lunes, 17 de junio de 2013

Cómo destruir un partido político

La historia es eso que pasa mientras no somos
conscientes de los acontecimientos que vivimos.

ADVERTENCIA: las siguientes líneas pueden dañar la sensibilidad de algunas personas. Como en casi todo lo que escribo, no pongo las respectivas citas de autoridad. Siga leyendo bajo su propia responsabilidad de considerarme un hereje.

Desde la aparición de los partidos políticos modernos a mediados del siglo XIX, podemos identificar un cierto paradigma dentro del cual fueron desarrollándose hasta nuestros días: una ideología estricta, casi dogmática; una estructura jerárquica y representativa donde algunas personas dentro del partido tienen la concentración del poder; la conformación de una identidad inflexible a partir de la ideología y de los representantes; la exclusión de los que no comparten esa identidad (noción de clase), entre otros aspectos. Este paradigma de partido político es, tal vez, la forma más acabada de organización política dentro del capitalismo. Incluso la organización de movimientos sociales, como los sindicatos o asociaciones civiles (matices de por medio), adoptaron la forma delimitada por este paradigma. Por supuesto, hay que comprender que la pluralidad a fines del siglo XIX, con la Primera Guerra Mundial tocando la puerta de Europa, y con la tecnología de aquel momento, no tenía mucho lugar: había que adaptarse a las formas, y eso es lo que se hizo. El paradigma de partido político actual sigue representando a la antigua burguesía de la segunda mitad del siglo XIX, independientemente de las bases y el discurso. En consecuencia, todo partido político que surja sin hacer una reflexión sobre sí mismo, entrará en este paradigma obsoleto. No obstante, el observador sagaz no tardará en darse cuenta que eso mismo que un partido político ostenta como fortaleza, es la clave para destruirlo: es necesario romper el paradigma, y para ello hay que destruir cada aspecto de este modelo.

TL;DR
El problema con el paradigma actual es que, como todo paradigma vigente, está naturalizado: hay preconceptos que conforman los cimientos de la sociedad, que se enseñan en las escuelas y universidades, que se convirtieron en dichos y refranes populares. Un ejemplo claro es la famosa frase de las Ciencias Sociales: todo está atravesado por la ideología. Hay mucho desarrollo sobre pensamientos como el que menciono, destruirlos no es nada sencillo y, como la mismísima naturaleza de la destrucción, no hay una forma ni un momento apropiados para que ocurra. Sin embargo, por algún lado hay que empezar, y creo que destruyendo la ideología es un buen comienzo.

Desmitifiquemos la ideología: la ideología nunca le dio de comer a nadie (tal vez a uno que otro escritor), nunca resolvió ningún problema habitacional, y nunca fomentó la cultura y las buenas relaciones humanas. La ideología es un concepto moderno. Uno de los primeros en adoptar este término fue un tal Destutt como parte de otro de los proyectos políticos liberalistas de la Revolución francesa. Cuando decimos que todas las acciones humanas están atravesadas por la ideología, estamos hablando de un modelo, caemos dentro del paradigma. Los partidos políticos tomaron la noción de ideología para acuñar una identidad, apoyada por un conjunto de ideas sobre el mundo. Desde entonces pasó algún tiempo, y lo que nos demuestra la historia que conocemos (que por cierto, es la que nos contaron los ideólogos), es que reiteradamente la ideología se utilizó para identificar quién es quién en la puja de poderes de una época. En la vida cotidiana no existe la ideología, existen las relaciones humanas atravesadas por la cultura. La cultura, como la suma de creencias, costumbres, y la misma cotidianidad, nos vuelve más o menos permeables a ciertas cosas. Por ejemplo, a mi no me gusta el fútbol, así que cualquier cuestión relacionada con un barrabrava me va a resultar intrascendente. Ahora bien, dependiendo de cómo interpreto el fútbol y con quién asocio un barrabrava, voy a posicionarme de tal o cual forma frente a las personas que integran este grupo. Lamentablemente la noción de ideología tiene mucho que ver, si no es parte de su definición, con lo que acabo de comentar. El dilema radica en la diferencia entre el lenguaje de los libros y la realidad: la realidad nos indica que la palabra ideología se utiliza con objetivos poco relacionados con la cultura.

