martes, 21 de mayo de 2013

La oscuridad de la información

“Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?”
La República, VII
Platón

En el mito de la caverna, Platón explica la dificultad que implica alcanzar el conocimiento verdadero acerca del mundo que nos rodea. Se necesita a alguien que oficie de guía hacia ese conocimiento a través de un camino que paulatinamente ilumine nuestro entendimiento, y finalmente nos permita descubrir la verdad. Esta idea, desarrollada en el marco de La República, representa la concepción platónica de una educación integral que fomente el buen vivir dentro del Estado. Hoy, muchos siglos después, nos encontramos en la era de la información: una época donde el acceso a la información se ha masificado, donde la oscuridad absoluta de la caverna se transformó en un  permanente destello enceguecedor. No obstante, el paso de la oscuridad de la caverna a la luz de la información masiva tiene características particulares que ameritan una interpretación nueva, actual, de una alegoría que aún hoy sigue vigente.

Para realizar un acercamiento a los inconvenientes que presenta el mundo de la información, es necesario comprender cuáles son los mecanismos que utilizamos para asimilar nuevo conocimiento. Según Platón, todo lo que conocemos se reduce a lo que recordamos, y todo nuevo conocimiento adquirido en el mundo sensible es dirigido por un recuerdo evocado desde el alma inmortal, que conserva el conocimiento entre vidas. Las corrientes del conocimiento que surgieron a lo largo del siglo XX tienen una consonancia sorprendente con esta teoría platónica de la reminiscencia. Tomemos como ejemplo el aprendizaje significativo de Ausubel: podemos asimilar nuevo conocimiento en la medida que este se logre articular con nuestra base cognitiva, es decir, cuando los signos, símbolos, conceptos o proposiciones que contiene el nuevo conocimiento se pueden contrastar contra nuestra propia experiencia cognitiva. Dentro de este marco, la oscuridad de la caverna demuestra la falta de registro consciente de esa base cognitiva, lo que resulta en un aprendizaje más o menos arbitrario, no dirigido, insustancial, lo que Platón llamaría conocimiento sofista. Este escenario dramático saca a la luz un dilema importante: ¿deben aquellos que tienen sus ojos acostumbrados a la luz tratar de desatar a aquellos que continúan su vida prisioneros en la profundidad de la caverna?. Platón va a sostener que los hombres de la caverna no querrán, bajo ninguna circunstancia, seguir los pasos de quien vio la luz. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en el contexto de La República platónica, este ser que vio la luz representa al ideal de gobernante. En un contexto más amplio como es una sociedad, el dilema se vuelve más complejo ya que, en menor o mayor medida, las relaciones dentro de la comunidad dependen de cada individuo particular.

La era de la información masiva transformó el dilema de los hombres de la caverna. Para ilustrarlo podemos partir de dos momentos históricos: por un lado, la última década del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuando las potencias se disputaban la hegemonía tecnológica, impulsada por la guerra y la búsqueda de la dominación de los mercados. En esta etapa la tecnología era un atributo casi exclusivo del Estado, la industria y las universidades. Por otro lado, en la segunda mitad del siglo XX, la tecnología llegó a los hogares. Esta segunda etapa fue la que inició un éxodo desde la oscuridad de la caverna hacia el caos de la información masiva. Desde entonces, el acceso a la información se expandió a una velocidad tal, que cincuenta años después no concebimos el mundo sin acceso a la información mediante la televisión, la radio, internet, o cualquiera de los medios masivos. Hoy confiamos en que la información estará disponible en el momento que necesitemos consultarla.

Este nuevo paradigma plantea un giro en el dilema del conocimiento: ¿deben aquellos cuyos ojos están acostumbrados a la luz pedirle a estos nuevos prisioneros encandilados que observen el lago, que traten de contemplar el reflejo níveo de la luna y las estrellas en la noche?. En un principio podríamos aventurarnos a una respuesta positiva, ya que aparentemente es un campo más fértil que el de los prisioneros de la oscuridad que sólo vislumbraban la sombra del conocimiento. Sin embargo, en este caso el conocimiento está desordenado, es frágil como una hoja seca, no consta de un cimiento fuerte que surja de una convicción, de una creencia firme sobre la realidad. El desafío es aún mayor: mientras que con los hombres de la oscuridad el reto era lograr adaptar su experiencia previa al conocimiento verdadero, en los prisioneros de la luz el desafío es construir y ordenar esa experiencia, para que sean capaces de asimilar el conocimiento. ¿Y quién es la persona indicada para ordenar esa experiencia?. Platón postularía al filósofo, una figura que entiende cuál es el camino hacia el bien en sí, cuya existencia está destinada a alcanzar ese conocimiento verdadero a través del logos. La cosmología griega del período platónico expresaba un orden absoluto, representaba una jerarquía que abarcaba toda la naturaleza, y el hombre como parte de ella. El filósofo perseguía lo más elevado de esta cosmología: un hombre dedicado a cultivar todo lo bueno, todo lo bello, el prisionero de la caverna que llega a ver el sol y a alcanzar la verdad. ¿Cómo es el filósofo o el sabio de la era de la información?

