viernes, 3 de mayo de 2013

La Logia de las Flores

Todas las tardes son normales en el país de los ogros: niños que van y vienen colgados en las cintas transportadoras, luciendo una etiqueta en la frente que indica cuál es la maduración estimada. En el país de los ogros, un kilo de niño cuesta cinco favores. Diez favores equivale a un animal del bosque, ya sea un ciervo o un jabalí, y cien favores son una hija mujer, porque gritan más de lo que cazan. Con diez hijas mujeres se puede armar una cinta transportadora de niños, y cuando el capital de niños asciende a unos diez mil favores, el ogro puede arrendar su propio pantano.

En el país de los ogros, todo es frío y taciturno. Una serie de pantanos dispersos lo vuelven una trampa mortal para quien no conozca los caminos. Desplazarse entre juncos, matorrales y árboles de tronco retorcido no representa un problema para los ogros, que al contrario, tratan de cerrar el acceso a sus pantanos, por lo que si existe algo parecido a un camino se formó por mero accidente. Desde que llegaron las máquinas, los ogros comenzaron a competir por la producción de niños. Cuando el Capitán Hobbs llegó al pantano de Joro el ogro, logró persuadirlo de que no lo comiese prometiéndole un mercado constante de niños. Además de salvar la mitad de sus extremidades, Hobbs introdujo un negocio que rápidamente se extendió por todos los pantanos.

En el ecosistema contemporáneo de un ogro suelen convivir animales de la selva, en general utilizados para diversión más que para alimento (excepto en épocas de hambre), una o más máquinas de niños, la cantidad de hijas que el ogro pueda comprar para trabajar en las líneas transportadoras, y al menos un animal doméstico que es usado como alarma. Cuando la densidad de población aumenta, cada ogro se encarga de comerse el excedente de su pantano, aunque a veces se comen a uno que otro habitante por aburrimiento. Los niños llegan por un sistema de tuberías que se extiende desde los límites navegables del pantano hasta los graneros donde se procesan; como no hay garantías de que un ogro no se coma a un humano por más viejo y huraño que sea, los comerciantes concluyeron que es mejor no acercarse a entregar la mercadería. Una de las últimas mejoras que se introdujo en el sistema de entrega es la cortina de barro: un pequeño afluente de tierra y barro que se encarga de ensuciar a los niños dentro de las tuberías, ya que algunos ogros se quejaban de que los colores solían distraer a las hijas que trabajan en las líneas.

Cuentan que una vez, antes de implementar la cortina de barro, una de las hijas escondió a un niño que le pareció simpático. El niño, cuya etiqueta en la frente marcaba "7", tenía en el bolsillo un puñado de semillas. Al final de la jornada laboral, cuando se disponía a dormir recostada en el suelo, al lado de la línea transportadora, sacó al niño de la caja donde lo había escondido y lo examinó con delicada curiosidad. Molesta por la oscuridad y por el hedor general que no la dejaba oler bien al pequeño, quebrantó las reglas y salió afuera del granero en busca de un espacio más neutral. Unos minutos después, el ogro escuchó el llanto del niño y encontró a la hija oliéndolo, lamiéndolo, presionando su carnecita para ver qué respuesta tenía. Por supuesto, el ogro se comió a la hija y colocó nuevamente al niño en el granero, pero no se percató de que las semillas que estaban en el bolsillo del chiquillo cayeron en su jardín.