La estructura jerárquica, por otra parte, es una herencia directa de la nobleza y de la burguesía liberal de la segunda mitad del siglo XIX. En el antiguo régimen existían diferentes formas de organización social bajo la bandera del feudalismo. Por ejemplo, en Francia podíamos encontrar tres estamentos bien definidos, y cada cual tenía una serie de derechos jurídicos que lo definía. En esta organización por estamentos, la jerarquía social dentro de cada estamento no existía, al menos en términos jurídicos. No importaba cuanta cantidad de tierra podía llegar a poseer un campesino, o cuántas propiedades un comerciante, tenían los mismos derechos y obligaciones que el jornalero. A partir de 1789, con el avance del liberalismo, la jerarquía pasó a formar parte de la sociedad como un factor de demarcación de clase. El feudalismo cayó, y los que poseían el poder económico (grandes terratenientes, algunos artesanos, comerciantes) necesitaron destacarse para afianzar su poder político: destacarse principalmente de los más pobres, para ejercer el poder sobre ellos, y de la aristocracia, para legitimar su nueva posición como grupo dominante. Dos mecanismos que surgieron para poner en evidencia esta diferenciación fueron la jerarquización de la sociedad, y la noción de clase. En un mundo huérfano donde el poder divino del rey y los privilegios nobiliarios desaparecieron era fundamental definir sin lugar a dudas quién es quién. Actualmente los partidos políticos siguen insistiendo en este quién es quién. Pero hoy, en un mundo globalizado, donde las fronteras son más estrechas y la comunicación está dejando de ser un problema, cada vez importa menos quién es quién. Algo que nos regaló el capitalismo es la necesidad imperiosa de conseguir resultados. Esta tendencia generalizada es la que hoy les juega en contra: un representante investido con la identidad de un partido político no puede conseguir resultados sin caer en la incoherencia. Y las incoherencias se pagan caras: los resultados deben satisfacer esa identidad, y siendo esta tan rígida, tan inflexible, cae por su propio peso.

La cuestión de identidad de un partido político tiene bastante que ver con lo que comentaba el otro día sobre la tradición y el nacionalismo. ¿Cómo hacer para blindar una identidad?, sencillo: llénela de símbolos y tradiciones fuertes. A esta altura de la historia que conocemos, explicar los problemas de la idea de identidad política me da la sensación de confensarle a un niño que los reyes magos no existen. Cualquier identidad política es un caballo de batalla (algunas son un unicornio vomitando arco iris o un pony, pero ese es otro tema). Es una fórmula de diferenciación irreconciliable con el resto del mundo. En el momento que se antepone la identidad política a un debate, el debate queda automáticamente anulado. Por supuesto, si prescindimos de la identidad rápidamente surge la inquietud sobre cómo generar cohesión en un partido político, y en el mismo momento que nos asusta esta pregunta nos tapamos el rostro con ambas manos, lloramos como niño caprichoso y volvemos a pensar en identidad. No obstante, es posible generar cohesión partiendo de aspectos más humanos, como pueden ser proyectos, intereses o causas en común. La ventaja de transformar la noción de identidad política en algo más ligero e inestable es que aumenta considerablemente la coherencia y la cintura política. En general, un grupo de personas que comparten ciertos aspectos de la vida cotidiana poseen principios en común, o hay principios que pueden desprenderse de esas relaciones. Esto acarrea consecuencias que el paradigma partidario actual no puede siquiera absorber. Por un lado, el movimiento de personas entre partidos políticos sería mucho más normal, y hasta representaría un efecto natural y deseable de este tipo de identidad flexible. Esto significa que la base de afiliados de un partido, y como resultado su capital político, sería casi imposible de dominar. En segundo lugar, los principios del partido serían un reflejo de las relaciones dentro del partido, por lo que forzaría un disenso y consenso permanente que hoy por hoy se podría manejar, por ejemplo, en una organización horizontal, pero no en el paradigma de la jerarquía representativa.

Por último, un aspecto constitutivo de un partido político es la noción de clase. E. P. Thompson, historiador británico a mi entender muy parado sobre la tierra, dio una definición de clase bien realista, muy contraria a las corrientes estructuralistas como el marxismo que construye a la clase como una categoría. Para Thompson la clase es fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados; es un proceso fluido que elude el análisis si se intenta detener en seco en un determinado momento y analizar su estructura. La experiencia de un grupo de personas durante un tiempo determinado es la que termina generando cierta consciencia de sus particularidades respecto a otros grupos. Esto elimina completamente la definición categórica de clase, que es a la que apelan todos los partidos políticos para "ganar" afiliados y generar cohesión social. Cuando un partido político se posiciona como representante de una clase (en sentido estricto) determinada, esa clase tiene dos opciones: unirse o ignorarlo, pero bajo ninguna circunstancia podría rechazar el partido en cuanto este adopta símbolos y tradiciones de esa clase.

¿Cómo destruir el clasismo político?, como depende de los procesos históricos, para responder esta pregunta primero debemos ubicarnos en un lugar y un momento determinados. Personalmente voy a referirme a la Argentina del siglo XXI, e invito a realizar este ejercicio a cada persona en su lugar de origen. En este contexto, una opción que se me ocurre para suprimir el clasismo político es incentivar una adhesión libre y voluntaria. Sin embargo, no podemos negar que hoy, como resultado de un proceso histórico largo y complejo, las clases están bien delimitadas, la desigualdad social existe, y la brecha cultural es un hecho. No obstante, creo que hay una salvedad con la que no contábamos antes de mitad del siglo XX, y que se puede observar más claramente en la primera década del siglo XXI: el surgimiento de una clase flexible. Por diversas razones que tendremos que analizar más tarde (o no, pero seguro que no en este artículo), la desigualdad social en Argentina del siglo XXI tuvo grandes avances y retrocesos, y como resultado contundente de este tironeo surgió un pequeño grupo social que convive con varias subculturas: es a lo que denominé más arriba como la clase flexible. Estas personas tienen la particularidad de entender y estar en contacto con formas de vida que de por sí se excluirían mutuamente. Creo que este grupo goza del potencial para reconciliar mediante una cultura mixta grupos muy heterogéneos, entre ellos un partido político.