La idea del bien como el objeto más adecuado para el alma y causa de la realidad, perfección y verdad de las cosas, debe ser interpretada dentro del nuevo paradigma de la información. Los valores antiguos, heredados principalmente por la ética cristiana, fueron transmutados durante el proceso de secularización que comenzó hace poco más de dos siglos con la caída del feudalismo. Sin entrar en un análisis de la ética, podemos mencionar que los valores vigentes son distintos a los griegos o a los cristianos, aunque fuertemente influenciados por ellos. En consecuencia, la idea del bien ya no es absoluta, ya no podemos hablar de una idea del bien, sino de una idea del bien relativa a factores más amplios, y resulta difícil caracterizar al filósofo en relación a una verdad absoluta. Tal vez es pertinente rescatar la idea socrática del daimon interior, una entidad independiente del individuo pero que lo afecta desde dentro, lo que permite poner en contacto lo individual con la divinidad. Esta apreciación nos brinda un nuevo universo de la idea del bien, ya que es el daimon el que nos guía hacia el bien en sí. Por lo tanto, el filósofo de la luz debe reconocer y desarrollar su daimon, lo que podríamos identificar como esa base cognitiva, esa experiencia caótica que debe ser ordenada. Cuanto más cerca esté el filósofo de su daimon, tanto más verdadero será el conocimiento que asimile.-

jueves, 16 de mayo de 2013

Coplas de un payador perseguido

La poesía del folklore argentino es una de las más conmovedoras que leí. No es nada novedoso, esta clase de música existe desde que existe el campo y hoy suele ser rechazada como un estilo apelmazado y vetusto. Sin embargo, estas canciones son fuentes de identidad. Hablan sobre la vida en el campo, los códigos, las costumbres, los problemas. Retratan personas comunes, situaciones cotidianas, y nos pueden brindar con su poesía un escenario mucho más real de lo que encontraríamos en una película o libro de historia. Creo que es la forma más pura de la cultura de una nación.

En contraposición tenemos las grandes ciudades, que ignoran su falta de identidad y, cada tanto, manifiestan la identidad extraviada en grandes olas de neurosis colectiva. Incluso símbolos fuertes de marca cultural como lo es el tango para la ciudad de Buenos Aires, son vaciados y transformados en lugares comunes, y relegados a una minoría que lo disfruta auténticamente. ¿Entonces vivimos sin identidad?, supongo que eso es imposible. Hay cosas que nos afectan, que nos llevan a tomar decisiones, y esas cosas están relacionadas con una identidad colectiva. Tal vez esa identidad va lentamente desplazándose hacia lugares más y más individuales: el trabajo, los amigos, la familia, las tribus urbanas. Creo vehementemente que necesitamos una identidad cultural para mejorar como sociedad, por eso pienso que volver a las raíces, ya sea sólo para conocer cómo funcionaban las cosas, cómo pensaban nuestros abuelos, qué sentían, qué problemas tenían, es uno de los caminos posibles para recuperar esa identidad disuelta en la vorágine de una ciudad cosmopolita.

Coplas del payador perseguido


Con permiso voy a entrar aunque no soy convidao
pero en mis pagos un asado no es de naides y es de todos
yo voy a cantar a mi modo después que haya churrasqueao.

Yo se que muchos dirán que peco de atrevimiento
si largo mi pensamiento pal rumbo que ya elegí
pero... siempre he sido así, galopiador contra el viento.

La sangre tiene razones que hacen engordar las venas
pena sobre pena y pena hacen que uno pegue el grito
la arena es un puñadito, pero hay montañas de arena.

