no era algo de lo que se hablara (esta idea surgió en la posguerra con la declaración de los derechos humanos), y la persecución política era una práctica socialmente aceptada. Luego de la segunda guerra mundial, algo aprendimos. Hoy por hoy la persecución política sigue existiendo (aunque se movió a otras esferas, por ejemplo, los medios masivos de comunicación), sin embargo, la tecnología nos brinda un espacio de opinión y expresión como nunca antes existió. Es cierto que la persecución hace tiempo que también se movió a internet, pero a la vez las comunidades de la red se encargan de difundir y proteger esa libertad de expresión, como fueron los casos emblemáticos de Wikileaks y The Pirate Bay.
Las herramientas existen, ahora la pregunta se vuelve más compleja: ¿puede un grupo social elegir los márgenes del nacionalismo, sin convertirse en traidor?. Una persona cualquiera como yo no tiene muchos inconvenientes, porque el desacuerdo queda dentro de mi esfera privada. En cambio, un grupo organizado, con sus propias ideas y símbolos, representa una amenaza a esa identidad nacionalista. Y acá es donde pienso que no hay que olvidarse que muchos de esos símbolos y tradiciones con los que se constituye el nacionalismo, es parte de una cultura común: son parte de la vida cotidiana de un montón de gente que está atravesada por la misma historia.
Sin embargo, que haya una historia en común no significa que las tradiciones se compartan. Por poner un ejemplo, la provincia de Buenos Aires en Argentina y el resto del país, tienen orígenes, intereses y formas de vida bastante distintas, al menos para considerarlas tradiciones comunes. ¿Cómo generar cohesión sin caer en el proyecto nacionalista?. A mi entender, la respuesta es compartir cultura. Compartir cultura significa que entendemos que somos diferentes, que pensamos diferente, que sentimos diferente, no obstante queremos acercarnos para intercambiar nuestras experiencias, nuestras ideas, participar de proyectos en común.
Rescatar la tradición real, esa que se refiere a la vida cotidiana de nuestros padres, abuelos y de nuestra niñez, sea cual fuere el lugar de origen, nos abre la puerta a poder compartir nuestra cultura, a ser más auténticos y coherentes, a partir de una percepción que está en contacto con nuestros aspectos más profundos y que, si bien hay una tendencia generalizada a negar que estamos condicionados por el pasado, existen. Si logramos esto no necesitamos apelar a la violencia, al contrario, es una forma de incluir a todos aquellos que quieran participar, incluso si se trata de los mismos nacionalistas. Es una actitud que incluso apela a la conciencia de los nacionalistas, una forma de decir: vengan, no nos importa quienes son, estamos acá para conocernos.-
El nacionalismo es uno de los recursos demagógicos más difundidos ya que, con muy poco esfuerzo, se pueden convertir los símbolos y costumbres tradicionales de una sociedad en capital político, en el combustible de un movimiento. Ya aprendimos: la primera y segunda guerra mundial tuvieron su cimiento en la extensión de las ideas nacionalistas en Europa. La última gran expansión imperialista a fines del siglo XIX, al contrario del imperialismo capitalista de principios de siglo, fue en pos de crear la nación grande.
Una característica importante del nacionalismo es que cuando aparece se introduce rápidamente en todos los aspectos de la sociedad, como un pulpo gigante que atrapa a su presa mientras está distraída. La producción industrial e intelectual a menudo se alinean con ese proyecto nacional (tenemos los casos de Max Weber y Treitschke en la alemania del keiser, Robert Seeley y Rosebery en Gran Bretaña, entre otros). Cuando esto ocurre difícilmente se puede distinguir la política de la vida cotidiana, el discurso demagógico de las tradiciones, la ideología del sentido común. La sociedad queda atrapada en una red de naturalización que anula cualquier debate fuera de esa identidad ficticia, y a la vez sienta las bases para legitimar cualquier tipo de acción que efectúe el Estado.
Por otra parte, los grupos que quedan excluídos de este movimiento nacionalista tienen pocas opciones: o retirarse a la clandestinidad, o representar una fuerza de choque que necesariamente tiene que apelar a la violencia para penetrar en la superestructura nacionalista. Estos grupos excluídos son los traidores, es todo grupo o persona individual que no adhiera a esa identidad. En algunos casos la exclusión será sólo social, pero como ha ocurrido en reiteradas ocasiones durante el siglo XX también podría llegar a niveles políticos y económicos. En cualquier caso, el movimiento nacionalista se encargará de blindar y demarcar claramente cuáles son los límites entre compatriotas y traidores.