Destruir un partido político es hacerle frente con una propuesta que no entiende, que contradice y desdibuja toda su organización, que lo deja parado en el pasado y sin posibilidades de sostener la realidad política ni responder a las necesidades de la gente. Hay que hacerlo sangrar: las personas tenemos otros intereses que simplemente ya no cuadran en el paradigma antiguo, queremos algo nuevo, algo que puede ser un rotundo fracaso pero que al menos represente un intento por humanizar la política, por primera vez en la historia llevarla realmente hasta las personas. Para eso tenemos que destruirlos, y construir sobre los restos podridos de un sistema que lleva muerto varios años una nueva cultura, una cultura que aspire a que los problemas, los enfrentamientos, las diferencias, los acuerdos, las alianzas, y todos los aspectos de la vida política se realicen con coherencia (aunque la coherencia implique lo ilógico), y que en el proceso la sociedad y la política se beneficien mutuamente con la madurez de una cultura.-

domingo, 9 de junio de 2013

La tradición contra el nacionalismo

¿Qué es lo nacional? El nacionalismo tiene muchas vertientes políticas e ideológicas, y cuando aparece trata de representar el cemento de la cohesión social, es decir, se autoproclama el factor fundamental de la identidad social, y excluye a todos aquellos que no compartan sus características.

El nacionalismo es uno de los recursos demagógicos más difundidos ya que, con muy poco esfuerzo, se pueden convertir los símbolos y costumbres tradicionales de una sociedad en capital político, en el combustible de un movimiento. Ya aprendimos: la primera y segunda guerra mundial tuvieron su cimiento en la extensión de las ideas nacionalistas en Europa. La última gran expansión imperialista a fines del siglo XIX, al contrario del imperialismo capitalista de principios de siglo, fue en pos de crear la nación grande.

Una característica importante del nacionalismo es que cuando aparece se introduce rápidamente en todos los aspectos de la sociedad, como un pulpo gigante que atrapa a su presa mientras está distraída. La producción industrial e intelectual a menudo se alinean con ese proyecto nacional (tenemos los casos de Max Weber y Treitschke en la alemania del keiser, Robert Seeley y Rosebery en Gran Bretaña, entre otros). Cuando esto ocurre difícilmente se puede distinguir la política de la vida cotidiana, el discurso demagógico de las tradiciones, la ideología del sentido común. La sociedad queda atrapada en una red de naturalización que anula cualquier debate fuera de esa identidad ficticia, y a la vez sienta las bases para legitimar cualquier tipo de acción que efectúe el Estado.

Por otra parte, los grupos que quedan excluídos de este movimiento nacionalista tienen pocas opciones: o retirarse a la clandestinidad, o representar una fuerza de choque que necesariamente tiene que apelar a la violencia para penetrar en la superestructura nacionalista. Estos grupos excluídos son los traidores, es todo grupo o persona individual que no adhiera a esa identidad. En algunos casos la exclusión será sólo social, pero como ha ocurrido en reiteradas ocasiones durante el siglo XX también podría llegar a niveles políticos y económicos. En cualquier caso, el movimiento nacionalista se encargará de blindar y demarcar claramente cuáles son los límites entre compatriotas y traidores.

¿Es posible mantenerse al margen y no formar parte ni del proyecto nacionalista ni de los traidores? En la primera mitad del siglo XX la respuesta hubiera sido no, no es posible. La libertad de expresión no era algo de lo que se hablara (esta idea surgió en la posguerra con la declaración de los derechos humanos), y la persecución política era una práctica socialmente aceptada. Luego de la segunda guerra mundial, algo aprendimos. Hoy por hoy la persecución política sigue existiendo (aunque se movió a otras esferas, por ejemplo, los medios masivos de comunicación), sin embargo, la tecnología nos brinda un espacio de opinión y expresión como nunca antes existió. Es cierto que la persecución hace tiempo que también se movió a internet, pero a la vez las comunidades de la red se encargan de difundir y proteger esa libertad de expresión, como fueron los casos emblemáticos de Wikileaks y The Pirate Bay.

Las herramientas existen, ahora la pregunta se vuelve más compleja: ¿puede un grupo social elegir los márgenes del nacionalismo, sin convertirse en traidor?. Una persona cualquiera como yo no tiene muchos inconvenientes, porque el desacuerdo queda dentro de mi esfera privada. En cambio, un grupo organizado, con sus propias ideas y símbolos, representa una amenaza a esa identidad nacionalista. Y acá es donde pienso que no hay que olvidarse que muchos de esos símbolos y tradiciones con los que se constituye el nacionalismo, es parte de una cultura común: son parte de la vida cotidiana de un montón de gente que está atravesada por la misma historia.