No se si mi canto es lindo o si saldrá medio triste
nunca fuí zorzal ni existe, plumaje mas ordinario
yo soy pájaro corsario que no conoce el alpiste.

Vuelo porque no me arrastro, que el arrastrarse es la ruina
anido en árbol de espina lo mesmo que en cordillera,
sin escuchar la zonzera del que vuela lo gallina.

No me arrimo así nomá, a los jardines floridos
sin querer vivo alvertido pa no pisar el palito
hay pájaros que solitos se entrampan por presumidos.

Aunque mucho eh traqueteado no me engrilla la prudencia
es una falsa experiencia vivir temblándole a todo
cada cual tiene su modo, la rebelión es mi ciencia.

Yo soy de los del montón, no soy flor de invernadero
igual que el trébol campero crezco sin hacer barullo,
me apreto contra los yuyos y así lo aguanto al pampero.

Acostumbrado a las sierras yo nunca me se marear
y si me siento a alabar me voy yendo despacito,
pero aquel que es compadrito paga pa hacerse nombrar.

Si me dicen señor agradezco el homenaje
mas soy gaucho entre el gauchaje y soy nadie entre los sabios
y son para mi los agravios que le hagan al paisanaje.

La vanidad es yuyo malo que envenena toda huerta
es preciso estar alerta manejando el asador
pero no falta el varón que la riega hasta en su puerta.

El trabajo es cosa buena, es lo mejor de la vida
pero la vida es perdida trabajando en campo ajeno
unos trabajan de trueno, y es para otros la llovida.

El estanciero presume de gauchismo y arrogancia
el cree que es extravagancia que su peón viva mejor.
mas no sabe ese señor que por su peón tiene estancia.

El que tenga sus reales hace muy bien en cuidarlos
pero si quiere aumentarlos que a la ley no se haga el sordo
que en todo puchero gordo los choclos se vuelven malo.

Yo vengo de muy abajo y muy arriba no estoy
al pobre mi canto doy y así lo paso contento
porque estoy en mi elemento y ahí valgo por lo que soy.

Cantor que canta a los pobres ni muerto se ha de callar
pues ande vaya a para el canto de ese cristiano,
no ha de faltar el paisano que lo haga resucitar.

Si alguna vuelta he cantado ante panzudos patrones
he picaneado las razones profundas del pobrerío
yo no traiciono a los míos por palmas y patacones.

Si uno canta coplas de amor, de potros, de domador,
del cielo y de las estrellas
dicen que cosa mas bella, si canta que es un primor!

Pero si uno como Fierro por ahi se larga opinando
el pobre se va acercando con las orejas alertas
y el rico vicha la puerta y se aleja reculando.

Tal vez alguien haya rodado tanto como rodé yo
pero le juro créamelo!, que ví tanta pobreza
que yo pensé con tristeza, Dios por aquí y no pasó.

Nadie podrá señalarme que canto por amargao
si he pasao las que he pasao quiero servir de advertencia
el rodar no sera cencia, pero tampoco es pecao.

Amigos voy a dejarlos
está mi parte cumplida
en la forma preferida de una milonga pampeana
canté de manera llana ciertas cosas de la vida.

Ahura me voy no sé adonde
pa mí todo rumbo es bueno
los campos con ser ajenos los cruzo de un galopito
guarida no necesito yo se dormir al sereno.

Y aunque me quiten la vida
o engrillen mi libertad
o aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones
han de vivir mis canciones en el alma de los demás.

No me nuembren que es pecao
y no comenten mis trinos
yo me voy con mi destino pal lao donde el sol se pierde
tal vez alguno se acuerde que aquí cantó un argentino.


sábado, 11 de mayo de 2013

Las modas de la razón

"Tenés razón", "suena razonable", "se comportó irracionalmente", "me da razones para pensar así". Todas son frases cotidianas que apelan a la razón como un valor que parece ser natural en la gente. Y parece mal, porque aunque resulte sorprendente, la razón es un valor social relativamente nuevo, sobre todo como lo entendemos nosotros. Comenzó a nacer a la luz de la Iluminación, en el siglo XVII, y se consolidó en el siglo XIX con la aparición de una clase media con valores muy parecidos a los que conocemos hoy. En nuestra vida cotidiana usamos la razón como unidad de medida de muchas cosas: la inteligencia, la ciencia, las relaciones humanas, e incluso las emociones, entre otras. El Principito notó este problema hablando con el hombre de negocios:

- Buen día – dijo el principito. – Su cigarrillo está apagado.
- Tres y dos son cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. Buenos días. Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de volver a encenderlo. Veintiséis y cinco treinta y uno. Uf! Eso da entonces quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
- Quinientos millones de qué ?
[...]
- Millones de esas pequeñas cosas que se ven a veces en el cielo.
- Moscas ?
[...]
- Pero no. De esas pequeñas cosas doradas que hacen soñar a los holgazanes. Pero yo soy una persona seria ! No tengo tiempo para ensoñaciones.
- Ah! estrellas ?
- Sí, eso. Estrellas.
- Y qué haces con quinientos millones de estrellas ?
[...]
- Nada. Las poseo.
- Posees las estrellas ?
- Sí.
[...]
- Y para qué te sirve poseer las estrellas ?
- Me sirve para ser rico.
- Y para qué te sirve ser rico ?
- Para comprar más estrellas, si alguien encuentra.
Éste, se dijo el principito, razona un poco como mi borracho.

La razón a veces se aleja TANTO del sentido común, que parece un niño en pleno proceso de aprendizaje: tan inocente, tan confundida que produce ternura. Ideas como el control racional de las emociones o la racionalización de la fe resultan tan frescas que dan cosquillas. Demosle a la razón su lugar. Aceptemos que no es un valor universal. Asumamos que no todo se puede explicar, que hay eventos fortuitos y aleatorios, que la vida cotidiana es un proceso de evolución hacia el futuro incierto. Colocar a la razón en el lugar correcto nos vuelve personas más reflexivas y auténticas. Auténticas porque somos más que razón: nos afectan deseos, emociones, pasiones, el clima, las ideas, lo que hacen otras personas.

¿Qué pasaría si consideraramos a la razón como un valor estético, como una moda?. Hace doscientos años era irracional contradecir el orden divino que designaba a un rey; hace ciento cincuenta años era irracional pensar en una clase obrera que accediera a la educación; hace cien años era irracional que las mujeres usaran polleras por arriba de los tobillos; hace cincuenta años era irracional pensar que el hombre vería suelo de marte. Hoy es irracional pensar que exista algo como la pureza de la raza. Es que razón y sentido común se confunden tan a menudo, que se excluye de la sociedad y se recluye a los irracionales del momento. Si vemos a la razón como una moda, el cambio y la multiplicidad son mucho más naturales. Podrían existir muchas razones, múltiples paradigmas de pensamiento y estructuras cognitivas. Así le abriríamos la puerta a nuestro olvidado amigo, el absurdo.

¿Por qué tenemos tan poco interiorizado el absurdo? Las personas hacemos cosas porque sí. Si bien podríamos intentar un análisis psicológico de cualquier acción, en definitiva son sólo especulaciones: la psicología real sólo afecta al sujeto. Así que entendamos el absurdo como esas cosas que hacemos y no podemos explicar. La clave del absurdo es que no se quiere explicar. El absurdo no es reflexivo, y aunque a veces tenga ciertos momentos de consciencia, estos lapsos son tan vagos como una picazón que nos rascamos involuntariamente. Y la razón está presente, pero sólo adopta el lugar del titiritero que mueve los hilos mientras el muñeco no tiene registro de su existencia.

Usemos la razón como herramienta, dejemos de medirnos por este valor. Transformemonos en seres completos, íntegros, dandole lugar a la multiplicidad de sensaciones e ideas que pululan por la vida.-

viernes, 3 de mayo de 2013

La Logia de las Flores

Todas las tardes son normales en el país de los ogros: niños que van y vienen colgados en las cintas transportadoras, luciendo una etiqueta en la frente que indica cuál es la maduración estimada. En el país de los ogros, un kilo de niño cuesta cinco favores. Diez favores equivale a un animal del bosque, ya sea un ciervo o un jabalí, y cien favores son una hija mujer, porque gritan más de lo que cazan. Con diez hijas mujeres se puede armar una cinta transportadora de niños, y cuando el capital de niños asciende a unos diez mil favores, el ogro puede arrendar su propio pantano.