Al día siguiente, cuando el ogro se levantó a desayunar, olió algo repugnante que provenía del jardín. Después de un grito furioso se asomó a la ventana y vio lo más espantoso que podría imaginarse: flores de muchos colores y perfumes nacían tímidas de la tierra. Enfermo de ira fue hasta el jardín y las pisó, y las arrancó, y las cubrió del bilis. Sin embargo, no sería tan sencillo deshacerse de las flores. Pasaron varios meses y las flores se extendieron por los pantanos. Los ogros llenaron de fango sus jardines, regaron sus dominios con sangre de animales, cambiaron el curso de los sumideros para que pasaran sobre las flores. Nada lograba deshacerse de las flores por lo que la comunidad, primera vez en la historia unida por un problema común, terminó pidiendo ayuda a los comerciantes. Finalmente un comerciante de apellido Mule descubrió que existía una logia de marineros que se encargaba de colocar las semillas en los bolsillos de los niños, justo antes de meterlos en las tuberías de entrega. Un ogro se comió a Mule culpándolo de la situación, pero a partir del descubrimiento de la Logia de las Flores los niños llegaron limpios de semillas, y otro comerciante inventó la cortina de barro para evitar la distracción de las trabajadoras.-

jueves, 2 de mayo de 2013

Amestris

Enterraste los corazones de tus niños, Amestris.
Bajo el fango despiadado laten sus ojos,
y se abrigan en la noche con la piel que te arrancaron.
Mientras sus gargantas respiran el barro,
el espíritu hostil se acerca
cantando al son de sus espasmos.
Tu rostro esboza una sonrisa cuando siente su presencia,
la paz de la noche blanca agita el aire,
transforma tu silencio en un gemido suave
que se mece y se pierde en el eco del sepulcro.
Anegada de felicidad bailas desnuda,
rodeando el suelo que late furioso, solitario,
al ritmo de las estrellas que dibuja la lluvia
golpeando sobre pequeños corazones rotos.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Learn to fly

Mirar videos de aterrizajes difíciles me ayuda a percatarme que no somos nada: no somos nada. También me despierta una fascinación por entender por qué una ideología que concuerde con nuestra forma de pensar se encarna en nosotros con tanta facilidad.

Hoy mi profesor de Epistemología de las Ciencias Sociales (de aquí en adelante Z) hizo una crítica de los paradigmas que definen a la ciencia desde 1900 hasta 1965. Sé que luego de la oración anterior la mayoría cerró la ventana; si estás leyendo esto es porque superaste la barrera del de-qué-estás-hablando-willis y te ganaste ver este video de una tortuga que ataca a un gato.

Con una sonrisa en la boca y algo de dolor de estómago es más fácil entender la trampa de la ideología. Entiendo la ideología como un conjunto de ideas sobre la realidad que nos permite alinearnos frente a la sociedad. La cuestión es que el profesor Z sostiene, muy parado sobre la tierra, que las ideologías existentes son mutuamente irreconciliables en el campo de acción de las ciencias sociales. Insiste, con razón, que abordar un problema, por decir algo, con una ideología marxista, hace imposible que también se analice desde un enfoque neoliberal. Definió el mundo académico como un ámbito cerrado que construye consensos a través de silencios, grupos que se manejan políticamente, librando batallas de poder para regir las instituciones. Además, ratifica que en la universidad casi no hay debate, ya que forma parte del aparato del Estado.

Yo todavía no entiendo bien este tema de la ciencia y la ideología, pero como a nadie le afecta lo que pienso me quiero animar a hacer una crítica sobre lo que percibe mi buen sentido. Llamo trampa de la ideología a la tendencia generalizada de aplicar modelos más o menos absolutos para la resolución de un problema. En otras palabras, creo que se subordina la razón y el buen sentido a la demanda de una comunidad científica, que impone un método de acuerdo con el contexto histórico, cultural y político del momento (estoy haciendo una apreciación parcial, pero por el momento es suficiente para llegar al punto). No respetar estos cánones (ora rígido, ora elástico), significa quedar fuera de la comunidad científica, ser un cualquiera, un ignorado que termina escribiendo sus frustraciones en un blog que no lee nadie. Esta situación hace difícil que surja la genialidad, la innovación, la creatividad, ya que la creación de conocimiento está sometida al ojo del gran hermano.