Sin embargo, que haya una historia en común no significa que las tradiciones se compartan. Por poner un ejemplo, la provincia de Buenos Aires en Argentina y el resto del país, tienen orígenes, intereses y formas de vida bastante distintas, al menos para considerarlas tradiciones comunes. ¿Cómo generar cohesión sin caer en el proyecto nacionalista?. A mi entender, la respuesta es compartir cultura. Compartir cultura significa que entendemos que somos diferentes, que pensamos diferente, que sentimos diferente, no obstante queremos acercarnos para intercambiar nuestras experiencias, nuestras ideas, participar de proyectos en común.

Rescatar la tradición real, esa que se refiere a la vida cotidiana de nuestros padres, abuelos y de nuestra niñez, sea cual fuere el lugar de origen, nos abre la puerta a poder compartir nuestra cultura, a ser más auténticos y coherentes, a partir de una percepción que está en contacto con nuestros aspectos más profundos y que, si bien hay una tendencia generalizada a negar que estamos condicionados por el pasado, existen. Si logramos esto no necesitamos apelar a la violencia, al contrario, es una forma de incluir a todos aquellos que quieran participar, incluso si se trata de los mismos nacionalistas. Es una actitud que incluso apela a la conciencia de los nacionalistas, una forma de decir: vengan, no nos importa quienes son, estamos acá para conocernos.-

jueves, 6 de junio de 2013

Rubik

Mientras caminaba por la zona del desastre me encontré un cubo rubik. Me llamó la atención que estuviera armado, aunque le faltaban algunos colores. Eramos muchos los que caminábamos por el sector K buscando elementos que pudiésemos intercambiar por comida, y encontrar un tesoro como este me alegró el día. Recuerdo que me senté sobre el musgo y traté de armarlo, ignorando que era imposible terminar una cara de algún color. En esta época uno ya no mira quién pasa por al lado, y menos cuando se tiene un tesoro entre las manos, así que ese día tampoco vi a la joven del ojo gris. Pero ella me vio, y no pasó de largo como el resto de mis compatriotas. Ella me vio, y se sentó en una roca que, al parecer, era parte de las ruinas del antiguo arco romano que daba la bienvenida al cementerio del sector K. Cuando percibí su presencia hice lo posible por concentrarme, pero de repente estaba en todos lados: atrás, adelante, alrededor y arriba, todo al mismo tiempo. Es extraño cómo dejar de mirar a las personas genera un cambio tan severo en la percepción. De pronto uno está preparado para correr hacia cualquier lado, o blandir el acero de las manijas en cualquier dirección. Ese día no hice ni una cosa ni la otra, sino que seguí tratando de armar mi tesoro mientras ella, con un codo en la rodilla y un trozo de carbón en la mano izquierda, dibujaba sobre un pedazo de cartón viejo. Una relación de esta intensidad no puede durar mucho tiempo... todos sabemos lo que pasa, todos estuvimos ahí una y otra y otra vez. Los pozos terminan devorándose a todos, y si yo sobreviví hasta el día de hoy es porque evité a todas las jóvenes del ojo gris, y porque evité todas esas miradas que me esquivan y me huyen. La joven del ojo gris levantó la vista hacia mi y su presencia fue tan fuerte que sucumbí a su mirada, nuestros ojos se cruzaron y sentí horror, terror, sentí las tripas tratando de huir de mi cuerpo, la sangre hirviente quemando mis llagas infectadas. A veces pienso que fue el hedor del cementerio que hizo eso, pero las explicaciones ya no son muy valoradas estos días, y no quiero ir contra esa cultura de la ignorancia. La ignorancia nos da de comer, y nos viste, y nos canta canciones de cuna cuando no podemos dormir. Porque sí, dormir es mejor regalo que este cubo rubik, más preciado que los escasos dedos que nos quedan. La vi levantarse y caminar con paso suave y decidido hacia el cementerio, ambos brazos alrededor del dibujo que le inspiré, la cabeza hacia el cielo, la sonrisa estampada, la pierna de fierro rechinando como grilletes oxidados.-

viernes, 24 de mayo de 2013

El pequeño patinazo político y la red libre

Hoy leí esta noticia: Facebook, a favor de la libertad en internet

Es paradójico, ya que Facebook es la compañía número uno en realizar una segmentación detallada y precisa de todos sus usuarios para generar publicidad dirigida. Igualmente no sorprende, teniendo en cuenta que la Global Network Initiative es una ONG donde intervienen Microsoft, Yahoo! y Google. De todas formas, este texto no es para hacer un juicio de valor sobre alguna u otra corporación, sino para presentar una oportunidad para la libertad en internet.