En el país de los ogros, todo es frío y taciturno. Una serie de pantanos dispersos lo vuelven una trampa mortal para quien no conozca los caminos. Desplazarse entre juncos, matorrales y árboles de tronco retorcido no representa un problema para los ogros, que al contrario, tratan de cerrar el acceso a sus pantanos, por lo que si existe algo parecido a un camino se formó por mero accidente. Desde que llegaron las máquinas, los ogros comenzaron a competir por la producción de niños. Cuando el Capitán Hobbs llegó al pantano de Joro el ogro, logró persuadirlo de que no lo comiese prometiéndole un mercado constante de niños. Además de salvar la mitad de sus extremidades, Hobbs introdujo un negocio que rápidamente se extendió por todos los pantanos.

En el ecosistema contemporáneo de un ogro suelen convivir animales de la selva, en general utilizados para diversión más que para alimento (excepto en épocas de hambre), una o más máquinas de niños, la cantidad de hijas que el ogro pueda comprar para trabajar en las líneas transportadoras, y al menos un animal doméstico que es usado como alarma. Cuando la densidad de población aumenta, cada ogro se encarga de comerse el excedente de su pantano, aunque a veces se comen a uno que otro habitante por aburrimiento. Los niños llegan por un sistema de tuberías que se extiende desde los límites navegables del pantano hasta los graneros donde se procesan; como no hay garantías de que un ogro no se coma a un humano por más viejo y huraño que sea, los comerciantes concluyeron que es mejor no acercarse a entregar la mercadería. Una de las últimas mejoras que se introdujo en el sistema de entrega es la cortina de barro: un pequeño afluente de tierra y barro que se encarga de ensuciar a los niños dentro de las tuberías, ya que algunos ogros se quejaban de que los colores solían distraer a las hijas que trabajan en las líneas.

Cuentan que una vez, antes de implementar la cortina de barro, una de las hijas escondió a un niño que le pareció simpático. El niño, cuya etiqueta en la frente marcaba "7", tenía en el bolsillo un puñado de semillas. Al final de la jornada laboral, cuando se disponía a dormir recostada en el suelo, al lado de la línea transportadora, sacó al niño de la caja donde lo había escondido y lo examinó con delicada curiosidad. Molesta por la oscuridad y por el hedor general que no la dejaba oler bien al pequeño, quebrantó las reglas y salió afuera del granero en busca de un espacio más neutral. Unos minutos después, el ogro escuchó el llanto del niño y encontró a la hija oliéndolo, lamiéndolo, presionando su carnecita para ver qué respuesta tenía. Por supuesto, el ogro se comió a la hija y colocó nuevamente al niño en el granero, pero no se percató de que las semillas que estaban en el bolsillo del chiquillo cayeron en su jardín.

Al día siguiente, cuando el ogro se levantó a desayunar, olió algo repugnante que provenía del jardín. Después de un grito furioso se asomó a la ventana y vio lo más espantoso que podría imaginarse: flores de muchos colores y perfumes nacían tímidas de la tierra. Enfermo de ira fue hasta el jardín y las pisó, y las arrancó, y las cubrió del bilis. Sin embargo, no sería tan sencillo deshacerse de las flores. Pasaron varios meses y las flores se extendieron por los pantanos. Los ogros llenaron de fango sus jardines, regaron sus dominios con sangre de animales, cambiaron el curso de los sumideros para que pasaran sobre las flores. Nada lograba deshacerse de las flores por lo que la comunidad, primera vez en la historia unida por un problema común, terminó pidiendo ayuda a los comerciantes. Finalmente un comerciante de apellido Mule descubrió que existía una logia de marineros que se encargaba de colocar las semillas en los bolsillos de los niños, justo antes de meterlos en las tuberías de entrega. Un ogro se comió a Mule culpándolo de la situación, pero a partir del descubrimiento de la Logia de las Flores los niños llegaron limpios de semillas, y otro comerciante inventó la cortina de barro para evitar la distracción de las trabajadoras.-

jueves, 2 de mayo de 2013

Amestris

Enterraste los corazones de tus niños, Amestris.
Bajo el fango despiadado laten sus ojos,
y se abrigan en la noche con la piel que te arrancaron.
Mientras sus gargantas respiran el barro,
el espíritu hostil se acerca
cantando al son de sus espasmos.
Tu rostro esboza una sonrisa cuando siente su presencia,
la paz de la noche blanca agita el aire,
transforma tu silencio en un gemido suave
que se mece y se pierde en el eco del sepulcro.
Anegada de felicidad bailas desnuda,
rodeando el suelo que late furioso, solitario,
al ritmo de las estrellas que dibuja la lluvia
golpeando sobre pequeños corazones rotos.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Learn to fly

Mirar videos de aterrizajes difíciles me ayuda a percatarme que no somos nada: no somos nada. También me despierta una fascinación por entender por qué una ideología que concuerde con nuestra forma de pensar se encarna en nosotros con tanta facilidad.