Es trampa por lo que acabo de comentar, y es de la ideología porque una herramienta fundamental para demarcar los métodos que se deben usar en la creación de conocimiento científico es, tanto en ciencias sociales como naturales, la ideología. En consecuencia, el problema a resolver queda dentro de este universo delimitado por la ideología impuesta, y se pierde un gran abanico de posibles soluciones, caminos, enfoques; en resumen, se pierde conocimiento. Esto que estoy comentando no es nuevo, varios autores comenzando por Kuhn e incluso antes escribieron al respecto, pero no pudieron despegarse de la trampa de la ideología. Probablemente si estos autores hubieran hecho las críticas pertinentes fuera de los cánones establecidos, no los hubieran tenido en cuenta.

Pienso que si elegimos la pastillita que nos transporta fuera de la Matrix, lo que implicaría, en principio, renunciar a cualquier clase de reconocimiento científico, podríamos constituir una nueva generación de investigadores. ¿Las bases?, tal vez partiríamos de algo sencillo, como la humanidad. Necesitaríamos relacionarnos bien: apelaremos al respeto; necesitaríamos comunicarnos bien: apelaremos a la empatía y al diálogo; necesitaríamos resolver un problema juntos: necesitaremos la mayor cantidad de enfoques posibles para elegir, por consenso, la mejor solución. Aunque estos principios románticos suenen imposibles en la práctica, no se trata de un ideal, sino del camino al perfeccionamiento individual. Un grupo es en cuanto a todos sus integrantes son. Si hay diferencias irreconciliables, habrá dos lineas de investigación sobre el mismo problema: ambas tendrán sus enfoques particulares. La consigna es simple: sacar el problema fuera del universo de una ideología a un nivel más elevado, donde se pueda examinar aplicando todo el conocimiento que esté al alcance.-

martes, 30 de abril de 2013

Comunicación china: primer round

Cada vez que voy de compras a un supermercado chino del barrio, intento ser amable con los dueños. No es una amabilidad totalmente inocente, debo admitir que hay cierta curiosidad que me impulsa a tratar de entender cuáles son los patrones chinos de conversación. Me gustaría compartir algunas observaciones.

En un principio, me acerqué a la caja y traté de ser condescendiente como lo sería con cualquier cajero de supermercado local. Luego de varios intentos el resultado fue contundente: chino no lesponde condescendencia. Sin embargo, hay distintas formas de responder o no responder, y el chino amenaza cualquier intento de observación al respecto ya que actúa caprichosamente, como ignorando que existo.

Mi primera conclusión fue lo evidente: diferencias lingüísticas y culturales respecto a la forma de saludar. No obstante, justo después de esa reflexión apresurada, entraron al supermercado dos hombres de mediana edad, dominicanos, que saludaron al chino con un español casi incomprensible para mí, y el chino los trató como si fuesen amigos de toda la vida, claramente ignorando lo que habían dicho, e ignorándome a mí que estaba esperando para pagar. Me sentí frustrado, ignorado, y maltratado como cliente. Esa sensación emergente de rencor que asomaba tímida contra el chino me hizo decirle, con una voz claramente irritada: - ¡Mirá la hora que es y todavía abierto, vos! Esa explosividad no tuvo sentido, fue una mera expresión de resignación y no esperaba que respondiese, sin embargo el chino se dio vuelta con una sonrisa ridículamente pronunciada y me gritó: ¡Muchio tlabajo!