El escenario político de internet hoy por hoy es más o menos sencillo: una puja de poder entre las grandes corporaciones que dependen de una internet libre para operar (Yahoo!, Google, Facebook) y los gobiernos que aún no saben cómo controlar lo que pasa en internet, y ven un peligro latente. Del mismo lado de los gobiernos están las otras enormes compañías que dependen de una internet controlada: las discográficas.

Esta coyuntura política está cruzada por una evolución tecnológica sin precedentes. Pienso que la ventaja que tenemos los usuarios de internet reside en un problema simple: la tecnología y las comunidades en la red se desarrollan mucho más rápido que la articulación de los poderes que se disputan internet. Esto significa que desde hace tiempo los que vivimos esta libertad relativa que nos da la red, estamos un paso adelante de cualquier medida política que se pueda adoptar. Si bien es una ventaja pequeña y accidental ya que la tecnología no suele ser un impedimento para la ejecución de políticas de Estado, implica una brecha política bastante importante que hay que saber aprovechar. Por ejemplo, el Partido Pirata Europeo, luego de constituirse y ganar sus bancas en el parlamento europeo, creó una granja de servidores donde ofrecen asilo político-tecnológico a sitios perseguidos por los gobiernos o corporaciones, como fue el caso de The Pirate Bay. El éxito es claro: no se puede allanar este sitio ya que se trata de una cuestión política.

Esta pequeña ventaja que tenemos no va a existir para siempre, no podemos dejar pasar el tren. Los gobiernos tarde o temprano van a encontrar la forma de entrar directamente en el corazón de la red. Por eso, estaría bueno que pensemos cómo podemos aprovechar esta situación particular para generar la infraestructura técnica y política necesaria para garantizar los principios sobre los que muchos de nosotros estamos debatiendo diariamente.

Un espacio que se está abriendo actualmente en Argentina para poder expresar las ideas e inquietudes sobre este tema, es el Partido Pirata de Argentina. Sus principios fundamentales son democracia directa y horizontalidad, y si bien yo soy muy escéptico sobre cualquier movimiento político basado en principios ideales, en este caso se trata de principios combinados con una muy buena dosis de pragmatismo político. Está en plena formación, tendremos que ver en qué termina cuando comience la participación política activa, por el momento las bases son aparentemente sólidas.

Por último, me gustaría dejar planteadas algunas preguntas abiertas acerca de la política en internet. Hoy me inquietan y no las puedo responder, pero voy a ir reflexionando y escribiendo lo que pienso. Me gustaría que quienes quieran también compartan su perspectiva, se trata de un tema que nos llega a todos de una forma particular.

  • ¿Cuán importante es llegar a gobernar?, ¿no es acaso más importante ayudar a despertar a la sociedad dormida?, ¿es plausible despertar a la sociedad ejerciendo el poder?
  • ¿Qué mecanismos existen para ejercer política de masas por la red?, ¿se podrán autoregular estos mecanismos?, ¿cómo se puede fomentar la pluralidad?
  • ¿Qué entendemos por privacidad en un mundo de la información y los datos masivos?, ¿el paradigma de la información masiva y viral implica un cambio en la concepción clásica de privacidad?
  • ¿Se puede llevar la horizontalidad a ámbitos con una tradición histórica fuerte, como son las fábricas o el campo?, ¿acaso se puede unir este principio con sectores más marginales y excluídos, o sólo aplica a un sector de la sociedad?-

martes, 21 de mayo de 2013

La oscuridad de la información

“Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?”
La República, VII
Platón

En el mito de la caverna, Platón explica la dificultad que implica alcanzar el conocimiento verdadero acerca del mundo que nos rodea. Se necesita a alguien que oficie de guía hacia ese conocimiento a través de un camino que paulatinamente ilumine nuestro entendimiento, y finalmente nos permita descubrir la verdad. Esta idea, desarrollada en el marco de La República, representa la concepción platónica de una educación integral que fomente el buen vivir dentro del Estado. Hoy, muchos siglos después, nos encontramos en la era de la información: una época donde el acceso a la información se ha masificado, donde la oscuridad absoluta de la caverna se transformó en un  permanente destello enceguecedor. No obstante, el paso de la oscuridad de la caverna a la luz de la información masiva tiene características particulares que ameritan una interpretación nueva, actual, de una alegoría que aún hoy sigue vigente.