Hoy mi profesor de Epistemología de las Ciencias Sociales (de aquí en adelante Z) hizo una crítica de los paradigmas que definen a la ciencia desde 1900 hasta 1965. Sé que luego de la oración anterior la mayoría cerró la ventana; si estás leyendo esto es porque superaste la barrera del de-qué-estás-hablando-willis y te ganaste ver este video de una tortuga que ataca a un gato.

Con una sonrisa en la boca y algo de dolor de estómago es más fácil entender la trampa de la ideología. Entiendo la ideología como un conjunto de ideas sobre la realidad que nos permite alinearnos frente a la sociedad. La cuestión es que el profesor Z sostiene, muy parado sobre la tierra, que las ideologías existentes son mutuamente irreconciliables en el campo de acción de las ciencias sociales. Insiste, con razón, que abordar un problema, por decir algo, con una ideología marxista, hace imposible que también se analice desde un enfoque neoliberal. Definió el mundo académico como un ámbito cerrado que construye consensos a través de silencios, grupos que se manejan políticamente, librando batallas de poder para regir las instituciones. Además, ratifica que en la universidad casi no hay debate, ya que forma parte del aparato del Estado.

Yo todavía no entiendo bien este tema de la ciencia y la ideología, pero como a nadie le afecta lo que pienso me quiero animar a hacer una crítica sobre lo que percibe mi buen sentido. Llamo trampa de la ideología a la tendencia generalizada de aplicar modelos más o menos absolutos para la resolución de un problema. En otras palabras, creo que se subordina la razón y el buen sentido a la demanda de una comunidad científica, que impone un método de acuerdo con el contexto histórico, cultural y político del momento (estoy haciendo una apreciación parcial, pero por el momento es suficiente para llegar al punto). No respetar estos cánones (ora rígido, ora elástico), significa quedar fuera de la comunidad científica, ser un cualquiera, un ignorado que termina escribiendo sus frustraciones en un blog que no lee nadie. Esta situación hace difícil que surja la genialidad, la innovación, la creatividad, ya que la creación de conocimiento está sometida al ojo del gran hermano.

Es trampa por lo que acabo de comentar, y es de la ideología porque una herramienta fundamental para demarcar los métodos que se deben usar en la creación de conocimiento científico es, tanto en ciencias sociales como naturales, la ideología. En consecuencia, el problema a resolver queda dentro de este universo delimitado por la ideología impuesta, y se pierde un gran abanico de posibles soluciones, caminos, enfoques; en resumen, se pierde conocimiento. Esto que estoy comentando no es nuevo, varios autores comenzando por Kuhn e incluso antes escribieron al respecto, pero no pudieron despegarse de la trampa de la ideología. Probablemente si estos autores hubieran hecho las críticas pertinentes fuera de los cánones establecidos, no los hubieran tenido en cuenta.

Pienso que si elegimos la pastillita que nos transporta fuera de la Matrix, lo que implicaría, en principio, renunciar a cualquier clase de reconocimiento científico, podríamos constituir una nueva generación de investigadores. ¿Las bases?, tal vez partiríamos de algo sencillo, como la humanidad. Necesitaríamos relacionarnos bien: apelaremos al respeto; necesitaríamos comunicarnos bien: apelaremos a la empatía y al diálogo; necesitaríamos resolver un problema juntos: necesitaremos la mayor cantidad de enfoques posibles para elegir, por consenso, la mejor solución. Aunque estos principios románticos suenen imposibles en la práctica, no se trata de un ideal, sino del camino al perfeccionamiento individual. Un grupo es en cuanto a todos sus integrantes son. Si hay diferencias irreconciliables, habrá dos lineas de investigación sobre el mismo problema: ambas tendrán sus enfoques particulares. La consigna es simple: sacar el problema fuera del universo de una ideología a un nivel más elevado, donde se pueda examinar aplicando todo el conocimiento que esté al alcance.-

martes, 30 de abril de 2013

Comunicación china: primer round

Cada vez que voy de compras a un supermercado chino del barrio, intento ser amable con los dueños. No es una amabilidad totalmente inocente, debo admitir que hay cierta curiosidad que me impulsa a tratar de entender cuáles son los patrones chinos de conversación. Me gustaría compartir algunas observaciones.