Segunda conclusión: hay que llamarle la atención para que responda. Tal vez pronunciar claro, elevar levemente el tono de voz, hablarle sobre algo que le incumba. Sería más fácil verificar esta conclusión si hubiese entendido lo que dijeron los dominicanos, pero como eso no ocurrió tendré que aventurarme a hilar algunos fundamentos que elaboré empíricamente en posteriores intentos de comunicación con el chino. Una vez le hablé sobre las heladeras:
- ¡Hay un par de lácteos vencidos, te aviso por las dudas!, exclamé con la mejor cara que pude ofrecer.
- ¡Qué vencido, todo flesco!, ¡mostrame qué vencido!, me respondió bastante colérico.
Lo llevé hasta las heladeras y le mostré los lácteos vencidos. Esa fue la primera actividad que hice con el chino. En otra ocasión le pregunté si tenía arroz con leche: obtuve otra respuesta positiva al impulso, aunque no conseguí el arroz con leche que quería. La segunda conclusión comenzaba a cuadrar, cuando noté algo más que curioso. Su interés por responder a las preguntas que le hacía estaba supeditado a otras actividades de mayor prioridad. Por ejemplo, noté que es inútil preguntarle algo cuando está reparando la caja registradora, porque no sólo que no responderá, sino que me va a ignorar categóricamente, destacando con su actitud que la caja registradora es claramente más importante que yo. Este descubrimiento hizo que tambaleara la segunda conclusión, primero porque no puedo estar seguro que me ignorara por una cuestión de prioridades, y en segundo lugar porque si así fuera yo no paso el suficiente tiempo en el lugar como para comprobar la relación de prioridades.

Nuevamente estaba donde empecé. A veces me saludaba, a veces no. A veces me respondía, a veces no. A veces estaba particularmente conversador, a veces no. Entonces por casualidad, al pedirle que me diera dos sobres de queso rallado que sólo puede alcanzar él, me percaté de que miraba con cuidadosa atención los monitores de las cámaras de seguridad. Así, como una epifanía, surgió la tercera conclusión: las respuestas del chino dependen de lo alerta que esté por la seguridad de su negocio. Esta hipótesis comenzó a cobrar sentido cuando sumé el contexto que se cocina fuera del supermercado: una escuela secundaria con cientos de adolescentes en plena pubertad, turistas que pasan por el lugar una vez en su vida, obreros de toda clase que salen del trabajo y buscan refrescarse con cerveza y vino en cartón. Todos estos factores, más o menos aleatorios, convierten al chino en un objetivo sencillo de engañar.

Hoy por hoy sigo sosteniendo esta tercera hipótesis. El problema que tiene es similar al de la segunda: no paso el tiempo suficiente adentro del supermercado para observar cómo aumenta o baja la tensión del chino durante el transcurso del día. Tendré que esperar un día feriado que tenga muchas ganas de conseguir, digamos, almendras, para ir a comprar un paquete cada hora y media.-

lunes, 29 de abril de 2013

Cuatro verdades idealistas sobre las personas

Como ya nos enseñaron dos sabios en sus diálogos, existe la verdad¬¬, y la verdad^^. Por eso es importante darnos cuenta cuando la verdad^^ nos espute en los ojos y trata de ensartarnos una puñalada trapera por la espalda. Para defendernos necesitamos reconocer la verdad¬¬ sobre las personas con las que nos relacionamos, así lograremos evitar justificaciones absurdas.

Mi intención es exponer algunas de esas justificaciones absurdas que se encarnan en la verdad^^, y demostrar que la confianza idealista en la humanidad nos vuelve grandes odiadores. ¿Grandes odiadores de personas?, tal vez en algún caso, sin embargo es probable que dediquemos la mayor parte del tiempo a odiar sombras del pasado, del presente y del futuro.

Del romántico: va a cambiar
Esperar que alguien modifique su forma de actuar o pensar para tomar una decisión personal es, tal vez, una de las formas más extendidas del romanticismo contemporáneo. Cada acción habla de una persona y es un error desecharla sólo porque no cierra con la idea que nos hicimos. Proyectar una sombra al futuro nos hace vivir en un cuento de hadas, lleno de brujas, ogros, príncipes y princesas. Es como un cuento que nos conduce por distintas versiones de la historia, sin culminar con un final: nos garantiza que cada nuevo final alternativo nos regalará una decepción; cada nuevo giro que sigamos en la historia nos dejará esa sensación amarga de haber vivido la vida de otro.