¿Es posible mantenerse al margen y no formar parte ni del proyecto nacionalista ni de los traidores? En la primera mitad del siglo XX la respuesta hubiera sido no, no es posible. La libertad de expresión no era algo de lo que se hablara (esta idea surgió en la posguerra con la declaración de los derechos humanos), y la persecución política era una práctica socialmente aceptada. Luego de la segunda guerra mundial, algo aprendimos. Hoy por hoy la persecución política sigue existiendo (aunque se movió a otras esferas, por ejemplo, los medios masivos de comunicación), sin embargo, la tecnología nos brinda un espacio de opinión y expresión como nunca antes existió. Es cierto que la persecución hace tiempo que también se movió a internet, pero a la vez las comunidades de la red se encargan de difundir y proteger esa libertad de expresión, como fueron los casos emblemáticos de Wikileaks y The Pirate Bay.
Las herramientas existen, ahora la pregunta se vuelve más compleja: ¿puede un grupo social elegir los márgenes del nacionalismo, sin convertirse en traidor?. Una persona cualquiera como yo no tiene muchos inconvenientes, porque el desacuerdo queda dentro de mi esfera privada. En cambio, un grupo organizado, con sus propias ideas y símbolos, representa una amenaza a esa identidad nacionalista. Y acá es donde pienso que no hay que olvidarse que muchos de esos símbolos y tradiciones con los que se constituye el nacionalismo, es parte de una cultura común: son parte de la vida cotidiana de un montón de gente que está atravesada por la misma historia.
Sin embargo, que haya una historia en común no significa que las tradiciones se compartan. Por poner un ejemplo, la provincia de Buenos Aires en Argentina y el resto del país, tienen orígenes, intereses y formas de vida bastante distintas, al menos para considerarlas tradiciones comunes. ¿Cómo generar cohesión sin caer en el proyecto nacionalista?. A mi entender, la respuesta es compartir cultura. Compartir cultura significa que entendemos que somos diferentes, que pensamos diferente, que sentimos diferente, no obstante queremos acercarnos para intercambiar nuestras experiencias, nuestras ideas, participar de proyectos en común.
Rescatar la tradición real, esa que se refiere a la vida cotidiana de nuestros padres, abuelos y de nuestra niñez, sea cual fuere el lugar de origen, nos abre la puerta a poder compartir nuestra cultura, a ser más auténticos y coherentes, a partir de una percepción que está en contacto con nuestros aspectos más profundos y que, si bien hay una tendencia generalizada a negar que estamos condicionados por el pasado, existen. Si logramos esto no necesitamos apelar a la violencia, al contrario, es una forma de incluir a todos aquellos que quieran participar, incluso si se trata de los mismos nacionalistas. Es una actitud que incluso apela a la conciencia de los nacionalistas, una forma de decir: vengan, no nos importa quienes son, estamos acá para conocernos.-
jueves, 6 de junio de 2013
Rubik
Mientras caminaba por la zona del desastre me encontré un cubo rubik. Me llamó la atención que estuviera armado, aunque le faltaban algunos colores. Eramos muchos los que caminábamos por el sector K buscando elementos que pudiésemos intercambiar por comida, y encontrar un tesoro como este me alegró el día. Recuerdo que me senté sobre el musgo y traté de armarlo, ignorando que era imposible terminar una cara de algún color. En esta época uno ya no mira quién pasa por al lado, y menos cuando se tiene un tesoro entre las manos, así que ese día tampoco vi a la joven del ojo gris. Pero ella me vio, y no pasó de largo como el resto de mis compatriotas. Ella me vio, y se sentó en una roca que, al parecer, era parte de las ruinas del antiguo arco romano que daba la bienvenida al cementerio del sector K. Cuando percibí su presencia hice lo posible por concentrarme, pero de repente estaba en todos lados: atrás, adelante, alrededor y arriba, todo al mismo tiempo. Es extraño cómo dejar de mirar a las personas genera un cambio tan severo en la percepción. De pronto uno está preparado para correr hacia cualquier lado, o blandir el acero de las manijas en cualquier dirección. Ese día no hice ni una cosa ni la otra, sino que seguí tratando de armar mi tesoro mientras ella, con un codo en la rodilla y un trozo de carbón en