Para realizar un acercamiento a los inconvenientes que presenta el mundo de la información, es necesario comprender cuáles son los mecanismos que utilizamos para asimilar nuevo conocimiento. Según Platón, todo lo que conocemos se reduce a lo que recordamos, y todo nuevo conocimiento adquirido en el mundo sensible es dirigido por un recuerdo evocado desde el alma inmortal, que conserva el conocimiento entre vidas. Las corrientes del conocimiento que surgieron a lo largo del siglo XX tienen una consonancia sorprendente con esta teoría platónica de la reminiscencia. Tomemos como ejemplo el aprendizaje significativo de Ausubel: podemos asimilar nuevo conocimiento en la medida que este se logre articular con nuestra base cognitiva, es decir, cuando los signos, símbolos, conceptos o proposiciones que contiene el nuevo conocimiento se pueden contrastar contra nuestra propia experiencia cognitiva. Dentro de este marco, la oscuridad de la caverna demuestra la falta de registro consciente de esa base cognitiva, lo que resulta en un aprendizaje más o menos arbitrario, no dirigido, insustancial, lo que Platón llamaría conocimiento sofista. Este escenario dramático saca a la luz un dilema importante: ¿deben aquellos que tienen sus ojos acostumbrados a la luz tratar de desatar a aquellos que continúan su vida prisioneros en la profundidad de la caverna?. Platón va a sostener que los hombres de la caverna no querrán, bajo ninguna circunstancia, seguir los pasos de quien vio la luz. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en el contexto de La República platónica, este ser que vio la luz representa al ideal de gobernante. En un contexto más amplio como es una sociedad, el dilema se vuelve más complejo ya que, en menor o mayor medida, las relaciones dentro de la comunidad dependen de cada individuo particular.

La era de la información masiva transformó el dilema de los hombres de la caverna. Para ilustrarlo podemos partir de dos momentos históricos: por un lado, la última década del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuando las potencias se disputaban la hegemonía tecnológica, impulsada por la guerra y la búsqueda de la dominación de los mercados. En esta etapa la tecnología era un atributo casi exclusivo del Estado, la industria y las universidades. Por otro lado, en la segunda mitad del siglo XX, la tecnología llegó a los hogares. Esta segunda etapa fue la que inició un éxodo desde la oscuridad de la caverna hacia el caos de la información masiva. Desde entonces, el acceso a la información se expandió a una velocidad tal, que cincuenta años después no concebimos el mundo sin acceso a la información mediante la televisión, la radio, internet, o cualquiera de los medios masivos. Hoy confiamos en que la información estará disponible en el momento que necesitemos consultarla.

Este nuevo paradigma plantea un giro en el dilema del conocimiento: ¿deben aquellos cuyos ojos están acostumbrados a la luz pedirle a estos nuevos prisioneros encandilados que observen el lago, que traten de contemplar el reflejo níveo de la luna y las estrellas en la noche?. En un principio podríamos aventurarnos a una respuesta positiva, ya que aparentemente es un campo más fértil que el de los prisioneros de la oscuridad que sólo vislumbraban la sombra del conocimiento. Sin embargo, en este caso el conocimiento está desordenado, es frágil como una hoja seca, no consta de un cimiento fuerte que surja de una convicción, de una creencia firme sobre la realidad. El desafío es aún mayor: mientras que con los hombres de la oscuridad el reto era lograr adaptar su experiencia previa al conocimiento verdadero, en los prisioneros de la luz el desafío es construir y ordenar esa experiencia, para que sean capaces de asimilar el conocimiento. ¿Y quién es la persona indicada para ordenar esa experiencia?. Platón postularía al filósofo, una figura que entiende cuál es el camino hacia el bien en sí, cuya existencia está destinada a alcanzar ese conocimiento verdadero a través del logos. La cosmología griega del período platónico expresaba un orden absoluto, representaba una jerarquía que abarcaba toda la naturaleza, y el hombre como parte de ella. El filósofo perseguía lo más elevado de esta cosmología: un hombre dedicado a cultivar todo lo bueno, todo lo bello, el prisionero de la caverna que llega a ver el sol y a alcanzar la verdad. ¿Cómo es el filósofo o el sabio de la era de la información?

La idea del bien como el objeto más adecuado para el alma y causa de la realidad, perfección y verdad de las cosas, debe ser interpretada dentro del nuevo paradigma de la información. Los valores antiguos, heredados principalmente por la ética cristiana, fueron transmutados durante el proceso de secularización que comenzó hace poco más de dos siglos con la caída del feudalismo. Sin entrar en un análisis de la ética, podemos mencionar que los valores vigentes son distintos a los griegos o a los cristianos, aunque fuertemente influenciados por ellos. En consecuencia, la idea del bien ya no es absoluta, ya no podemos hablar de una idea del bien, sino de una idea del bien relativa a factores más amplios, y resulta difícil caracterizar al filósofo en relación a una verdad absoluta. Tal vez es pertinente rescatar la idea socrática del daimon interior, una entidad independiente del individuo pero que lo afecta desde dentro, lo que permite poner en contacto lo individual con la divinidad. Esta apreciación nos brinda un nuevo universo de la idea del bien, ya que es el daimon el que nos guía hacia el bien en sí. Por lo tanto, el filósofo de la luz debe reconocer y desarrollar su daimon, lo que podríamos identificar como esa base cognitiva, esa experiencia caótica que debe ser ordenada. Cuanto más cerca esté el filósofo de su daimon, tanto más verdadero será el conocimiento que asimile.-

jueves, 16 de mayo de 2013

Coplas de un payador perseguido

La poesía del folklore argentino es una de las más conmovedoras que leí. No es nada novedoso, esta clase de música existe desde que existe el campo y hoy suele ser rechazada como un estilo apelmazado y vetusto. Sin embargo, estas canciones son fuentes de identidad. Hablan sobre la vida en el campo, los códigos, las costumbres, los problemas. Retratan personas comunes, situaciones cotidianas, y nos pueden brindar con su poesía un escenario mucho más real de lo que encontraríamos en una película o libro de historia. Creo que es la forma más pura de la cultura de una nación.