De la milonga: antes no era así
Aparece el famoso "todo pasado fue mejor". Es curioso que no nos percatamos de la incoherencia de esta frase: por supuesto que antes de que algo ocurra, no tenemos conocimiento de ese acontecimiento  Nos empeñamos en preservar en un pedestal la primera impresión inmaculada de una persona, sin embargo sólo guardamos en formol el cuerpo muerto de una sombra del pasado. Las relaciones de esta naturaleza son asimétricas en todo sentido, ya que no sólo se trata de juzgar a alguien por una imagen de su pasado, sino que a menudo esa imagen tampoco es realista; quien tiende a sublimar la idea de una persona, también fabrica gran parte de esa imagen.

De la mascota: conmigo es bueno
Un desliz moral que surge de los impulsos más primitivos. La imposibilidad de ser crítico con alguien ante hechos evidentes es una peligrosa negación que puede devenir en escenarios cuanto menos funestos. Esta justificación oculta nuestro propio juicio tras la sombra presente de un desconocido. Lleva implícito un gran miedo, como la sensación de pesadilla cuando sabemos que alguien vendrá a buscarnos. Escapar de este hechizo implica reconocer el miedo, enfrentarlo, explotarle los ojos con los dedos, cortarle la cabeza con las manos.

Del convaleciente: hay peores
El conformismo es una expresión de estancamiento, típico en una enfermedad que avanza y retrocede suavemente. La vida, entendida como lo que experimentamos en la cotidianidad, es variación, movimiento, es un baile entre lo que fuimos ayer y lo que seremos mañana. Ignorar u omitir estos cosquilleos nos reducen a la mediocridad, a la parálisis emocional, al abismo. Esta clase de justificación es peligrosa para la moral: en el momento que necesitamos comparar contra lo peor, el horizonte de lo peor se aleja y supera los límites de nuestro propio sufrimiento, que irá volviéndose más profundo cuanto más nos acercamos al abismo. En efecto, esta sombra es la más oscura de todas las sombras porque no va hacia el pasado, no convive en el presente, no se proyecta hacia el futuro: es una sombra sin tiempo, proyectada sobre la oscuridad.

Como dijo un poeta contemporáneo: los ojos ciegos bien abiertos.-

viernes, 26 de abril de 2013

Acción y reacción(arismo)

Según la tercera ley de Newton, con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto. Esto no tiene relación directa con lo que me interesa comentar, pero me pareció que el título pega y quería justificarlo con la primera frase.

Revolución y reaccionarismo, liberalismo y absolutismo, progreso y conservadurismo, son corrientes de pensamiento diametralmente opuestas que básicamente enfrentan un poder nuevo contra un poder ya establecido (esto es un blog, así que voy a hacer reduccionismos burdos y no voy a usar definiciones formales, metasofistas abstenerse). En la historia, desde la Revolución Francesa, estas corrientes suelen verse representadas por dos grupos de poder: uno establecido y otro en pleno surgimiento. Ambos grupos luchan por ganarse al pueblo, o sea los pobres diablos como nosotros que necesitamos trabajar para sobrevivir, y dependemos de las promesas de mejora para perfilar nuestra existencia. Las revoluciones sin apoyo del pueblo suelen fracasar porque no tienen fuerza de choque, o capital político si se prefiere un eufemismo ridículo.

Lo que me gustaría destacar sobre esto es la cuestión de la metamoral del pueblo. Por un montón de razones que no pretendo desarrollar (acá es donde subordino el "por qué" al buen sentido), observo que el pueblo, o sea nosotros, tendemos a variar nuestros valores en función de cuestiones más o menos arbitrarias. Estas variaciones pueden fluctuar dependiendo de las condiciones del entorno, pero tienen una característica común: están acotadas a un pensamiento colectivo, carecen de reflexión activa y son tan volátiles como las circunstancias que las generan. Sin embargo, estos lapsus de inconsciencia moral producen cambios invisibles y permanentes que terminan transformando la moral y las relaciones de las personas que los padecen.