la mano izquierda, dibujaba sobre un pedazo de cartón viejo. Una relación de esta intensidad no puede durar mucho tiempo... todos sabemos lo que pasa, todos estuvimos ahí una y otra y otra vez. Los pozos terminan devorándose a todos, y si yo sobreviví hasta el día de hoy es porque evité a todas las jóvenes del ojo gris, y porque evité todas esas miradas que me esquivan y me huyen. La joven del ojo gris levantó la vista hacia mi y su presencia fue tan fuerte que sucumbí a su mirada, nuestros ojos se cruzaron y sentí horror, terror, sentí las tripas tratando de huir de mi cuerpo, la sangre hirviente quemando mis llagas infectadas. A veces pienso que fue el hedor del cementerio que hizo eso, pero las explicaciones ya no son muy valoradas estos días, y no quiero ir contra esa cultura de la ignorancia. La ignorancia nos da de comer, y nos viste, y nos canta canciones de cuna cuando no podemos dormir. Porque sí, dormir es mejor regalo que este cubo rubik, más preciado que los escasos dedos que nos quedan. La vi levantarse y caminar con paso suave y decidido hacia el cementerio, ambos brazos alrededor del dibujo que le inspiré, la cabeza hacia el cielo, la sonrisa estampada, la pierna de fierro rechinando como grilletes oxidados.-
viernes, 24 de mayo de 2013
El pequeño patinazo político y la red libre
Hoy leí esta noticia: Facebook, a favor de la libertad en internet
Es paradójico, ya que Facebook es la compañía número uno en realizar una segmentación detallada y precisa de todos sus usuarios para generar publicidad dirigida. Igualmente no sorprende, teniendo en cuenta que la Global Network Initiative es una ONG donde intervienen Microsoft, Yahoo! y Google. De todas formas, este texto no es para hacer un juicio de valor sobre alguna u otra corporación, sino para presentar una oportunidad para la libertad en internet.
El escenario político de internet hoy por hoy es más o menos sencillo: una puja de poder entre las grandes corporaciones que dependen de una internet libre para operar (Yahoo!, Google, Facebook) y los gobiernos que aún no saben cómo controlar lo que pasa en internet, y ven un peligro latente. Del mismo lado de los gobiernos están las otras enormes compañías que dependen de una internet controlada: las discográficas.
Esta coyuntura política está cruzada por una evolución tecnológica sin precedentes. Pienso que la ventaja que tenemos los usuarios de internet reside en un problema simple: la tecnología y las comunidades en la red se desarrollan mucho más rápido que la articulación de los poderes que se disputan internet. Esto significa que desde hace tiempo los que vivimos esta libertad relativa que nos da la red, estamos un paso adelante de cualquier medida política que se pueda adoptar. Si bien es una ventaja pequeña y accidental ya que la tecnología no suele ser un impedimento para la ejecución de políticas de Estado, implica una brecha política bastante importante que hay que saber aprovechar. Por ejemplo, el Partido Pirata Europeo, luego de constituirse y ganar sus bancas en el parlamento europeo, creó una granja de servidores donde ofrecen asilo político-tecnológico a sitios perseguidos por los gobiernos o corporaciones, como fue el caso de The Pirate Bay. El éxito es claro: no se puede allanar este sitio ya que se trata de una cuestión política.
Esta pequeña ventaja que tenemos no va a existir para siempre, no podemos dejar pasar el tren. Los gobiernos tarde o temprano van a encontrar la forma de entrar directamente en el corazón de la red. Por eso, estaría bueno que pensemos cómo podemos aprovechar esta situación particular para generar la infraestructura técnica y política necesaria para garantizar los principios sobre los que muchos de nosotros estamos debatiendo diariamente.
Un espacio que se está abriendo actualmente en Argentina para poder expresar las ideas e inquietudes sobre este tema, es el Partido Pirata de Argentina. Sus principios fundamentales son democracia directa y horizontalidad, y si bien yo soy muy escéptico sobre cualquier movimiento político basado en principios ideales, en este caso se trata de principios combinados con una muy buena dosis de pragmatismo político. Está en plena formación, tendremos que ver en qué termina cuando comience la participación política activa, por el momento las bases son aparentemente sólidas.