En contraposición tenemos las grandes ciudades, que ignoran su falta de identidad y, cada tanto, manifiestan la identidad extraviada en grandes olas de neurosis colectiva. Incluso símbolos fuertes de marca cultural como lo es el tango para la ciudad de Buenos Aires, son vaciados y transformados en lugares comunes, y relegados a una minoría que lo disfruta auténticamente. ¿Entonces vivimos sin identidad?, supongo que eso es imposible. Hay cosas que nos afectan, que nos llevan a tomar decisiones, y esas cosas están relacionadas con una identidad colectiva. Tal vez esa identidad va lentamente desplazándose hacia lugares más y más individuales: el trabajo, los amigos, la familia, las tribus urbanas. Creo vehementemente que necesitamos una identidad cultural para mejorar como sociedad, por eso pienso que volver a las raíces, ya sea sólo para conocer cómo funcionaban las cosas, cómo pensaban nuestros abuelos, qué sentían, qué problemas tenían, es uno de los caminos posibles para recuperar esa identidad disuelta en la vorágine de una ciudad cosmopolita.

Coplas del payador perseguido


Con permiso voy a entrar aunque no soy convidao
pero en mis pagos un asado no es de naides y es de todos
yo voy a cantar a mi modo después que haya churrasqueao.

Yo se que muchos dirán que peco de atrevimiento
si largo mi pensamiento pal rumbo que ya elegí
pero... siempre he sido así, galopiador contra el viento.

La sangre tiene razones que hacen engordar las venas
pena sobre pena y pena hacen que uno pegue el grito
la arena es un puñadito, pero hay montañas de arena.

No se si mi canto es lindo o si saldrá medio triste
nunca fuí zorzal ni existe, plumaje mas ordinario
yo soy pájaro corsario que no conoce el alpiste.

Vuelo porque no me arrastro, que el arrastrarse es la ruina
anido en árbol de espina lo mesmo que en cordillera,
sin escuchar la zonzera del que vuela lo gallina.

No me arrimo así nomá, a los jardines floridos
sin querer vivo alvertido pa no pisar el palito
hay pájaros que solitos se entrampan por presumidos.

Aunque mucho eh traqueteado no me engrilla la prudencia
es una falsa experiencia vivir temblándole a todo
cada cual tiene su modo, la rebelión es mi ciencia.

Yo soy de los del montón, no soy flor de invernadero
igual que el trébol campero crezco sin hacer barullo,
me apreto contra los yuyos y así lo aguanto al pampero.

Acostumbrado a las sierras yo nunca me se marear
y si me siento a alabar me voy yendo despacito,
pero aquel que es compadrito paga pa hacerse nombrar.

Si me dicen señor agradezco el homenaje
mas soy gaucho entre el gauchaje y soy nadie entre los sabios
y son para mi los agravios que le hagan al paisanaje.

La vanidad es yuyo malo que envenena toda huerta
es preciso estar alerta manejando el asador
pero no falta el varón que la riega hasta en su puerta.

El trabajo es cosa buena, es lo mejor de la vida
pero la vida es perdida trabajando en campo ajeno
unos trabajan de trueno, y es para otros la llovida.

El estanciero presume de gauchismo y arrogancia
el cree que es extravagancia que su peón viva mejor.
mas no sabe ese señor que por su peón tiene estancia.

El que tenga sus reales hace muy bien en cuidarlos
pero si quiere aumentarlos que a la ley no se haga el sordo
que en todo puchero gordo los choclos se vuelven malo.

Yo vengo de muy abajo y muy arriba no estoy
al pobre mi canto doy y así lo paso contento
porque estoy en mi elemento y ahí valgo por lo que soy.

Cantor que canta a los pobres ni muerto se ha de callar
pues ande vaya a para el canto de ese cristiano,
no ha de faltar el paisano que lo haga resucitar.

Si alguna vuelta he cantado ante panzudos patrones
he picaneado las razones profundas del pobrerío
yo no traiciono a los míos por palmas y patacones.

Si uno canta coplas de amor, de potros, de domador,
del cielo y de las estrellas
dicen que cosa mas bella, si canta que es un primor!

Pero si uno como Fierro por ahi se larga opinando
el pobre se va acercando con las orejas alertas
y el rico vicha la puerta y se aleja reculando.

Tal vez alguien haya rodado tanto como rodé yo
pero le juro créamelo!, que ví tanta pobreza
que yo pensé con tristeza, Dios por aquí y no pasó.