Ejemplo clásico: político Z aumenta los impuestos. Esto en principio no nos importaría si no nos afectara. En el mejor de los casos nos indignaríamos un par de días y todo volvería a la normalidad: no habría un cambio de actitud frente a este nuevo escenario impositivo. Por otro lado, si esta medida nos afectara directamente la situación se vuelve más compleja. Podrían suceder varias cosas: si estamos sólo un poco comprometidos, podríamos hacer un juicio de valor superficial y tildar al funcionario Z de incompetente; dispersaríamos la opinión cada vez que tengamos oportunidad. En principio esto no tiene impacto permanente más allá de algún que otro conocido que deje de hablarnos; el impacto es desde afuera hacia nosotros. En cambio, si estamos altamente comprometidos, es decir, si vamos a tener que realizar acciones porque este impuesto afecta directamente nuestra forma de vida, el juicio de valor deja de ser superficial y se decora con las emociones que empiezan a volverse más intensas. Esta intensidad emocional que surge naturalmente ante una situación de injusticia es la llave a nuestra estructura moral: dejamos entrar profundamente nuevos juicios, de ser necesario transformamos valores para que los juicios se adapten a la estructura moral. Este proceso es irreversible por varias razones. En principio, porque los impuestos no van a volver a bajar (carácter transitivo de una situación irreversible), pero también porque restaurar la estructura moral significa un trabajo duro de reflexión que, si no identificamos como necesario, nunca realizaremos.

No sólo el pueblo sufre el problema de la metamoral, existe en todos los escalafones de poder, a cualquier nivel, pero es el pueblo quien no tiene opciones para mitigar o incluso contrarrestar, cual vacuna, el surgimiento de la metamoral. Cuanto más intensas las emociones, cuanto menos herramientas para rechazar la sensación de injusticia, más profundo penetra la metamoral. La consecuencia directa de este virus, entre otras cosas, es la falta de coherencia en la forma de actuar y relacionarse con las otras personas; la dificultad de establecer patrones en lugar de juicios; el rechazo que surge ante ciertos grupos que parecieran involucrados en la injusticia y, en casos más extremos, el fundamentalismo que subordina a la reflexión.

Pienso que esta metamoral aparece ya en las relaciones individuales, pero el caso de la metamoral del pueblo me resulta paradigmático, porque nos define como sociedad y construye lentamente la idiosincrasia.-

Cómo empezó mi obsesión por el fin del mundo

Era muy chico... yo estaba jugando tranquilo en el patio y de la nada apareció ese ratón orejudo y... no, mentira, no estoy obsesionado con el fin del mundo, simplemente me gusta pensar realidades alternativas donde nos escapamos de criaturas que tratan de exterminar a la humanidad.

Sin embargo, la idea de este blog es documentar la consecuencia de esa tendencia inútil de imaginar mundos paralelos: una interpretación subjetiva de los problemas cotidianos que nos aquejan, desde una perspectiva humanista. Por supuesto, la clave está en la palabra subjetiva, y eso es lo que es impredecible incluso para mí.

Lo que puedo comentar como preludio es que me inclino a tener una visión holística y pragmática de las cosas que pasan, e interpreto los hechos colocando un poco de fantasía alrededor. ¿Por qué?, tal vez porque disfruto usar la imaginación, tal vez porque me aburre la vida cotidiana, tal vez porque no quiero ver la realidad tal como es. Justamente "¿por qué?" es una pregunta que me voy a hacer poco cuando se trata de discernir los hechos. "¿Por qué?" va a aparecer más tarde, cuando el plato esté vacío y ya no me pueda escupir la comida, y sólo en la medida que sea necesario. ¿Por qué?, porque pienso que "¿por qué?" dispara toda una serie de mecanismos racionales que tratan de modelar la realidad y subordinarla a los recuerdos, la cultura, el ánimo del momento, y prefiero que todos estos factores intervengan cada cual desde su lugar, y no desde la famosa razón pura que tantos dolores de cabeza nos trae al ignorar una porción importante del universo.

Una confesión: siempre tuve problemas para cerrar un post en.-