Por último, me gustaría dejar planteadas algunas preguntas abiertas acerca de la política en internet. Hoy me inquietan y no las puedo responder, pero voy a ir reflexionando y escribiendo lo que pienso. Me gustaría que quienes quieran también compartan su perspectiva, se trata de un tema que nos llega a todos de una forma particular.
Es paradójico, ya que Facebook es la compañía número uno en realizar una segmentación detallada y precisa de todos sus usuarios para generar publicidad dirigida. Igualmente no sorprende, teniendo en cuenta que la Global Network Initiative es una ONG donde intervienen Microsoft, Yahoo! y Google. De todas formas, este texto no es para hacer un juicio de valor sobre alguna u otra corporación, sino para presentar una oportunidad para la libertad en internet.
El escenario político de internet hoy por hoy es más o menos sencillo: una puja de poder entre las grandes corporaciones que dependen de una internet libre para operar (Yahoo!, Google, Facebook) y los gobiernos que aún no saben cómo controlar lo que pasa en internet, y ven un peligro latente. Del mismo lado de los gobiernos están las otras enormes compañías que dependen de una internet controlada: las discográficas.
Esta coyuntura política está cruzada por una evolución tecnológica sin precedentes. Pienso que la ventaja que tenemos los usuarios de internet reside en un problema simple: la tecnología y las comunidades en la red se desarrollan mucho más rápido que la articulación de los poderes que se disputan internet. Esto significa que desde hace tiempo los que vivimos esta libertad relativa que nos da la red, estamos un paso adelante de cualquier medida política que se pueda adoptar. Si bien es una ventaja pequeña y accidental ya que la tecnología no suele ser un impedimento para la ejecución de políticas de Estado, implica una brecha política bastante importante que hay que saber aprovechar. Por ejemplo, el Partido Pirata Europeo, luego de constituirse y ganar sus bancas en el parlamento europeo, creó una granja de servidores donde ofrecen asilo político-tecnológico a sitios perseguidos por los gobiernos o corporaciones, como fue el caso de The Pirate Bay. El éxito es claro: no se puede allanar este sitio ya que se trata de una cuestión política.
Esta pequeña ventaja que tenemos no va a existir para siempre, no podemos dejar pasar el tren. Los gobiernos tarde o temprano van a encontrar la forma de entrar directamente en el corazón de la red. Por eso, estaría bueno que pensemos cómo podemos aprovechar esta situación particular para generar la infraestructura técnica y política necesaria para garantizar los principios sobre los que muchos de nosotros estamos debatiendo diariamente.
Un espacio que se está abriendo actualmente en Argentina para poder expresar las ideas e inquietudes sobre este tema, es el Partido Pirata de Argentina. Sus principios fundamentales son democracia directa y horizontalidad, y si bien yo soy muy escéptico sobre cualquier movimiento político basado en principios ideales, en este caso se trata de principios combinados con una muy buena dosis de pragmatismo político. Está en plena formación, tendremos que ver en qué termina cuando comience la participación política activa, por el momento las bases son aparentemente sólidas.
Por último, me gustaría dejar planteadas algunas preguntas abiertas acerca de la política en internet. Hoy me inquietan y no las puedo responder, pero voy a ir reflexionando y escribiendo lo que pienso. Me gustaría que quienes quieran también compartan su perspectiva, se trata de un tema que nos llega a todos de una forma particular.
- ¿Cuán importante es llegar a gobernar?, ¿no es acaso más importante ayudar a despertar a la sociedad dormida?, ¿es plausible despertar a la sociedad ejerciendo el poder?
- ¿Qué mecanismos existen para ejercer política de masas por la red?, ¿se podrán autoregular estos mecanismos?, ¿cómo se puede fomentar la pluralidad?
- ¿Qué entendemos por privacidad en un mundo de la información y los datos masivos?, ¿el paradigma de la información masiva y viral implica un cambio en la concepción clásica de privacidad?
- ¿Se puede llevar la horizontalidad a ámbitos con una tradición histórica fuerte, como son las fábricas o el campo?, ¿acaso se puede unir este principio con sectores más marginales y excluídos, o sólo aplica a un sector de la sociedad?-
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