Nadie podrá señalarme que canto por amargao
si he pasao las que he pasao quiero servir de advertencia
el rodar no sera cencia, pero tampoco es pecao.

Amigos voy a dejarlos
está mi parte cumplida
en la forma preferida de una milonga pampeana
canté de manera llana ciertas cosas de la vida.

Ahura me voy no sé adonde
pa mí todo rumbo es bueno
los campos con ser ajenos los cruzo de un galopito
guarida no necesito yo se dormir al sereno.

Y aunque me quiten la vida
o engrillen mi libertad
o aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones
han de vivir mis canciones en el alma de los demás.

No me nuembren que es pecao
y no comenten mis trinos
yo me voy con mi destino pal lao donde el sol se pierde
tal vez alguno se acuerde que aquí cantó un argentino.


sábado, 11 de mayo de 2013

Las modas de la razón

"Tenés razón", "suena razonable", "se comportó irracionalmente", "me da razones para pensar así". Todas son frases cotidianas que apelan a la razón como un valor que parece ser natural en la gente. Y parece mal, porque aunque resulte sorprendente, la razón es un valor social relativamente nuevo, sobre todo como lo entendemos nosotros. Comenzó a nacer a la luz de la Iluminación, en el siglo XVII, y se consolidó en el siglo XIX con la aparición de una clase media con valores muy parecidos a los que conocemos hoy. En nuestra vida cotidiana usamos la razón como unidad de medida de muchas cosas: la inteligencia, la ciencia, las relaciones humanas, e incluso las emociones, entre otras. El Principito notó este problema hablando con el hombre de negocios:

- Buen día – dijo el principito. – Su cigarrillo está apagado.
- Tres y dos son cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. Buenos días. Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de volver a encenderlo. Veintiséis y cinco treinta y uno. Uf! Eso da entonces quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
- Quinientos millones de qué ?
[...]
- Millones de esas pequeñas cosas que se ven a veces en el cielo.
- Moscas ?
[...]
- Pero no. De esas pequeñas cosas doradas que hacen soñar a los holgazanes. Pero yo soy una persona seria ! No tengo tiempo para ensoñaciones.
- Ah! estrellas ?
- Sí, eso. Estrellas.
- Y qué haces con quinientos millones de estrellas ?
[...]
- Nada. Las poseo.
- Posees las estrellas ?
- Sí.
[...]
- Y para qué te sirve poseer las estrellas ?
- Me sirve para ser rico.
- Y para qué te sirve ser rico ?
- Para comprar más estrellas, si alguien encuentra.
Éste, se dijo el principito, razona un poco como mi borracho.

La razón a veces se aleja TANTO del sentido común, que parece un niño en pleno proceso de aprendizaje: tan inocente, tan confundida que produce ternura. Ideas como el control racional de las emociones o la racionalización de la fe resultan tan frescas que dan cosquillas. Demosle a la razón su lugar. Aceptemos que no es un valor universal. Asumamos que no todo se puede explicar, que hay eventos fortuitos y aleatorios, que la vida cotidiana es un proceso de evolución hacia el futuro incierto. Colocar a la razón en el lugar correcto nos vuelve personas más reflexivas y auténticas. Auténticas porque somos más que razón: nos afectan deseos, emociones, pasiones, el clima, las ideas, lo que hacen otras personas.

¿Qué pasaría si consideraramos a la razón como un valor estético, como una moda?. Hace doscientos años era irracional contradecir el orden divino que designaba a un rey; hace ciento cincuenta años era irracional pensar en una clase obrera que accediera a la educación; hace cien años era irracional que las mujeres usaran polleras por arriba de los tobillos; hace cincuenta años era irracional pensar que el hombre vería suelo de marte. Hoy es irracional pensar que exista algo como la pureza de la raza. Es que razón y sentido común se confunden tan a menudo, que se excluye de la sociedad y se recluye a los irracionales del momento. Si vemos a la razón como una moda, el cambio y la multiplicidad son mucho más naturales. Podrían existir muchas razones, múltiples paradigmas de pensamiento y estructuras cognitivas. Así le abriríamos la puerta a nuestro olvidado amigo, el absurdo.

¿Por qué tenemos tan poco interiorizado el absurdo? Las personas hacemos cosas porque sí. Si bien podríamos intentar un análisis psicológico de cualquier acción, en definitiva son sólo especulaciones: la psicología real sólo afecta al sujeto. Así que entendamos el absurdo como esas cosas que hacemos y no podemos explicar. La clave del absurdo es que no se quiere explicar. El absurdo no es reflexivo, y aunque a veces tenga ciertos momentos de consciencia, estos lapsos son tan vagos como una picazón que nos rascamos involuntariamente. Y la razón está presente, pero sólo adopta el lugar del titiritero que mueve los hilos mientras el muñeco no tiene registro de su existencia.

Usemos la razón como herramienta, dejemos de medirnos por este valor. Transformemonos en seres completos, íntegros, dandole lugar a la multiplicidad de sensaciones e ideas que pululan por la vida.-