En un principio, me acerqué a la caja y traté de ser condescendiente como lo sería con cualquier cajero de supermercado local. Luego de varios intentos el resultado fue contundente: chino no lesponde condescendencia. Sin embargo, hay distintas formas de responder o no responder, y el chino amenaza cualquier intento de observación al respecto ya que actúa caprichosamente, como ignorando que existo.

Mi primera conclusión fue lo evidente: diferencias lingüísticas y culturales respecto a la forma de saludar. No obstante, justo después de esa reflexión apresurada, entraron al supermercado dos hombres de mediana edad, dominicanos, que saludaron al chino con un español casi incomprensible para mí, y el chino los trató como si fuesen amigos de toda la vida, claramente ignorando lo que habían dicho, e ignorándome a mí que estaba esperando para pagar. Me sentí frustrado, ignorado, y maltratado como cliente. Esa sensación emergente de rencor que asomaba tímida contra el chino me hizo decirle, con una voz claramente irritada: - ¡Mirá la hora que es y todavía abierto, vos! Esa explosividad no tuvo sentido, fue una mera expresión de resignación y no esperaba que respondiese, sin embargo el chino se dio vuelta con una sonrisa ridículamente pronunciada y me gritó: ¡Muchio tlabajo!

Segunda conclusión: hay que llamarle la atención para que responda. Tal vez pronunciar claro, elevar levemente el tono de voz, hablarle sobre algo que le incumba. Sería más fácil verificar esta conclusión si hubiese entendido lo que dijeron los dominicanos, pero como eso no ocurrió tendré que aventurarme a hilar algunos fundamentos que elaboré empíricamente en posteriores intentos de comunicación con el chino. Una vez le hablé sobre las heladeras:
- ¡Hay un par de lácteos vencidos, te aviso por las dudas!, exclamé con la mejor cara que pude ofrecer.
- ¡Qué vencido, todo flesco!, ¡mostrame qué vencido!, me respondió bastante colérico.
Lo llevé hasta las heladeras y le mostré los lácteos vencidos. Esa fue la primera actividad que hice con el chino. En otra ocasión le pregunté si tenía arroz con leche: obtuve otra respuesta positiva al impulso, aunque no conseguí el arroz con leche que quería. La segunda conclusión comenzaba a cuadrar, cuando noté algo más que curioso. Su interés por responder a las preguntas que le hacía estaba supeditado a otras actividades de mayor prioridad. Por ejemplo, noté que es inútil preguntarle algo cuando está reparando la caja registradora, porque no sólo que no responderá, sino que me va a ignorar categóricamente, destacando con su actitud que la caja registradora es claramente más importante que yo. Este descubrimiento hizo que tambaleara la segunda conclusión, primero porque no puedo estar seguro que me ignorara por una cuestión de prioridades, y en segundo lugar porque si así fuera yo no paso el suficiente tiempo en el lugar como para comprobar la relación de prioridades.

Nuevamente estaba donde empecé. A veces me saludaba, a veces no. A veces me respondía, a veces no. A veces estaba particularmente conversador, a veces no. Entonces por casualidad, al pedirle que me diera dos sobres de queso rallado que sólo puede alcanzar él, me percaté de que miraba con cuidadosa atención los monitores de las cámaras de seguridad. Así, como una epifanía, surgió la tercera conclusión: las respuestas del chino dependen de lo alerta que esté por la seguridad de su negocio. Esta hipótesis comenzó a cobrar sentido cuando sumé el contexto que se cocina fuera del supermercado: una escuela secundaria con cientos de adolescentes en plena pubertad, turistas que pasan por el lugar una vez en su vida, obreros de toda clase que salen del trabajo y buscan refrescarse con cerveza y vino en cartón. Todos estos factores, más o menos aleatorios, convierten al chino en un objetivo sencillo de engañar.

Hoy por hoy sigo sosteniendo esta tercera hipótesis. El problema que tiene es similar al de la segunda: no paso el tiempo suficiente adentro del supermercado para observar cómo aumenta o baja la tensión del chino durante el transcurso del día. Tendré que esperar un día feriado que tenga muchas ganas de conseguir, digamos, almendras, para ir a comprar un paquete cada hora y media.-